Denis Castro Bobadilla: “Por un caso me fui en el avión presidencial porque pensé que darían café”

El legendario perito forense hondureño, Denis Castro Bobadilla, abrió su memoria para recordar su infancia, los dolores de la morgue y las amarguras de la política. A sus 70 años cursa su sexta licenciatura

  • Actualizado: 13 de junio de 2026 a las 00:00
Denis Castro Bobadilla: “Por un caso me fui en el avión presidencial porque pensé que darían café”

Tegucigalpa, Honduras.- Entrar a la residencia de Denis Castro Bobadilla en Tegucigalpa es lo más cercano a cruzar el umbral de un relato de Borges. En cada rincón de la casa conviven fusiles antiguos, obras de arte seleccionadas y una marea de más de 12,000 libros que el anfitrión devoró sin tregua entre el amanecer y la noche. Hay tanta historia concentrada en esas paredes que la vista no alcanza a procesar la inmensidad de los detalles.

Aunque nació en San Pedro Sula (1955), Castro Bobadilla se considera un capitalino absoluto. Su hoja de vida impone respeto universal: es el primer médico forense graduado en Centroamérica, director de la morgue judicial por más de 40 años, jurista penalista, exvicepresidente del Congreso Nacional y un académico global que ha dictado cátedra desde México hasta Argentina.

Desciende de una estirpe con arraigo —es nieto de Irene Castro, el primer alcalde de Colinas, e hijo de la línea del general Abelardo H. Bobadilla—, pero el linaje y su holgado estatus económico no han influido en si esencia.

Quienes lo conocen de cerca saben que el doctor Castro Bobadilla es, ante todo, un hombre campechano, directo y dueño de un humor ágil y genuino que desarma cualquier solemnidad. Mientras su esposa e hijas avanzan en sus caminos profesionales en Estados Unidos, él habita este santuario de reliquias y saberes.

Con la franqueza que lo caracteriza y despojado de cualquier pose protocolaria, el perito y el maestro abrió las puertas de su universo más íntimo a EL HERALDO.

Usted está cursando su sexta licenciatura. Muchos a su edad buscan el descanso, ¿por qué seguir estudiando?
Bueno, ese era un secreto (sonríe). Siempre he creído que la única manera de saber realmente las cosas es preparándose. El verdadero poder de un ser humano no es el dinero; usted puede tener toda la plata que quiera, pero sin conocimiento solo es un burro cargado de plata. Tampoco lo son las armas, que te dan un círculo de poder muy reducido. El verdadero poder es el conocimiento: es permanente, inalienable y nadie se lo puede quitar. Además, al entrar a la edad de la jubilación, uno se da cuenta de que la mejor medicina neurológica para mantener el funcionamiento cerebral es aprender. Leer, estudiar y escuchar es el mejor medicamento para la salud mental.

Retrocedamos en el tiempo. ¿Qué materias escolares marcaron esa etapa de su niñez?
Me gustaba mucho la geografía, la matemática, la matemática pura, no la simple aritmética, y una materia que se llamaba Desenvolvimiento. Todavía conservo mis boletines de calificaciones. Esa materia trataba sobre la historia de la humanidad, su desarrollo y las tecnologías modernas de la época. Gracias a eso, a los 9 años y estando en tercer o cuarto grado, yo ya sabía cómo se construían los aviones. Ahí aprendí que no se usaba aluminio clásico, sino duraluminio. Si usted motiva a un niño, despierta en él la pasión, el interés y el aprendizaje. Yo tuve la bendición del Señor de tener esa oportunidad.

¿Cómo fue despertado ese interés por el conocimiento?
Fui un hijo muy querido y tuve padres sumamente amorosos. Recuerdo que a los cuatro años tuve mi primer triciclo y a los cinco mi primer carro, de esos de pedal con los que uno movía los piecitos; todavía tengo las fotos. Me entretenía mucho con un juguete de bloques para armar que venía por escalas y niveles de dificultad. También hacía castillos y jugaba a los indios y vaqueros. En Honduras solo había un canal de televisión, el Canal 5, que transmitía de 5 de la tarde a 10 de la noche. Ahí veíamos a Rin Tin Tin y al Llanero Solitario. Yo era, y sigo siendo, fan de Super Ratón y de Bugs Bunny. Tengo más de 70 años, pero gracias al Señor todavía puedo gozar y sonreír con los recuerdos de mi infancia.

Me imagino que con esos programas era muy imaginativo e inquieto,¿Cómo era crecer en esos tiempos?
Eran tiempos de muy buenas vivencias y anécdotas. Cuando vivíamos ahí en el barrio La Madariaga había una bajadita de grama. En cuanto caía una tormenta, nos deslizábamos en cartones por ahí; usted nunca se ha deslizado en cartones, ¿verdad? (sonríe). Y robábamos mangos también. Nos íbamos a meter a las casas y propiedades ajenas que tenían árboles de mango para bajarlos, pelarlos y comérnoslos ahí mismo. Yo compartía todo eso con gente que hoy tiene grandes cargos. Por ejemplo, Mario Chinchilla, que fue fiscal del medio ambiente y es un hombre muy honorable al que recuerdo con mucho cariño. O el exprocurador general de la República, Rigoberto Aspra; que no me venga a decir a mí que él no bajaba mangos ahí en Loarque, porque yo lo conozco desde que era un cipote.

¿Qué otros paseos o pasatiempos compartían los jóvenes de esa época?
Que me diga a mí Dagoberto Aspra o Mario Flores Ponce que no se bañaron en la poza de La Campana, ahí en Loarque; ese era el paseo que había antes y nos bañábamos todos. Mi papá nos hacía muy felices. Íbamos todos los del sector de Loarque al río porque era un buen río. Yo tomé agua directamente de ese río. Cuando mi papá vivía en La Alameda, yo tomaba agua del río ahí por la Toyota. Me encantaba; era agua pura y cristalina y mírame, aquí estoy entero. Andá a tomar agua de ahí ahorita, a ver si vives mañana.

¿En qué momento decide que su camino es la medicina?
Siendo muy chiquito me llevaron a un examen médico. El doctor que me estaba examinando me preguntó qué quería ser de grande y le respondí: "Lo que usted está haciendo, yo quiero ser médico". Y así fue. En mi época, la Universidad Nacional Autónoma de Honduras daba un curso de casi 10 años para medicina, donde solo podíamos ingresar quienes éramos bachilleres; no entraban peritos ni maestros como ahora. Además, había que pasar un estricto examen de admisión, no de aptitud. Ahí empezó mi carrera.

Tras graduarse en Honduras, decide especializarse en Costa Rica en una época muy distinta a la actual.
Sí, trabajé un par de años y luego me inscribí en la Universidad de Costa Rica, una de las instituciones de posgrado más prestigiosas de América. En ese tiempo no había internet. Para hacer una llamada a Miami o Nueva York había que ir a la oficina de AT&T en el Centro, frente al Parque Central, y la gente tenía que gritar para que le escucharan. Yo mandé mis papeles y esperé al cartero. Así me llegó la carta física de aceptación. Agarré mis maletas y me fui. Fue una linda época en un gran país, muy cercano al nuestro en distancia, pero muy distante en desarrollo. Me duele decirlo, porque Honduras es un país riquísimo, pero enormemente saqueado; no ha producido suficientes buenos ciudadanos que amen a la nación.

El Dr. Denis Castro Bobadilla junto al Dr. Ramón Custodio López, su gran mentor en los años de investigación criminal dentro del Conadeh.

Su formación no se detuvo en Costa Rica. ¿Cómo llega a los Estados Unidos?
La misma Universidad de Costa Rica me otorgó un fellow para un adiestramiento en la Miami-Dade Medical Examiner. Estuve unos 9 meses rotando en la oficina forense de Miami-Dade, a la par del Jackson Memorial Hospital, y también en el condado de Broward. Trabajé directamente con directores históricos como el Dr. Davis y el Dr. Villa. Conocer de cerca la estructura criminal del sur de Florida en esa época me permitió entender que cada sociedad desarrolla su propia tipología delictiva.

Evaluando esa experiencia, ¿cómo ve la evolución del crimen organizado en Honduras hoy en día?
Es alarmante. Yo guardé silencio un tiempo y solo lo advertí en ciertos sectores, pero hoy es una realidad: Honduras vive una "mexicanización" del crimen. Lo vemos en la mutilación corporal y el desmembramiento de cuerpos, como el caso reciente en Omoa, donde las víctimas fueron decapitadas y mutiladas. Los criminales ya usan métodos avanzados como barriles con altas concentraciones de ácido muriático para autodestruir los cuerpos y borrar evidencias. Existe una clara sectorización y tecnificación del crimen en el país.

Muchos creen que la reestructuración de la justicia en Centroamérica es un fenómeno reciente de gobiernos actuales, pero usted participó en los cimientos de esos cambios, por ejemplo, en El Salvador.
Tras terminar mi formación forense recibí una oferta del Gobierno de El Salvador, impulsada inicialmente por los presidentes Napoleón Duarte y Alfredo Cristiani, a través de Mauricio Gutiérrez Castro, quien presidía la Corte Suprema salvadoreña. Los procesos institucionales de seguridad en El Salvador no empezaron con Bukele, están muy equivocados, comenzaron hace varios años. Este servidor fue contratado para diseñar, reconstruir y entrenar el servicio de los Institutos Forenses de la República de El Salvador, que hoy son cerca de 11 centros repartidos en todo su territorio.

El Dr. Denis Castro Bobadilla muestra con orgullo su informe impreso de producción legislativa durante su gestión como diputado (2018-2022).

Dr. Castro, hablemos de los casos más significativos que ha investigado. ¿Cuáles son?
Sí, la escritora de Diario El Heraldo, doña Carmila Wiler, siempre ha andado detrás de mis casos. Ella me hostigaba llamándome para que mi memoria recordara anécdotas. Entiendo que está haciendo un libro sobre las historias detrás de la jurisprudencia y la resolución de casos. De hecho, dentro de unos días saldrá publicado un caso muy original; yo nunca en mi vida había visto algo similar. Los casos más significativos de mi carrera están documentados ahí.
En El Salvador tuvimos casos muy significativos. Uno de ellos fue el asesinato de un periodista en el que intentaron culpar a la administración del entonces presidente Alfredo Cristiani. Para resolverlo, el presidente Cristiani llamó al mandatario de Honduras, Rafael Callejas, pidiéndole gestionar mi traslado a El Salvador para investigar. Fue una locura logística: el presidente Callejas puso a mi disposición el West Wing (el avión presidencial hondureño) y el presidente Cristiani mandó a parar un avión comercial de TACA en la pista para que me esperara. Al final decidí irme en el avión presidencial porque pensé que darían un café con rosquillas, pero me arrepiento (se ríe); llegamos en 15 minutos, no me dieron ni agua y me dejaron botado en medio de la pista. Pero me di mi buena raiteada.

¿Hubo otro caso de fuerte impacto militar en territorio salvadoreño que usted investigó y que involucró a gobiernos extranjeros?
Sí, el segundo caso que me pidió investigar el presidente Cristiani fue el derribo de un helicóptero militar en una tarde-noche de mucha neblina. El helicóptero se perdió en las montañas, entró a territorio salvadoreño y lo derribaron. Ahí murió el coronel Carvajal (ascendido a general de forma póstuma). En la investigación encontramos evidencia científica de que los tripulantes no murieron por el impacto del helicóptero; fueron ejecutados con armas de fuego en tierra. Yo revelé algo en su momento a lo que en Honduras no le dieron importancia: los atacantes eran guerrilleros venezolanos. Venezuela tuvo un enorme interés en el caso. Un 31 de diciembre llegó a mi casa don Orlando Lozano Martínez, presidente de la Corte Suprema, para pedirme que fuera al aeropuerto porque un avión militar de Venezuela me esperaba para llevarme a ese país con las evidencias que yo había recolectado. Hice todo lo posible para no ir. Me retrasé a propósito, puse de excusa que me estaba bañando, y el avión militar se terminó yendo sin mí. Inmediatamente después, agarré mis maletas y me fui a los Estados Unidos, al condado de Broward. Preferí analizar las muestras allá. En Florida hicimos el diagnóstico efectivo de carboxihemoglobina en la piel de la víctima. Esa prueba científica demostró que a un muchacho, que era soldado, le pusieron el arma directamente sobre la piel y lo ejecutaron a sangre fría. Fue un caso impresionante perpetrado por la guerrilla venezolana instalada en El Salvador.

En toda su carrera como investigador forense, ¿cuál ha sido el caso o la faceta que más le ha dolido presenciar en Honduras?
Mi etapa como investigador criminal del Dr. Ramón Custodio cuando él estuvo al frente del Conadeh. Las cosas más impresionantes y aberrantes que he visto en mi vida han sido las masacres en las cárceles. Vi a personas privadas de libertad a las que primero les dispararon y luego les provocaron un incendio para ocultarlo y decir que habían muerto quemadas. Nosotros demostramos científicamente que ya estaban muertas antes del fuego. ¿Y sabe qué es lo peor? La impunidad. No hay presos por lo que ocurrió en la cárcel de Comayagua, ni por el incendio en la prisión de San Pedro Sula. Solo hubo un caso con detenidos en La Ceiba. Esa impunidad criminal hace que en Honduras se pueda matar en masa y no pase nada.

El Dr. Denis Castro Bobadilla junto a los médicos residentes (R1) del módulo de Ginecología Forense, transmitiendo la rigurosidad científica a las nuevas generaciones.

¿Hubo también tragedias accidentales de gran magnitud que marcaron su labor forense, como los siniestros aéreos?

Sí, la forma lamentable e irresponsable en la que murieron más de 100 personas en el accidente de la compañía SASA en el Cerro de Hula. Me tocó identificar los cuerpos uno por uno. Toda esa gente murió por negligencia de quienes dirigían el vuelo y, hasta el sol de hoy, no hubo justicia. Jamás olvidaré que el general Wilfredo Sánchez lloró conmigo en la morgue cuando preparé el cuerpo de su amada hija para que la reconociera. Solo le mostramos el rostro, porque en esos casos preparábamos psicológicamente a las familias y poníamos personal médico detrás por si se desmayaban. Ese hombre, con toda su verticalidad militar, se dio la vuelta, me quedó viendo y se echó a llorar; nos dimos un abrazo. Esas muertes por pura irresponsabilidad causan un dolor profundo.

Como abogado y médico forense, usted ha advertido sobre una práctica legal muy peligrosa que se está volviendo común en Honduras. ¿En qué consiste?
Actualmente está de moda en Honduras la "patologización de los clientes". Esto consiste en buscar la manera de declarar enferma o inhábil a una persona para que no pueda testar, o bien, impugnar testamentos alegando que el fallecido no estaba en pleno uso de sus facultades mentales al momento de ceder sus bienes, herencias o donaciones. Mi mayor recomendación al Congreso Nacional es que reforme urgentemente la Ley de Notariado para proteger a los notarios de Honduras. Actualmente, la ley dice que el notario dará fe de que su cliente se encuentra en pleno uso de sus facultades físicas y mentales. Pero seamos realistas: ningún abogado está capacitado para hacer esa valoración médica. Un abogado no puede distinguir a un paciente esquizoide de un psicótico clásico o de un sociópata. No puede diferenciar un trastorno paranoide de la personalidad de uno esquizoide, ni determinar si una persona sufre una demencia grave donde solo conserva la memoria antigua y ha perdido la reciente. Por eso, los legisladores deben reformar la ley para exigir que todo testamento, donación o cesión de bienes cuente con el respaldo de una evaluación médica firmada por un facultativo. Solo así el buen nombre del notario permanecerá intacto.

Pasando a un plano más personal, Dr. Castro, hablemos del amor en su vida. ¿Qué nos cuenta de eso?
El amor es una etapa en la vida de todo ser humano y existen diferentes tipos. Lastimosamente, he perdido a algunos de mis más grandes amores: mi madre, mi padre y hermanos muy queridos que extraño muchísimo hasta el sol de hoy. Fuimos una familia bastante unida en ese aspecto, y uno siempre los lleva vivos aquí adentro.
En cuanto al amor de pareja, me considero un hombre afortunado. Estoy felizmente casado desde hace más de 40 años, tengo hijos de edades similares que considero que fueron muy bien criados dentro de lo posible, y están saludables. ¿A qué más se puede aspirar en esta vida?

Con tanta carga emocional e historias trágicas a su alrededor, ¿dónde encuentra el Dr. Denis Castro su propia felicidad?
En mi familia y en mi hogar. También tengo un amigo enorme y muy especial: mi perro, que me es sumamente fiel. Él pasa aquí conmigo; yo puedo ser el mismísimo diablo, pero él me cuida tanto que si usted está aquí y mueve una mano de forma extraña, le arranca el brazo (sonríe). Las cosas que verdaderamente lo hacen feliz a uno son las cosas sencillas. La felicidad está dentro de uno mismo, en tu paz con Dios y con los tuyos. A mí, hasta cocinar me hace feliz.

El Dr. Denis Castro Bobadilla comparte risas y un momento de absoluta camaradería junto a Luis Almagro, exsecretario general de la OEA.

¿Qué le gusta cocinar y cómo es un momento de relajación en su casa?
Me encanta cocinar pastas acompañado de una buena música y un buen vino. Anoche, casualmente, probé un vino tinto mendocino de Argentina que estaba extraordinario. Para escuchar, soy un apasionado total de Johann Sebastian Bach y de Georg Friedrich Händel; me fascinan esos dos compositores alemanes. Mi amor por la historia me ha llevado a visitar los lugares donde vivieron aquellos que admiro: estuve un día entero recorriendo la casa de Beethoven. También conozco el cementerio en París donde descansan los restos de la brillante soprano de los años 50, María Callas, y ahí mismo está Jim Morrison. En mis viajes busco a esas personas que han hecho historia para la humanidad, como la tumba de Edgar Allan Poe o la de John F. Kennedy y el monumento a Abraham Lincoln en Washington, por lo que significó para la abolición de la esclavitud en América.

¿Usted proviene de una familia con un fuerte arraigo político en la historia de Honduras?
En mi familia ha habido de todo: cachurecos (nacionalistas) y liberales. Tuve tíos directos dedicados a la política como Salomón Jiménez Castro y Efraín Bu (quien era primo hermano de mi papá). Mi propio padre fue político. Por el lado materno, mi abuelo fue el General Abelardo H. Bobadilla, quien fue un cachureco a más no poder durante la época del dictador Tiburcio Carías Andino.

Usted mencionó en sus viajes la importancia de reconocer la historia de la esclavitud y las migraciones en nuestro continente. ¿Cómo conecta eso con sus propias raíces familiares?
Es que no podemos tapar el sol con un dedo; en Honduras tuvimos esclavitud y tenemos una rica mezcla. Nosotros los Castro, principalmente los que provenimos de Santa Bárbara, de localidades como Colinas y otros pueblitos cercanos, somos de origen criollo judío sefardí que se cobijó en esas tierras coloniales. Es algo que se nota en la genealogía y en la historia de la región.

Dr. Castro, su infancia y juventud se dividieron entre la costa norte y la capital debido a los traslados de su padre. ¿Qué recuerdos guarda de esa Tegucigalpa de antaño?
​​​​​Mi papá se trasladaba y nosotros con él; así fue como conocí a muchísima gente de la capital desde joven. Por ejemplo, al diputado Toño Rivera Callejas yo le he contado todas las anécdotas de su papá (Mario Rivera López). Nosotros vivíamos en el barrio La Madariaga y ellos vivían en la colonia El Prado. En aquella época no existían las lavanderías modernas (dry cleaning), así que las madres de uno le entregaban las piezas de ropa a las lavanderías artesanales de la ciudad, y las lavanderas tendían la ropa a lo largo de todo el río. Yo siempre le bromeo a Toño y le digo: Atrás de la casa de ustedes, en El Prado, pasaba yo y miraba toda tu ropa tendida en el río. Eran tiempos de una Tegucigalpa más sana, comunitaria y entrañable.

Una mañana de café, memorias y reflexiones con el Dr. Denis Castro quién abrió los espacios de su hogar para una enriquecedora e íntima entrevista de personalidad con los reporteros de la revista <i>Tic Tac</i>.

A pesar de ese legado, usted decidió involucrarse en la política legislativa ya en una etapa madura de su vida. ¿Qué lo impulsó?Decidí entrar a la política cuando ya me había retirado de mis otras labores, simplemente porque veo que el país se encuentra fracasado debido a la gente que el pueblo escoge. Es una característica histórica en Honduras: los partidos políticos escogen a lo peorcito como candidatos presidenciales. Dicen que el Congreso es un "corte transversal" de la sociedad, pero perdóneme: en Uruguay hay 3.4 millones de habitantes y no se ve esto. En Honduras, en cambio, tuvimos un Congreso donde los narcotraficantes se peleaban por los espacios legislativos. Durante la administración en la que fui diputado, en el salón de sesiones estaba colocado el nombre de un narcotraficante que ya se encontraba preso en Estados Unidos y que ya había admitido sus delitos. Yo me acerqué a uno de los directivos del Congreso y le pregunté directamente: "¿Por qué no quitan ese nombre de ahí si ese señor ya está preso por narcotráfico y él mismo lo reconoció?" ¿Sabe qué me contestó? Me dijo: "¿Qué quiere? ¿Que me manden a matar por quitar el nombre de ese hombre de aquí?". Imagínese el nivel. Honduras ha elegido históricamente a narcos y a personas que jamás han puesto un pie en la legalidad.

Dr. Castro, a pesar de ese panorama tan oscuro que describe en el Poder Legislativo, usted también compartió con personas a las que les guarda un profundo aprecio profesional.
Sí, hay una buena cantidad de personas a las que les tengo mucha estima, respeto y cariño. Sobre todo a mis exalumnos. En el Congreso en el que yo estuve como diputado había entre 21 y 25 legisladores a los que yo les había dado clases en la universidad. Ahí estaban Tomás Zambrano; Marcos Velásquez; Johana, una doctora de allá del hospital de San Lorenzo en el sur de Honduras; y otra doctora de Colón, entre otros. Solíamos tertuliar en los pasillos y ellos siempre se me acercaban con mucho respeto y me decían: "Mire, maestro, ¿dónde estamos?". Y yo siempre les respondía: "Ah, bueno, pórtense bien. Hagan bien su papel". Tuve la dicha de dar clases en los mejores momentos de la enseñanza universitaria. Por ejemplo, Rixi Moncada fue mi alumna en su momento; una estudiante muy brillante, la verdad. También la actual magistrada de la Corte Suprema, Odalís Nájera, fue mi alumna, al igual que el magistrado Padilla. A través de las aulas uno logra conocer a gente sumamente valiosa. ¿Cómo no voy a estimar a quienes fueron mis alumnos en el Congreso? Claro que sí, les tengo una consideración y un respeto muy grandes. Sí, y me deleité muchísimo con una persona de gran peso que ya falleció y que estuvo conmigo en el Congreso. Cuando iniciábamos las discusiones, los dos nos poníamos de acuerdo para hacer lo que llamábamos "la caza del gazapo" en las leyes que proponían otros diputados. Hacíamos unas tertulias formidables en la misma asamblea sobre cosas que estaban mal redactadas en materia legislativa y que no debían incluirse. Por ejemplo, les corregíamos el uso del gerundio, que no puede estar en una ley, o palabras ambiguas como "podría" o "quizás tal vez", porque eso jurídicamente no existe y nos obligaría a estar haciendo reformas a cada rato. Esa persona con la que debatía y compartía el amor por la ortografía legislativa era don Oswaldo Ramos Soto. Con él daba gusto trabajar.

Con esa experiencia a sus espaldas, ¿piensa lanzarse nuevamente a la política en el futuro o es un área completamente descartada?
¿Y quién dice que no? Todo depende de si surgen ofertas de algún candidato que quiera que uno engrose sus filas. Pero si no hay una propuesta seria, no. Yo jamás me postularé de forma independiente como candidato presidencial o por mi cuenta porque yo no manejo dinero del narcotráfico ni del gobierno. Nunca he tocado fondos estatales. No me voy a financiar una campaña política que hoy en día cuesta 30, 40 o 50 millones de lempiras. No, hombre, déjeme tranquilo.

¿De dónde sale verdaderamente todo ese dinero que se mueve en las campañas de Honduras?
Lo que hacen muchos es sacar dinero a través de los partidos políticos. Se los dan para la campaña, pero jamás liquidan esos fondos, y ese es el gran problema. En Honduras hay un montón de candidatos que no han liquidado el dinero que recibieron, que es dinero que le pertenece a la población porque los partidos políticos viven de los impuestos de la gente. No liquidan y después terminan diciendo que son archimillonarios de la noche a la mañana. ¿De dónde? No lo sé, si aquí en Honduras nos conocemos todititos. Aquí hay gente que vino a Tegucigalpa solo con una chumpa y usando burros y usted los ve ahora... ¡Dios me libre! Por eso digo que Honduras es un país tan rico que cada cuatro años salen nuevos multimillonarios.

¿Este enriquecimiento exprés de los políticos debería sorprender a la población o debería generar un repudio total?
Debe generar un repudio absoluto y obligarnos a saber elegir a las personas para los cargos públicos. Ya es tiempo de que los medios de comunicación y todos los que podamos contribuir le digamos a la población cómo votar. Dejen de elegir a cualquiera que aparece haciéndoles payasadas o brincando, saltando y haciendo muecas en las redes sociales para conquistarlos. Sea serio, hombre. No desgracie a su país; al desgraciar al país, se desgracia usted mismo y a su familia. Si su hijo necesita una operación de cabeza, ¿usted va a contratar a un penco o va a buscar a un neurocirujano? Yo le devuelvo la pregunta. Usted busca al que sabe, ¿cierto? Entonces, para gobernar el país tiene que buscar a personas capacitadas que demuestren éxito profesional previo y que no vayan a hacerse ricas después de salir del cargo. Si el candidato es un profesional o un agricultor exitoso que ya tiene sus propios ingresos, magnífico. Pero aquí hemos tenido personas que tienen haciendas y, estando en el Congreso Nacional, han usado sus curules para autocondonarse sus millonarias deudas personales. Hemos tenido profesionales que pidieron préstamos en Educrédito para poder estudiar en una universidad y, cuando llegan a diputados se hacen una autocondonación de la deuda. ¿Cómo llama usted a eso? Eso se llama altísima y más fina corrupción. Me acuerdo perfectamente del caso de una persona que debía, si mal no recuerdo, unos 24 millones de lempiras por una propiedad que estaba hipotecada. Llegó al Congreso, propuso la condonación, los demás diputados votaron a favor alegando que había que hacer condonaciones y se aprobó. Ahí se fueron 24 millones de lempiras que el pueblo de Honduras perdió para siempre.

Dr. Castro, usted posee una facilidad asombrosa para recordar detalles, nombres y fechas de crímenes ocurridos hace décadas. ¿De dónde viene esa habilidad?
Viene de estar informado y de tener memoria. Yo leo constantemente diarios como El Heraldo o La Tribuna, que dicen mucha verdad sobre lo que pasa en el país, y voy conectando los hechos. Lo que sucede es que el hondureño promedio no tiene memoria de lo que ha pasado en este país, y esa es la gran diferencia conmigo. Yo recuerdo perfectamente, por ejemplo, cómo murió la poeta Clementina Suárez; falleció en el barrio La Hoya tras sufrir un asalto donde el delincuente la golpeó tanto que le causó un hematoma intracerebral. Tiempo después, fue su propia hija quien tomó la dura decisión de desconectarla.

Doctor, para finalizar, siempre nos gusta que los entrevistados envíen un mensaje final. ¿Qué le diría a la sociedad hondureña, a los jóvenes y a la clase política?
El hondureño tiene que empezar a darse cuenta de que debe buscar líderes que le motiven a la esperanza, hacia las metas que queremos alcanzar como nación. Deben alejarse de los oportunistas que venden falsas promesas; esos solo buscan el beneficio personal. El ciudadano tiene que aprender a detectar a los líderes evaluando su éxito previo en la vida y verificando que no tengan más interés que ayudar a las personas a través de un trabajo honesto. Si nos están viendo en las redes, yo le voy a entregar aquí mismo en sus manos toditita mi producción en el Congreso Nacional de Honduras durante el escaso tiempo que estuve como diputado. Esta es mi producción legislativa. Perdone que sea una letra tan chiquita, pero es que el espacio físico para la publicación era limitado; aun así, aquí está el resumen completo de mi labor. Yo lo entrego porque siempre le van a preguntar a uno qué fue lo que hizo. Ahí está la evidencia. Ahora vayan y pregúntenles a los demás diputados que han estado ahí que les presenten un informe similar.

¿A qué se refiere específicamente con la importancia de fiscalizar y no quedarse callado ante el poder?
Es que mi mensaje para la población es claro: tenemos que apoyar al gobierno que esté de turno, nos guste o no nos guste, porque si tienen éxito, el país progresa. Pero el verdadero apoyo consiste en fiscalizarlo y censurar firmemente lo que no está bien para obligar a que se hagan rectificaciones. Aquel que diga que apoyar a un gobierno es guardar silencio, se convierte en su cómplice. Y uno no debe ser cómplice de los actos malos. Apoyar a un gobierno es como apoyar a un hermano: lo quieres, pero le dices claramente: "Te apoyo, pero no voy a participar en las cosas malas que haces ni estoy de acuerdo con ellas". El pueblo es el mandante y los políticos son los mandatarios; ellos están ahí para ejecutar lo que la mayoría de los hondureños queremos, no lo que a ellos se les ocurre. Si usted vota mal, no se queje de la desgracia en la que vive. Con su propia mano puso a los que le hacen daño.

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José Valeriano
José Valeriano
Periodista

Licenciado en Periodismo por la UNAH. Con experiencia en temas económicos, de salud, educación y desarrollo social. Con conocimientos en el mundo digital y SEO.

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