Tegucigalpa, Honduras.- “La realidad no es lo suficientemente verosímil...” (p. 63)“En la privacidad de su infierno” (p. 96)
León Leiva Gallardo, como se sabe, es originario de Amapala, situada en “la isla más al sur del sur del país” (p. 92). Autor de varias novelas, la última de las cuales es “Profesor de humanidades” (2023), vive desde hace muchos años en Chicago, y en el 2017 dio a conocer el libro de cuentos “El pordiosero y el dios”.
Allí acude, como diría Robert Lowell, a “las distorsiones de la fantasía” o bien a su “propio embrollo” (p. 67) bajo “el amargo aliento de lo absurdo” (p. 136).
En efecto, en los doce relatos agrupados en este libro todo resulta anómalo e inusual, y se deslinda un mundo claustrofóbico donde la memoria juega de segundo violín (“second fiddle”) frente a lo imaginario.
El autor consigue sorprender al lector desde ángulos inesperados y audaces, y en su voz, a menudo hipnótica, yace una ambigüedad significativa que marca las percepciones e imágenes personales.
En “El pordiosero y el dios” Leiva Gallardo lleva a cabo una inmersión en la barbarie, pues no en vano posee proximidad física con la materia narrada.
Su arte le permite recrear los sobresaltos de la cotidianidad, transmitir sus inflexiones irónicas, y embriagarse con el deleite que traen consigo las potencialidades del lenguaje narrativo.
La condición alucinatoria del mundo circundante se revela merced a su conocimiento de la fauna nativa. Lejos del sofocante candor provinciano, la prosa de estos relatos se enriquece en el escondite secreto de la imaginación, lo que le permite al narrador argumentar, buscar, aproximarse y, en definitiva, derribar tabúes e ídolos.
Decía Samuel Johnson que el único refugio contra el tiempo son los placeres puros de la razón. Empero, hasta los placeres irracionales pueden ser disfrutados bajo la ilusión de que son intemporales.
Leiva, “invadido... por el deseo insobornable de escribir” (p. 50), sabe modular esa prosa sinuosa, apta para discernir y erigirse en disolvente de la apatía congelada del entorno.
El autor amapalino no rehúye ser enfático y reiterativo, y los textos incurren en repeticiones obvias, no exentas a veces de cierta pomposidad verbal y grandilocuencia: “esas frases de discursos” (p. 130).
Pero ello forma parte del uso que hace de todos las herramientas de la expresión verbal, incluso de su “ácido invisible” (p. 126). Al final se impone la sensación de gozo, el placer (y la maravilla) de estar vivos, de un mundo iluminado y ansioso por revelar sus enigmas.
“El pordiosero y el dios” demuestra, una vez más, que en la literatura, frente a “la sublime persistencia de la estupidez” (William Styron), solo dos cosas importan: el talento y el lenguaje.