Tegucigalpa, Honduras.- “Hebra de oro será mi palabra/ hebra de fuego que combatirá sin tregua”. (p. 12)
En 1984 José González ganó en México el Premio Plural de Poesía con “Monólogo de Roque Dalton”, secuencia verbal de notable virtuosismo y en cuya orquestación se fusionan ritmo e imagen, base natural de su trabajo imaginativo.
Se trata de un poema largo, dividido en doce partes, y que al año siguiente fue incluido en el libro “Las órdenes superiores”, publicado en Tegucigalpa por la Editorial Guaymuras.
Allí el autor se mete bajo la piel del gran poeta salvadoreño Roque Dalton, asesinado por sus propios compañeros del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) en 1975, a los 40 años de edad, mientras dormía: “Dentro de pocas horas/ vendrá la muerte a bosquejarme/ (...) ahora ni siquiera sé quién es el enemigo/ pero sé que vendrá, a la hora señalada/ a estrechar mi corazón contra la sombra”. (p. 11).
El “Monólogo” narra los últimos momentos de su vida, antes de ser ultimado; condensa y concentra en el lenguaje la destilación de la experiencia que deviene en el desenlace fatal: “¿quién morirá conmigo en esta hora/ cuántos serán delatados/ arrebatados de su piel/ envilecidos frente al fuego de la muerte?” (p. 14).
A lo largo del poema resalta e irrumpe la chispa creativa que mantiene a raya el tedio o lo mediocre.
A pesar de lo escabroso del crimen contra Dalton, la imaginación poética de González refulge y hace ver cómo el ángel de la muerte roza el rostro de su víctima antes de la aniquilación, pues la memoria requiere ser fijada mediante el arte para que tenga alguna permanencia.
El enemigo es la muerte: el mundo construido racionalmente está a merced de fuerzas oscuras, irracionales. José González, afinador de palabras, acude en su poesía a “pequeños milagros cotidianos, iluminaciones, fósforos que se encienden en la oscuridad” (Virginia Woolf): “Del tallo de una flor/ penderá mi cuello/ del tallo de una flor/ mi muerte/ será como un río turbio entre los hombres”. (p. 13).
Las reflexiones que se le adscriben aquí a Roque en sus momentos postreros se cortan unas a otras con un filo limpio. No en balde la agudeza y claridad de lenguaje conllevan el impulso de las posibilidades de la dicción poética: “fluido es mi acento esta noche/ que conversó con mi sombra:/ reino de este mundo que construí a golpes de mar/ a golpes de furia” (p.16).
La maestría de la forma y de la técnica que despliega José González en “Monólogo de Roque Dalton” conduce a una perceptividad prodigiosa, rayana en la clarividencia.
El final resulta terrible: la voz del poeta mártir acude a la rememoración de personajes que creó en su obra y se interroga: “dónde está la Maria Tecun/ dónde ese amor balandronado/ (...) dónde su corazón de plumas salvajes/ pedacito de mar en este instante/ en que me dan el tiro de gracia” (p. 18).