Tegucigalpa, Honduras.- Cuando inicié el proceso curatorial del proyecto “Luz en las cenizas”, de la artista Daniela Lozano, presentado en el Mercado Municipal de Gracias, Lempira, bajo la invitación del festival Gracias Convoca, advertí que esta muestra fotográfica tenía la posibilidad de ser abordada desde un perfil filosófico, es decir, desde la histórica relación tragedia-belleza.
La propuesta de Lozano dejaba planteada esta interrogante: ¿puede la belleza albergar las oscuras vibraciones de la tragedia? El proyecto es un conjunto fotográfico que muestra las ruinas del mercado de la ciudad de Gracias que se incendió el 29 de julio de 2021.
La artista documentó el evento cuatro meses después del siniestro. Lozano se acercó, como ya es característico en ella, no con ojos de una fotógrafa archivista, sino con la mirada de una artista que va en busca de aquellos detalles que sean capaces de generar una experiencia estética... ¿Una experiencia estética en medio de tanto dolor?
Existe un dilema ético relacionado con la estetización del dolor, para el caso, Susan Sontag advierte que transformar una tragedia en una imagen hermosa puede neutralizar la indignación política o las reacciones humanas; (Theodor) Adorno sostuvo que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie, con ello cuestionó si el arte bello seguía siendo legítimo ante un acto masivamente horroroso; estos argumentos apuntan a señalar que la belleza formal de una fotografía corre el riesgo de cegar al espectador ante la oscura densidad de la tragedia, convirtiendo el horror en un objeto de consumo cultural.
Pero existen contraargumentos como el del fotógrafo brasileño Sebastián Salgado, que ve en la belleza de una fotografía una forma de devolverle la dignidad a las víctimas de la violencia social, afirma que no oculta el dolor, sino que retrata la resistencia y tenacidad para seguir adelante en medio de sus vidas trágicas y vulneradas.
Existe otro fotógrafo que se mueve en la frontera entre el arte y el testimonio histórico, me refiero a Gilles Peress; al retratar las masacres de Ruanda en su libro The Silence, Peress tiñó los bordes de las páginas en color negro. No lo hizo para estetizar el documento, sino para transformar el libro en un objeto de muerte que confrontara al lector con el horror del genocidio.
Pienso que el artista de la fotografía debe tener el cuidado de no esconder la tragedia con el embellecimiento de una imagen y, a su vez, no debe renunciar a la experiencia estética que produce la belleza. Como dice Arthur Danto: “Aunque la belleza ya no es un requisito obligatorio del arte, no debe ser proscrita ni tratada como un acto criminal”.
Lozano entiende que no se trata de anestesiar la tragedia que provocó ese incendio, pero acude a la belleza como un acto de sanación, busca que sus fotos ayuden a no dejarse devorar por la herida.
El filósofo Edward Bulloug, explicó que el arte introduce un distanciamiento físico y mental entre el dolor y nosotros. No es que dejamos de sentir la herida, ella está allí abriendo nuestra carne, pero la experiencia estética permite sublimar el dolor con la dignidad de un nuevo mirar: el mirar que nos provoca el arte. Cuando Lozano nos presenta esa escenografía de cemento y madera quemada, tiene el cuidado de encontrar luz en las cenizas.
Hay una fotografía (la única a color, el resto es blanco y negro) que captó un tizón con un clavo oxidado, la fotografía esta en escorzo (tomada de abajo hacia arriba) y cierra su recorrido visual con el cielo azulado de la ciudad de Gracias: hermoso contraste de luz y sombra, de dolor y esperanza, de muerte y resurrección.
El madero, el clavo y el cielo nos remiten irremediablemente a la metáfora bíblica del martirio, pero a su vez, de reviviscencia. Una señora, que trabaja en el mercado, al ver esta foto dijo: “esta muchacha me ha hecho recordar que en medio de la tragedia nuestro deber es levantarnos”: he allí el sentido de sanación que el arte lleva en su seno. El mercado fue reconstruido y reinaugurado en noviembre de 2023.
Esta relación compleja y punzante entre belleza y tragedia tiene su génesis en el mito griego de Apolo y Dionisos. Apolo, divinidad olímpica por excelencia, es el dios de la luminosidad y de la bella apariencia, del sueño y de las imágenes plásticas; del límite y de la mesura.
Dionisos, por el contrario, es el dios de la embriaguez y del exceso, divinidad oscura y sufriente, cuyo despedazamiento a manos de los titanes evoca los horrores de la existencia. Dionisos es el fondo de horror sobre el que Apolo, para volver la vida soportable, borda el velo de la bella apariencia. Así el instinto apolíneo de lo bello brota del horror dionisiaco, tal como "florecen las rosas sobre una rama de espinas", ha sentenciado Nietzsche.
Lo anterior nos ayuda a comprender por qué Lozano encuentra destellos de luz en las mortecinas cenizas. Su propuesta encuentra sentido en una estética de los escombros. Su asidero conceptual y visual es la ruina porque la ceniza fertiliza el gozo y la flor niega la espina. Sin la acción de la luz no existe el acto fotográfico, cada imagen está captada con un esmerado detalle, como quien alumbra en los rincones más oscuros de aquel terrible siniestro que arrasó el mercado.
De repente, como si de una revelación se tratara, aparecen estos brotes de luz transmutados en bellos objetos visuales. Es, precisamente, en esta dialéctica de luces y sombras, que lo bello desplaza (no anula) al dolor, es aquí donde la luz conserva su encanto, aunque haya emanado del horror.
Cuando la artista asistió al lugar del siniestro, se encontró con un silencio abrumador, aquel que se anida en las sombras del tiempo.
Los escombros hablaban otro lenguaje: el de la quietud total. La materia estaba allí inerte como esperando ser despertada de aquel esperpento para evidenciar otra memoria: la memoria de la ausencia que, a su vez, trae consigo la irremediable necesidad de presencia.
Este fue el escenario visual que encontró la cámara de Daniela Lozano, ella dotó a las ruinas de una nueva realidad: les dio luz, voz, presencia, memoria y, sobre todo, les dio la dignidad de una luz surgida del doloroso polvo de la tragedia.