Tegucigalpa, Honduras.- Érase una vez, en un pueblo costero alejado de las ciudades urbanas. Era un día lluvioso y nublado. Estaba en una librería cercana a mi casa cuando, mientras buscaba otro libro para leer, encontré uno muy peculiar. En su portada se podían apreciar dos criaturas. Lo comencé a leer, pero no entendí nada. Seguí leyendo hasta que me rendí: no logré comprender ni una palabra. Salí de la librería muy pensativo sobre ese libro. Al salir de ahí me dirigí a mi casa a descansar.
Al día siguiente me desperté feliz y con energía. El día estaba soleado; todo era perfecto para ir al mar a nadar. Invité a una amiga y nos fuimos. Jugamos y nos estábamos divirtiendo mucho. Flotábamos en el agua, dejándonos llevar por las olas, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Se nos pasó el tiempo; se sintieron segundos y en realidad habían pasado horas. Perdimos la noción del tiempo. Empezó a anochecer, el cielo estaba rojo. Nos salimos nadando y, a la distancia, se escuchó un grito, y cada quien se fue corriendo a su casa.
Al siguiente día fui a nadar solo. Mientras nadaba, a lo lejos logré notar una criatura casi plana como papel, pero poco a poco se fue haciendo más y más grande y se fue acercando hasta que sentí uno de sus afilados dientes. Comencé a nadar lo más rápido que pude hasta llegar a la orilla. Me fui a mi casa; esa noche casi no dormí.
Al día siguiente me levanté pensando que todo fue un sueño. Estando en una tienda escuché a unas personas hablar de un pescador que estaba desaparecido. Me sorprendí y, en ese momento, entendí que algo pasaba y recordé que el día anterior había escuchado un grito y seguramente era de ese pescador pidiendo auxilio.
En ese momento recordé que, tiempo atrás, había escuchado del loco del pueblo llamado Blass, que hablaba de una criatura. Fui corriendo a contarle todo lo que pasó días atrás. Mientras yo, impetuoso, narraba los acontecimientos, él me miraba fijamente y de repente empezó a susurrar entre dientes: “Leíste el libro...”. Y empezó a decirlo repetidamente, siempre con voz muy baja: “Leíste el libro... leíste el libro...”.
Ahí todo tuvo sentido: el libro, el cual no había entendido nada, estaba cifrado para invocar a la criatura. Blass me contó que su nombre era el Big Bloop y que hacía muchos años él también, inconscientemente, lo había invocado, pero encontró una forma de enviarlo a su dimensión original. Era una dimensión llamada Subnáutica. Pero alguien le borró la memoria, escondió el libro y nunca supo qué pasó, hasta ese día.
Afortunadamente, esa era noche de luna roja, que era parte del ritual para enviarlo a su dimensión. Llegó la medianoche y, sentados frente al mar viendo hacia la luna, de repente Blass empezó a hablar en un idioma que no comprendí y repetidamente decía: “tulu tele sili pelse”, y así lo repitió siete veces.
Cuando de repente, a lo lejos en el mar, se vio la criatura. Lanzó un estruendo, se dio la vuelta hacia las profundidades y desde ese día no se supo más del Big Bloop.
Al día siguiente fuimos a la librería, sacamos el libro y lo lanzamos a las profundidades del mar, para que nunca más fuera leído. Mientras veíamos el libro sumergirse, se acercó un pelícano que, pensando que era un pez, lo tomó y alzó vuelo, alejándose de nosotros sin saber su destino.