Tegucigalpa, Honduras.- —Pues, ¿sabe qué, señora? Si no le gusta... no coma —le soltó María a la suegra, mientras sostenía la cuchara caliente con la que revolvía el arroz.
—¡Mirá qué brava me salió la cipota! —replicó doña Gertrudis, parándose como gallina ofendida—. En mis tiempos, a la suegra se le respetaba.
La gritadera se escuchaba hasta la pulpería de doña Juana. Don Chepe, que estaba echando la lotería, detuvo la lectura del cartón. Aurelio, que dormitaba en la hamaca, ni respiraba; sabía que cuando su mamá y su mujer agarraban pleito, lo mejor era quedarse callado.
Ese día la cosa se puso fea. Doña Gertrudis alzó su chal con dramatismo de actriz de radionovela, agarró cuatro mudas en una bolsa y salió echando humo.
—¡Aquí no me quieren! ¡Pero se van a acordar de mí cuando les caiga la desgracia! —dijo, escupiendo tres veces en el piso de la entrada.
—¡Por la sombrita! —murmuró María desde la cocina, aunque su voz se perdió entre el bullicio de las ollas hirviendo.
María resopló de alivio, pero Aurelio quedó con el ojo tembloroso. Creció entre cuentos de ciguanabas, malos aires y gatos negros. Además, los vecinos cuchicheaban que su mamá tenía dones: que curaba empachos, que a los niños llorones los calmaba con un soplo en la mollera, y que hasta las muchachas iban a pedirle amarres. Nadie lo decía abiertamente, pero todos en el barrio le tenían respeto a doña Gertrudis.
En la noche, la casa estaba en silencio: ni los chuchos ladraban. María barría la sala cuando oyó un ruido, como de trapo arrastrándose por el piso. Era una boa grandísima, gorda como palo de mango, que se venía metiendo a la casa como si fuera la dueña.
—¡Aureliooo! —gritó, con la escoba en alto.
El hombre corrió, medio dormido, pensando que se había metido un ladrón. Pero al verla, abrió los ojos como lechuza en velorio. La culebra se había enroscado en la mecedora de su mamá. Ahí estaba, moviéndose lentamente, resoplando igualito que ella cuando el café le quedaba como agua chirria.
—¡Es mi mamá! —dijo Aurelio, como si hubiera visto un milagro.
—¿Tu mamá? —le cuestionó María—. ¡Vos ya estás loco, hombre! ¡Traeme el machete antes de que nos trague a los dos!
Aurelio, en vez de buscarlo, se plantó frente a la serpiente como guardián de templo y le tiró una manta encima.
—¡No mirás que bosteza igualito que cuando se echa su peloncito!
La boa, ignorando el pleito que provocó, se deslizó hacia el comedor. María, temblando, le aventó un mango que tenía cerca. La serpiente olfateó, abrió la boca y, para sorpresa de la pareja, volteó la cabeza con un resoplido que sonó igualito al desprecio con que doña Gertrudis rechazaba la comida de María.
Aurelio sonrió, convencido de lo imposible. María sintió el escalofrío de la duda: no quería creerlo, pero algo en aquel animal la incomodaba. La boa seguía moviéndose por la casa con una familiaridad inusual. Luego se deslizó hasta la hamaca y allí se quedó quieta.
—¡Aurelio, esto no es tu mamá, es una condenada víbora! —dijo María, con la voz hecha un hilo, pero lista para defenderse.
—No digás eso —le contestó él, casi ofendido—. Mirá cómo nos mira.
—¡Sí, con hambre! —replicó María, temblando—. ¡Ay, Señor, hasta las gallinas se va a tragar!
Aurelio negó con la cabeza.
—No, María. Es ella. Volvió para cuidarnos. ¿Cuándo has visto una culebra entrar así, tranquila, sin hacernos daño?
María se mordió los labios, sin saber qué pensar. La boa levantó la cabeza, como si entendiera que hablaban de ella, y dio un coletazo seco en la mesa. El sonido retumbó en la cocina con un eco que a María le heló la sangre: era un ruido familiar, pero no supo por qué.
Después, la serpiente se fue hacia la pila. María trató de convencerse de que solo era su imaginación. ¿Y si Aurelio tenía razón? ¿Y si esa culebra era algo más que un simple animal?
La boa estuvo toda la noche en la mecedora. De vez en cuando miraba a María. Esta, con miedo, bajaba la vista. Y ahí estaban: ella con un machete en la mano y él abrazado a la boa.
En eso, con un estruendo, se abrió la puerta.
Doña Gertrudis apareció con el chal mal puesto y el sudor corriéndole por la frente.
—¡Qué camino más cansado! ¡Hijo, poneme café, vengo molida!
María soltó el machete. Aurelio palideció y se apartó de la serpiente. La boa, como entendiendo la broma, se desenroscó con calma, se arrastró hasta la puerta, echó una última mirada —¿sería de juicio?, ¿sería de burla?— y se fue derechito al río, deslizándose entre las piedras como quien ya cumplió su tarea.