"Charamuscas de amor", de Zaky Maher Kafati Castro

"Charamuscas de amor" recibió Mención de honor en la categoría de adultos del XV Concurso de Cuentos Cortos Inéditos "Rafael Heliodoro Valle" de El Heraldo

  • Actualizado: 24 de abril de 2026 a las 21:44
Charamuscas de amor, de Zaky Maher Kafati Castro

Tegucigalpa, Honduras.- No se dejaba enamorar por ninguno de sus lados. Ni a los más galanes de la escuela volteaba a ver; les fruncía el ceño a todos. Teníamos la teoría de que, por fuera de la escuela, la enamoraba alguien más diestro o pudiente que nosotros.

Un arquitecto celestial debió haberle diseñado esa combinación de ojos verdes y piel morena tenue que a todos les derretía el momento. Con mis diecisiete años, los recreos eran sagrados para el fútbol, hasta esa vez que el calor se presentó en ráfagas bravas, vendiendo todas las nubes del cielo.

Nos fuimos con Bardales a comprar unas charamuscas para enfriar nuestros radiadores mentales. Yo me compré una de tamarindo, limpiando el sudor que me asaltaba la frente. Desde lejos la miraba a ella, también sudando, atacada por el mismo calor. No se mosqueaba ni a ver en mi dirección.

Al chiqui que vendía las charamuscas lo mandé a dejarle una de tamarindo con recado amoroso. Enviársela me puso nervioso. Para el fútbol nunca me temblaban las canillas; para el amor sí, pero a la vez era mi única manera de cortar ese nudo gordiano de la posibilidad remota de tenerla.

Aunque fuera imposible entrar en su mundo verde, me bastaba con asumir, esperanzado, que había detalles que compartíamos, aunque fueran imperceptibles, como el calor perro de ese sol o el patio ralo de la escuela.

Ella, tan ordenada, con su uniforme de falda azul plisado y zapatos tipo galleta negros, con sus calcetas hasta las rodillas, y yo tan sudado y deschavetado. Aún bajo esa adversidad tenía que hacer mi tiro, comprobar si la compasión curaba más que el juicio.

Al percatarme de que el chiqui volvía con la charamusca de regreso, asumí que era portador de malas noticias, pero, milagrosamente, venía meneando sus cejas, ahogadas de travesura, solo para cambiarla de sabor, por nance. Desde lejos ella me regresaba unas migajas de sonrisas, más como de lástima que de correspondencia. Sin embargo, a mí, feo y todo, no se me podían abrir esas pequeñas puertas, porque con eso podía trabajar. Desde esas migajas podía construir toda una vida entera.

Trabajé los siguientes meses sobre esas sonrisas burlonas que me dio; se las convertí en risotadas y luego en volquetadas de carcajadas. Si hay algo que a las mujeres les fascina es reírse, porque para eso es la vida. Ellas lo saben más que nosotros, los hombres.

Después la llevaba hasta su casa desde la escuela y hacíamos tareas de a mentiras por besarnos en la hamaca de su abuela Flor, cuando de rutina la pasaban a otra habitación por enferma.

En vacaciones de la universidad, ya de novios, nos escapábamos al río para tirarnos desde las piedras. Bajábamos mangos de los árboles, dividiendo los maduros de los verdes, preparándolos con chile, limón y sal. Otras veces, ya de adultos y profesionales, después del trabajo salíamos a bares y yo me aseguraba siempre de llevar dos pesos en los bolsillos, en monedas de a cincuenta centavos, porque eso costaba la rola en la rocola del bar “La tierna”.

Poníamos cuatro veces, esparcidas en la noche, la canción con el código A7: “Tus ojos”, de Los Locos del Ritmo, para bailarla abrazados, enlatados en la calidez que solo el amor nos podía servir.

—¡Ya van estos con esa música para bailar en un ladrillo! —nos gritaba el Bardales, ahora con bigotes. —¡Sin salirse del ladrillo entonces, carajo!

Tras nuestras nupcias, el amor se nos había engordado lo suficiente como para encargarle a la cigüeña una pareja de infantes a los que nombramos Elena y Julián; llevan los mismos nombres nuestros para asegurarnos de que el cauce de la genealogía siga fluyendo como un río. Mismo cauce que nos convirtió en abuelos de otras Elenas y otros Julianes.

Todo estuvo formidable hasta hace un año, cuando se me enfermó y se me murió hace tres días. La enterramos en el cementerio del valle de Jamastrán y ahora tengo ganas de morirme luego para que me entierren ahí, a su ladito, para escoltarla en su peregrinaje.

Le compré un centenar de azucenas y pusimos la canción A7 frente a su tumba. Ahora la tierra se la está comiendo lentamente, de rutina, con esa hambre salvaje diaria con que devora a personas y con el simétrico ritmo con el que vomita a otras nuevas almas a este mundo raro e inescrutable.

Ahora estoy sentado en el patio de esta casa vacía, preguntándole al cielo dónde se nos escurrió todo ese tiempo, si el sabor de aquella charamusca, ahora que estoy tan viejo y descuartizado, aún lo puedo sentir aquí en el paladar, tan dulce, congelado e indescifrable.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Infórmate sobre las noticias más destacadas de Honduras y el mundo.
Redacción web
Redacción

Staff de EL HERALDO, medio de comunicación hondureño fundado en 1979.

Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias