Tegucigalpa, Honduras.- No sé cómo llegué ni por qué. Tampoco sé dónde estoy.
Al inicio no quise comer, no podía a causa del miedo; quizá fue la confusión. Además, no sabía que era comida lo que me ofrecía aquella figura sin rostro ni facciones que vi horrorizado.
Me arroja tres, a veces cuatro porciones oscuras que debo engullir. Dosis de supervivencia que llegan sin aviso y sin hora, porque me ha privado hasta del día y de la noche. Aún no me acostumbro.
Todo oscurece normalmente y, de pronto, la luz resurge sin aviso, golpeando mi cabeza y rompiendo mis pocos momentos de tranquilidad. Nunca sé qué está pasando ni qué hará conmigo.
El silencio me enloquece, pero los ruidos y los temblores son aún peores. Y esa figura, la que se divisa a través de estas paredes horriblemente confusas, desprovistas de esquinas y de fin, aparece de la nada y se va de la nada, como un gigante que hace temblar mi entorno hasta desaparecer sin aviso.
Si al menos supiera el motivo de mi encierro, si entendiera mi espacio o la razón de este tormento... pero nadie me da una respuesta. Fantaseé con la idea de regresar, de despertar de vuelta con los míos, sin paredes extrañas ni luz violenta, ¡que esta tortura tendría fin! Pero debo dejar de engañarme porque, así como el tiempo, mis esperanzas ya no existen.
Sin embargo, tengo un plan, un plan en donde no podrá intervenir esa figura monstruosa. He dejado de tragar esas bolas asquerosas y así moriré de hambre. Aún tengo el control de mi cuerpo, ¡lo único que me ha dejado! ¿O acaso tiene ese monstruo un plan para continuar mi tormento sin importar nada? No lo sé, así como no sé el porqué de esta pesadilla.
He comenzado a notar mi debilidad y el frío se ha vuelto insoportable, ya que no tengo nada ni nadie para conservar el calor. Debo resistir hasta desvanecer. La emoción por mi muerte me mantiene cuerdo, o eso es lo que creo.
¡Comienzan los temblores otra vez, se está acercando!
Luis buscó con su mano el interruptor de la luz al llegar a su cuarto. Luego de encontrarlo, encendió el ventilador. Se quitó los zapatos y tiró la mochila al suelo. Ansioso, tomó el frasco de alimento y lo llevó hasta la pecera, depositó tres bolitas oscuras y esperó mientras observaba preocupado, ya que su pececito dorado ignoraba su comida desde hacía dos días.