Tegucigalpa, Honduras.- La historia cultural centroamericana en México tiene en Clementina Suárez una figura todavía insuficientemente estudiada.
En 1946 fundó la Galería de Arte Centroamericano, un espacio que reunió a Carlos Mérida, Juan Antonio Franco, José María Vides, Mario Zamora, Francisco Zúñiga y Francisco Amighetti, junto a escritores como Miguel Ángel Asturias y Augusto Monterroso. Allí se encontraron artistas y escritores vinculados por el viaje, el exilio y la búsqueda de modernidad. Clementina fue una de las agentes que hicieron posible ese encuentro.
Desde que abandonó Juticalpa en 1923, la vida de Clementina transcurrió entre distintas ciudades de Centroamérica, México, Cuba y Estados Unidos. La poesía acompañó ese desplazamiento y su relación con los ambientes intelectuales que encontró en cada lugar. México, en tanto que escenario cultural transformado por la Revolución, ocupó un sitio particular en ese itinerario.
En junio de 1946 organizó la Galería de Arte Centroamericano en un amplio departamento de la calle Orozco y Berra, esquina con Chopo N.º 201. En este espacio se exhibían de manera permanente pinturas y esculturas de artistas de las cinco repúblicas centroamericanas, se presentaban libros y revistas, y acogía recitales y reuniones de los centroamericanos residentes en México.
Los nombres asociados a la galería revelan el alcance de la iniciativa. Carlos Mérida era ya una figura central del arte moderno latinoamericano; Juan Antonio Franco, una expresión relevante de la modernidad guatemalteca vinculada a México y al muralismo; el salvadoreño José María Vides desarrollaba una pintura atenta a la vida cotidiana y los tipos populares; Francisco Zúñiga y Francisco Amighetti participaban desde Costa Rica en la renovación de las artes visuales del istmo, mientras que Mario Zamora fungía como el mayor exponente de la escultura hondureña.
Reunirlos bajo un mismo techo tenía también un significado historiográfico. Sus trayectorias pertenecen a historias nacionales distintas, pero en México podían encontrarse dentro de una trama cultural compartida. La galería hacía visible una geografía centroamericana que las fronteras políticas, las dictaduras selváticas de entonces y los relatos nacionales tendían a fragmentar.
La trayectoria de Francisco Amighetti ofrece un ejemplo significativo. En 1947 publicó en México Francisco en Harlem con el apoyo de Clementina Suárez. La publicación apareció bajo el sello o denominación de la Galería de Arte Centroamericano. La labor de Clementina alcanzaba así la circulación editorial y la relación de los artistas con nuevos públicos.
Clementina ocupa un lugar fundamental en la literatura hondureña. Su dimensión como galerista, gestora y mediadora cultural permite ampliar ese lugar.
En México organizó exposiciones, reunió artistas, sostuvo un espacio, facilitó publicaciones y construyó redes. Su galería fue una plataforma desde la cual otros artistas pudieron mostrar, publicar y relacionarse.
Aquello no fue un interés pasajero: fue una práctica sostenida de gestión y articulación cultural que se extendió después a El Salvador, donde fundó en los años cincuenta El Rancho de los Artistas, y más tarde en Tegucigalpa, con la Galería Morazánica.