Crímenes

Selección de Grandes crímenes: Un misterio sangriento

Hasta el día de hoy, nadie ha podido resolver el misterio más oscuro…
07.11.2021

Este relato narra un caso real.
Se han cambiado los nombres.

Diana. Tenía apenas veinticuatro años cuando desapareció. Unos días antes estaba feliz porque iba a ser madre por primera vez, después de someterse a un tratamiento de fertilidad con uno de los mejores ginecoobstetras de Honduras, el doctor George Frazer. Su hijo se había desarrollado bien y ella estaba en perfecto estado de salud. Cuando su esposo la llevó al Hospital Materno Infantil, soportó los dolores del parto con estoicismo, sencillamente porque iba a ser madre, y nada deseaba más en la vida que tener a su hijo en brazos. Además, su esposo Adán era feliz, y cualquier sacrificio valía la pena.

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Aun así, el parto se alargó y los médicos tuvieron que ayudar al niño a salir al mundo. Pero todo lo soportó Diana, porque sabía que aquel niño sería lo más bello que Dios podía darle. Y a eso de las doce de la noche del tercer día de sacrificio, Diana parió. Era un niño hermoso, el cual, al llorar, hizo que su madre olvidara todas las penas que había padecido por tenerlo. Pálida, ojerosa y a punto de desfallecer, Diana sonrió y dijo: “Se va a llamar Jorge de Jesús, en honor al doctor Frazer que me ayudó con su sabiduría a quedar embarazada, y en honor a mi Señor Jesucristo que me bendijo con esta criatura”.

Una pregunta que seguramente ha sido hecha desde que Eva dio a luz a su primer hijo es esta: ¿De dónde nace el amor que una madre siente por su hijo? Ese amor inmenso, incondicional y que es capaz de superar todos los obstáculos y asumir todos los sacrificios, y sacrificios extremos, como el de aquella mujer que dio su vida para que su hija de cinco años tuviera un corazón nuevo y viviera. La mujer se suicidó para que los médicos tomaran su propio corazón y se lo trasplantaran a su hija. Bien se ha dicho que el amor es benigno, que todo lo soporta, todo lo sufre.

El niño fue llevado a la sala cuna y Diana, a sala de recuperación. Su esposo estaba feliz. Su hijo estaba sano y era grande y robusto.

“Ahora te amo mucho más” -le dijo a su esposa. Ella sonrió. Era la última vez que vería a su marido.

A la mañana siguiente, a eso de las once y minutos, Adán llegó al hospital con una pañalera y la alegría palpitando en su corazón. Iba a traer a su esposa y a su hijo. Pero no imaginó jamás la sorpresa que le esperaba.

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“¿Su esposa, señor? -le preguntó una enfermera de la sala de recuperación-. Pero si su esposa fue dada de alta esta mañana y salió del hospital a las nueve”.

“Perdone, seño -dijo Adán, tratando de contener los latidos de su corazón-, pero eso no puede ser, ella no pudo irse sola del hospital. Me dijeron que me la entregarían a las once y por eso estoy aquí. No pudo irse a las nueve, y menos irse sola. Creo que hay un error y usted me está hablando de otra Diana. Averigüe bien, por favor”

Adán temblaba de pies a cabeza.

“No sé por qué, pero se me vino el mundo abajo -dice-; un presentimiento horrible me causó dolor en el pecho y empecé a sudar helado… Era como si algo feo hubiera sucedido. Diana no iba a salir del hospital sola…”

Cuando regresó la enfermera, le mostró los documentos donde Diana había sido dada de alta y había abandonado el hospital con su hijo a las nueve de la mañana.

“Pero ¿con quién se fue?” -preguntó Adán.

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“Eso no lo sé -le dijo la enfermera-; su esposa ya salió del hospital”.

CASA

Adán corrió a su casa. Su mamá lo estaba esperando.

“¿Y Diana? -le preguntó la señora. ¿Dónde está Diana?”.

“¿No ha venido?” -le preguntó Adán.

“No, hijo... ¿Y qué es lo que pasa que te veo agitado?”

“Diana ya salió del hospital, mamá”.

“¿Cómo que ya salió? ¿Y no es que ibas vos a traerla?”

“Sí, pero cuando llegué ella ya no estaba. Salió a las nueve, con el niño…”

“Pero alguien debió ir a traerla… Acaba de parir y no iba a salir sola con el niño… Alguien debió ir a traerla…”

“Pues no sé, mamá… Yo estoy desesperado… No sé dónde está…”

No iba a saberlo nunca. Jamás volvería a ver a su esposa y a su hijo.

PREGUNTAS

¿Qué había pasado con Diana? ¿Salió sola del hospital? ¿Habían cambiado acaso sus sentimientos por Adán? ¿O alguien fue por ella? Pero, si fue así, ¿quién pudo haber sido? ¿Y por qué se fue con esa persona sabiendo que su esposo iría por ella antes del mediodía?

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En la caseta de guardia del hospital estaba registrada la hora en que Diana había salido con el niño. Las nueve y siete minutos. Los guardias no recordaban nada. Era cosa común que salieran mujeres con sus hijos recién nacidos. Ellos se limitaban a revisar los documentos y a registrar la salida. Nada más. No pudieron decirle otra cosa al esposo y a la Policía.

Adán estaba desesperado. Fue a todos los lugares donde Diana pudo haber ido, pero nadie sabía nada de ella. Además, era imposible que ella hubiera tomado la decisión de irse pues nada deseaba más en el mundo que tener a su hijo y ser feliz al lado de su esposo. Entonces, ¿qué había sucedido? ¿Quién había ido por Diana al hospital? ¿Dónde estaba?

“Lo sentimos mucho, señor -le dijo a Adán un detective de la Policía de Investigación-; no creo que podamos hacer algo más para ayudarle… Si ella se comunica con usted, avísenos, por favor”.

“Vayan al hospital otra vez” -suplicó Adán.

“Es inútil, señor… Allí ni cámaras de seguridad hay… Su esposa salió con el niño, seguramente acompañada por alguien, y allí está el registro… No podemos hacer nada más hasta que ella dé señales de vida”.

Pero no daría señales de vida nunca más.

HALLAZGO

En la tarde siguiente, a eso de las dos y media, la madre de Adán vio una noticia de último momento en HCH. Acababan de encontrar los restos mutilados de una mujer en un solar baldío en la vieja salida a Olancho. La señora sintió que el corazón se le salía por la boca. Llamó a su hijo. Estaba desesperada.

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“Hay que ir a la morgue -le dijo-; mirá que yo tengo una corazonada…”

En la morgue tardaron casi tres horas en identificar a la víctima. El forense dijo que la habían estrangulado y que luego habían cortado su cuerpo en doce pedazos. Y dijo algo más: aquella mujer acababa de dar a luz. Adán, desesperado, pidió ver los restos, por si podía reconocerlos.

“Ella tiene un tatuaje en la muñeca izquierda -dijo-. Es mi nombre con una rosa roja. Y tiene un lunar grande en la parte izquierda del labio de arriba”.

Y, diciendo esto, mostró una fotografía. Cuando lo llevaron para que reconociera los restos, vio el rostro pálido de su esposa. Y en la muñeca izquierda estaba el tatuaje que había descrito. Era Diana. Adán se derrumbó.

“¿Tenía problemas con alguien su esposa?” -le preguntaron los detectives.

“No, señor. Diana se llevaba bien con todo el mundo”.

“¿Usted tiene problemas con alguien, problemas graves que pudieron provocar el asesinato de su esposa?”

“Tampoco, señor. Yo no tengo problemas con nadie. Me dedico a trabajar vendiendo nacatamales todas las tardes, en mi carrito…”

“¿Sabe de alguien que tuviera algo contra su esposa?”

“No, señor. No sé de nadie…”

“Pues estamos ante un crimen horrible, señor. Ante un asesinato. A su esposa alguien la fue a traer al hospital, y tuvo que ser alguien de confianza, o sea, alguien en quien ella pudiera confiar, porque se fue con esa persona tranquilamente, a pesar de que sabía que usted iba a llegar por ella a las once de la mañana… Esto nos hace pensar que esa persona llegó temprano, habló con ella, a la que ya le habían dado el alta, y le dijo que usted no iba a poder llegar al hospital a traerla y que le había pedido a esa persona que fuera por usted. Y esta persona debe ser conocida de ustedes, ya que su esposa confiaba en ella”.

Adán escuchaba todo aquello como en una pesadilla.

“Pero ¿quién puede ser esa persona?” -preguntó.

“Usted díganos… ¿En quién hubiera confiado usted para sacar a su esposa del hospital en caso de que no hubiera podido ir por ella?”

“En mi madre y mi hermana”.

“Pero ninguna de ellas fue al hospital, ¿verdad?”

+Las huellas de la pasión

“No, señor. Estuvimos en la casa toda la mañana, hasta que como a eso de las diez y pico me fui en taxi para el hospital”.

“¿Quiénes más sabían que su esposa salía del hospital a las once de esa mañana?”

“Pues las personas que la conocíamos; o sea, las personas más cercanas a ella…”

“¿Familiares de ella?”.

“Aquí vive solo una hermana, pero trabaja en una maquila… Casi nunca se veían”.

Justo en aquel momento llegó a la casa de Adán una mujer de baja estatura, delgada y que lucía desesperada. Era Gloria, la hermana de Diana.

“¿Qué fue lo que pasó, Adán? -le preguntó.

“No sabemos”.

“Pero ¿quién pudo hacerle esto a mi hermana? ¿Y el bebé? ¿Dónde está el bebé?”

“No sabemos, señora -le dijo el detective-; pero estamos investigando…”

“No es posible -exclamó la mujer, al borde de la histeria-. ¿Por qué alguien mató así a mi hermana? ¿Y dónde está el niño? ¡Dios mío, Dios mío, ayúdanos, por favor!”

Adán abrazó a su cuñada, que estaba a punto de desmayarse.

“Ya les avisé a mi papá y a mi mamá -dijo ella-, y vienen para acá”.

“A las cuatro de la tarde les entregarán el cuerpo -dijo el detective-. Nosotros lo sentimos mucho. Pero vamos a investigar hasta encontrar al responsable de este delito”.

Nadie le respondió. A su alrededor había demasiado dolor como para que siguiera hablando.

“¿Quién pudo hacerle esto a esta mujer? -se preguntó-. ¿Cuáles son los motivos del asesino?”

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA