Es medianoche y la piel morena de “Alejandra”, una hondureña de 24 años y originaria de La Ceiba, se pierde entre las luces de colores del centro nocturno Tentaciones, ubicado en Tapachula, a unos 15 kilómetros de la frontera con Guatemala, donde desde hace un año trabaja como bailarina exótica.
Portando una falda corta negra y una blusa roja que deja al descubierto su esbelta y torneada figura, acepta la entrevista con El Heraldo pero con la condición de no ser identificada.
“Alejandra” relata que su familia siempre vivió en condiciones precarias ya que el sueldo que percibía su madre como trabajadora del hogar apenas alcanzaba para la comida, ropa y calzado de los seis integrantes de su familia: su madre, tres hermanos y su abuela.
“Tuve que dejar la escuela, solo saqué el sexto grado y cuando cumplí los 12 años tuve que ponerme a trabajar para ayudar a mi madre en los gastos de la casa”, cuenta la joven mujer.
Agrega que al cumplir los 16 años, su madre falleció y ella asumió la responsabilidad de su familia, y dos años después se vio obligada a trabajar en un bar en La Ceiba debido a que el sueldo de 700 lempiras en una maquila no le alcanzaba para los gastos de renta, agua, luz,
comida, ropa y calzado de sus tres hermanos y su abuela.
Al cumplir los 20 años de edad y haberse convertido en madre de dos menores, una amiga la convenció para venir a México a trabajar en algún bar.
“Me dijo que ganaría muy bien, no lo pensé, dejé a mis hijos al cuidado de mi abuela y me vine”, platica mientras se escucha el primer llamado para salir a bailar.
“Fue triste venirme y dejar a mis hijos, pero en Honduras nunca les podría dar lo que ahora tienen. Económicamente están bien, hablo con ellos por teléfono y les digo que en diciembre iré a verlos, les mando lo equivalente a 1,500 lempiras semanales”, dice “Alejandra”. ¿Qué haces en este bar?, le consultó EL HERALDO, a lo que respondió: “Bailo en el tubo, hago acrobacia y acompaño a los clientes. No ofendo a nadie, lo que hago es un trabajo como cualquier otro”.
La charla se interrumpe y “Alejandra” sube a una pequeña pasarela tenuemente iluminada con luces de colores con un tubo cromado en medio.
Con movimientos sexuales baila al ritmo de música de discoteca agarrada del tubo. Recorre la pasarela, mientras los parroquianos la observan con lujuria.
Su rostro luce maquillaje a granel, la música disco concluye y empieza una melodía romántica que “Alejandra” empieza a bailar con movimientos pausados y provocativos.
Algunas de las luces se apagan y la hondureña empieza levemente a despojarse de la diminuta ropa hasta que al concluir la melodía “Alejandra” queda al descubierto.
¿Qué es lo difícil de este trabajo?, se le volvió a preguntar:
“Quitarte la ropa y lidiar con borrachos”. “Alejandra” percibe un sueldo de 300 pesos (unos 430 lempiras) por bailar y desnudarse, además de propinas extra que le dejan los clientes por acompañarlos. Su horario de trabajo inicia a las 8:00 de la noche y concluye a las 3:00 de la madrugada de lunes a sábado.
-¿Te han discriminado por este trabajo? “Sí, claro, nunca falta un pend...”, dice.
“Estoy acá no porque me guste, sino por la necesidad de mantener a mi familia. En Honduras no hay empleo y los pocos que hay no pagan bien”.
“Alejandra” concluye la entrevista intempestivamente porque un cliente ha pedido que lo acompañe.