Tegucigalpa, Honduras.- Usted tiene tres mil contactos y ni una sola persona a quien llamar un mal martes. Léalo otra vez, despacio, porque quizás hable de usted. Su teléfono resplandece con cumpleaños que un algoritmo recordó y con aplausos entregados en diminutos pulgares arriba, y sin embargo, cuando el día se derrumba y el desasosiego aprieta, la lista de contactos parece una guía telefónica de una ciudad que jamás ha visitado. ¿Cómo logramos fabricar una epidemia de aislamiento mientras levantábamos la civilización más conectada de la historia?
En realidad, las cifras se niegan a halagarnos. En 2025, la Organización Mundial de la Salud informó que una de cada seis personas en el mundo padece soledad, un mal vinculado con más de 871,000 muertes al año.
Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió que, en una época de posibilidades infinitas para comunicarse, "cada vez más personas se encuentran aisladas y solitarias". Ni los folletos de la era digital predijeron semejante frase. ¿Se ha sentido usted alguna vez indetificado con esta realidad?
Buena parte del equívoco radica en confundir la conexión con el respaldo. Una conexión es un nombre en una pantalla, mientras que el respaldo es una persona justo a su puerta, disponible para apoyarle. Sherry Turkle, la estudiosa del MIT, resumió nuestro pacto en el título de Alone Together, al preguntarse por qué "esperamos más de la tecnología y menos los unos de los otros".
Cien "me gusta" o "likes" cuestan un latido darlos y otro olvidarlos, en tanto que el amigo que cruza la ciudad a medianoche para auxiliarle en algún imprevisto paga con horas que nadie le reembolsará. El trato digital es un buen aperitivo, pero como comida completa resulta apenas un sucedáneo.
¿Puede acaso un pulgar en alto sostener una mano que tiembla? Usted sabe la respuesta. Y lamentablemente buscamos con mayor ahinco la validación externa en redes sociales que la verdadera conexión humana en la vida real.
No obstante lo anterior, su cuerpo y su propio sentir como humano, entretanto, jamás recibió la actualización. Fue esculpido a lo largo de incontables generaciones en pequeños clanes donde el destierro podía significar la muerte, y por eso interpreta la soledad como una alarma y no como una preferencia. Vivek Murthy, excirujano general de Estados Unidos, no se anda con rodeos y afirma que la soledad "es como el hambre o la sed".
Una pantalla transporta las palabras de un amigo, pero no su calidez, su olor ni la risa compartida, esas señales que un sistema nervioso atávico interpreta como seguridad. Quizás los emojis y los stickers logren vagamente emular eso, pero tal como nadie se alimenta leyendo menús de platillos en un restaurante, ningún humano llena genuinamente su necesidad de conexión real mediante redes sociales.
Y luego, ¿qué hay de la mente social? Robin Dunbar, psicólogo evolucionista, propuso que nuestro cerebro, tan desmesurado, creció en buena parte para administrar relaciones, y calculó que solo podemos sostener unos 150 vínculos significativos.
Los seguidores por millares no estiran ese techo, apenas lo desdibujan o hasta oscurecen al abaratar el valor de lo real por el brillo de la vitualidad superficial. John Cacioppo, quien dedicó décadas a estudiar el aislamiento, halló que la mente solitaria se vuelve vigilante ante cualquier amenaza social, de modo que tender la mano parece más arriesgado justo cuando más falta hace. Es un efecto concatenante... el órgano concebido para la compañía termina convertido en su propio carcelero.
Muchas familias latinas todavía custodian un lenitivo que envidiarían los sociólogos. En Honduras y en toda la región, el vecino que pasa a saludar se queda a tomar café sin necesidad de invitación, y la sobremesa alarga el almuerzo hasta la tarde mientras los platos esperan.
Las abuelas en el corredor, las pulperías de la esquina donde circulan por igual las noticias y el fiado, la plaza un domingo por la noche, todo ello trata la compañía ociosa como infraestructura cotidiana y no como tiempo perdido. Estas costumbres también se desgastan entre nosotros, pero demuestran que una cultura puede construir la pertenencia deliberadamente.
Por eso, esta noche, antes de que su pulgar emprenda otra vez la ruta de siempre entre esos tres mil rostros o ese scroll infinito en TikTok, haga algo que es casi subversivo de tan sencillo... escoja un nombre, uno solo, de esos que aún le calientan el pecho. Pulse el botón verde y deje que el timbre cumpla su oficio antiguo.
Puede que la voz del otro lado tarde un segundo en reconocerlo, hasta puede que confiese que justo pensaba en usted. Ese pequeño sobresalto de dos personas que se encuentran, sin algoritmo de por medio, pesa más que todas las notificaciones del año. Al fin y al cabo, nadie ha recibido jamás una sopa caliente de manos de un algoritmo o un nombre de usuario. Los malos martes rara vez los cura un público... los cura un testigo.
La validación digital
Para Emerzon Castillo, psicólogo, cuando la percepción del propio valor comienza a depender de los “me gusta”, comentarios, seguidores o respuestas en redes sociales, la validación externa puede llegar a ocupar un lugar desproporcionado en la autoestima.