Tegucigalpa, Honduras.- Nadie jamás renunció a un trabajo porque la gente reía demasiado. Lo contrario, en cambio, ocurre con una regularidad que debería hacernos reflexionar.
El humor en el trabajo es de esas cosas que todos valoran en privado y subestiman en público, tratado como un lujo cuando es, en verdad, algo más cercano al oxígeno, no del tipo que llena una sala de ruido, sino el humor preciso que le recuerda a un cuarto lleno de gente agobiada que son, contra toda evidencia del lunes por la mañana, todavía humanos.
Los investigadores y psicólogos organizacionales llevan décadas rondando esta verdad. Robert Provine, neurocientífico que dedicó años al estudio de la carcajada, observó que reír es ante todo un fenómeno social, que ocurre unas treinta veces más en compañía que en soledad. Ese dato, por sí solo, debería hacer reflexionar a cualquier gerente.
El humor, claro está, no es una cosa uniforme. Existe el ingenio que desarma una reunión difícil sin humillar a nadie, y luego está el sarcasmo que se disfraza de camaradería mientras corroe la confianza con sigilo.
Jennifer Aaker, profesora de la Escuela de Negocios de Stanford y coautora de Humor, Seriously, lo dice sin rodeos. "Los líderes que usan el humor son percibidos como más competentes, más seguros y más auténticos".
La distinción que traza es, no obstante, cardinal. El humor que incluye eleva, mientras que el que excluye rebaja. Uno agranda el círculo. El otro lo redibuja para dejar a alguien afuera. Por supuesto, el humor sano es el que se enmarca en el respeto. Si algo solo causa risa a unos en detrimento de la dignidad de otros, es absolutamente inapropiado.
Piense en la cultura de una empresa como en un ecosistema vivo. El humor es uno de sus organismos más frágiles, imposible de fabricar, imponer o agendar en una "hora divertida" del jueves por la tarde.
Cuando las organizaciones confunden la alegría obligatoria con la ligereza genuina producen algo que se parece menos a una cultura y más a un parque de atracciones que nadie pidió visitar.
El humor es algo profundamente físico y espontáneo que prospera en el ritmo, en la mirada, en la sonrisa involuntaria que asoma antes de que llegue el remate. A través de una pantalla, gran parte de esa textura se pierde entre conexiones tardías y micrófonos silenciados. Aun así, algunos equipos logran preservar la calidez a través del mundo digital.
El secreto, según el psicólogo organizacional Adam Grant, no está en fabricar diversión sino en el permiso tácito que se otorga. Asegura: "Los mejores equipos se divierten más porque han construido mayor confianza".
La relación entre el humor y el liderazgo es donde las cosas se vuelven verdaderamente apasionantes. Los dirigentes más preclaros de la historia (Lincoln, Churchill, incluso el parco Mandela) eran conocidos por usar la levedad como instrumento de precisión y no como velo para la gravedad sino como complemento de ella.
Churchill afirmó una vez, con su acidez característica,"un chiste es algo muy serio". Comprendía que la risa podía estabilizar una sala que el miedo había sacudido y humanizar una decisión que la jerarquía había vuelto distante.
El líder que ríe, y más aún el que puede reírse de sí mismo, emite una señal que no admite falsificación... "soy lo suficientemente sólido como para no necesitar su reverencia".
Así que no olvide que ese momento de risa compartida no es un desvío del trabajo. Es, en el sentido más nítido, parte constitutiva de él, ese pequeño recordatorio irreemplazable de que detrás de cada punto del orden del día, cada plazo y cada métrica de desempeño, hay seres humanos que todavía encuentran cosas graciosas.
Y en una oficina que no olvida eso, la gente suele quedarse un poco más, comprometerse un poco más y, curiosamente, producir un trabajo bastante mejor. La pregunta que queda flotando, claro, es cuántas oficinas de verdad lo recuerdan.