Paternidad transaccional: ¿Considera que sus hijos le deben algo?

Sobre el sublime privilegio de ser padre o madre, el sentido verdadero del amor, y la deuda generacional que debemos pagar hacia adelante, jamás hacia atrás

  • Actualizado: 25 de febrero de 2026 a las 14:56
Paternidad transaccional: ¿Considera que sus hijos le deben algo?

Tegucigalpa, Honduras.- En este preciso momento, hay una conversación que ocurre en millones de hogares a la vez, en cocinas ruidosas, en discusiones murmuradas a medianoche, en las miradas largas y cargadas que cruzan padres que se sienten ignorados e hijos adultos que se sienten incomprendidos.

Es una conversación sobre deudas, sobre quién debe qué a quién y desde cuándo. Pero existe una verdad que muy pocos se atreven a pronunciar con claridad y sin rodeos, y es que ningún hijo pidió nacer... La decisión de traer una vida a este mundo recae entera y exclusivamente en los padres, y con ese privilegio extraordinario llega una responsabilidad tan honda, tan irrenunciable, que todo lo demás en el discurso familiar debería emanar de ella.

Si usted es padre o madre, no es el acreedor en este trato. Es, hermosa e irreversiblemente, quien eligió dar. Y el amor verdadero, el amor que merece llamarse así, no lleva contabilidad... es incondicional.

Una sociedad que cría a sus hijos para que sientan que adeudan algo que jamás consintieron en deber, es una sociedad que se perpetúa a sí misma produciendo adultos ansiosos, resentidos y emocionalmente limitados, quienes a su vez se convierten en la siguiente generación de padres, repitiendo el ciclo con las únicas herramientas que alguna vez conocieron.

Décadas de psicología del desarrollo han dejado muy poco margen a la ambigüedad en este asunto. John Bowlby, el psiquiatra británico cuya trilogía El Apego y la Pérdida transformó para siempre nuestra comprensión del vínculo entre padres e hijos, demostró que los niños llegan al mundo biológicamente dispuestos a buscar cercanía y cobijo en sus cuidadores.

Cuando los padres responden con calidez y constancia, los hijos desarrollan lo que Bowlby denominó un apego seguro, es decir, esa convicción íntima y fértil de que el mundo es un lugar navegable y de que ellos mismos son dignos de ser amados y así, crecen con cero egocentrismo y una robusta autoestima. Cuando el amor paternal se supedita al rendimiento y la obediencia o se administra con cuentagotas según el humor del día, el daño no es solo emocional sino neurológico.

Juegue con su hijo... y cambiará su vida para siempre

El psicólogo humanista Carl Rogers articuló esto con meridiana lucidez a través de su concepto de Consideración Positiva Incondicional, la idea de que un hijo debe ser valorado y aceptado en todo momento sin que su amor propio quede a merced del estado de ánimo paterno.

Investigaciones publicadas a través de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos corroboran la teoría de Rogers de manera contundente, pues se constató que los niños criados bajo lo que los especialistas llaman "Consideración Condicional", es decir, aquellos a quienes el amor y la aprobación se ofrecen o retiran según su grado de obediencia, exhiben tasas significativamente más altas de ansiedad, depresión, desregulación emocional y resentimiento hacia sus progenitores.

La ironía es devastadora y merece subrayarse, pues el padre que administra el cariño como premio termina siendo el que más difícilmente lo recibe de vuelta. El amor exigido se marchita. El amor dado con generosidad, en cambio, suele encontrar su camino de regreso sin pedirlo, sin exigirlo.

No obstante lo anterior, persiste en buena parte de América Latina, y con especial tenacidad en países como el nuestro, una concepción del todo invertida de este pacto. En comunidades donde la pobreza es crónica y los sistemas formales de protección social son frágiles o inexistentes, la lógica de la procreación ha sido tergiversada hasta volverse casi transaccional y se tienen hijos en abundancia para que, llegada la vejez, alguno de ellos se encargue de proveer.

Los hijos se convierten, bajo este esquema, en una estrategia de retiro, un plan de jubilación. Y esta triste tragedia no es únicamente moral, sino social, generacional y sistémica. Quien crece sintiéndose deudor de lo que nunca pidió, difícilmente aprende a dar sin cobrar. Y de ese déficit emocional nacen las siguientes generaciones, tan limitadas como sus maestros.


La Federación Internacional de Desarrollo Familiar de las Naciones Unidas señala en sus investigaciones sobre crianza positiva que el legado más perdurable que un padre puede dejar no es de orden material sino emocional, modelando ante los hijos, a través del ejemplo cotidiano, la forma de amar bien, de establecer límites con gentileza y de reparar los vínculos después de una ruptura.

El ciclo no se rompe solo. Ningún modelo familiar edificado sobre la obligación en lugar del amor ha producido jamás la resiliencia que una sociedad necesita para salir del subdesarrollo... y Honduras es, en ese sentido, un testimonio doloroso y elocuente. La alarmante falta de inteligencia emocional solo se perpetúa.

Ser padre o madre es aceptar, con los ojos abiertos y en pleno ejercicio de la voluntad, una asimetría permanente. Usted da primero, de forma abierta y sin condiciones. Educa a su hijo no para que le necesite eternamente, sino para que llegue a ser un ser humano plenamente emancipado, capaz, dueño de su propio discernimiento y de su propia vida.

Sus hijos tendrán algún día sus propios hijos. Lo que aprendieron en su hogar, la temperatura del amor, la manera de resolver los conflictos, la ingeniería del respeto mutuo, se convertirá en el molde de la siguiente generación. Esta es la herencia más trascendente que existe, y su cultivo exige una atención que no admite negligencia.

Conviene también nombrar una disfunción más silenciosa, más sutil, pero igualmente corrosiva. Existe el progenitor que no llama, que no busca, que no tiende puentes disque por "no molestar", y que sin embargo, cuando finalmente lo hace, se lamenta de que sus hijos adultos solo muestran interés cuando él toma la iniciativa. Eso no es un problema de crianza sino un serio problema de comunicación disfrazado de victimismo.

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Si usted anhela mayor cercanía con sus hijos ya crecidos, lo magnánimo y lo honesto es decirlo directamente, sin teatralidad, sin la arquitectura pasiva de la culpa. La inteligencia emocional no es un don innato sino una destreza que se aprende, y su primer requisito es la disposición a expresar las propias necesidades con claridad y franqueza, en lugar de ingeniárselas a través del reproche pasivo-agresivo.

El antiquísimo y todavía luminoso mandato de "honra a tu padre y a tu madre" sigue siendo sabio y pertinente, por supuesto. Pero ese precepto da por sentado que ya el padre y la madre honraron y amaron primero. La honra se recibe con mayor naturalidad allí donde el amor fue entregado con mayor generosidad.

Los hijos que se saben amados sin condiciones tienden a visitar no por cumplir... sino por querer. Llaman porque desean escuchar la voz de sus padres. Cuidan a sus mayores en la vejez, no porque calculen una deuda que deben pagar, sino porque el amor recibido en su infancia no les dejó otro vocabulario. Así funciona el interés compuesto de la inversión emocional, de forma silenciosa, sin prisa, y a fin de cuentas, más sostenible que cualquier pacto fundado únicamente en el deber.

Las sociedades no evolucionan por los decretos de los gobiernos ni por las proclamas de las instituciones, sino a través de las diez mil decisiones íntimas que se toman a puerta cerrada, entre personas que están criando a otras personas.

Cada padre o madre que elige, de manera consciente e imperfecta y día tras día, amar sin condiciones, educar hijos capaces de partir y por eso mismo capaces de regresar de verdad, y edificar una vida que no dependa de sus vástagos para encontrar su sentido, ese padre, esa madre, está haciendo algo calladamente revolucionario.

Está rompiendo una cadena. Está sembrando un bosque que quizás no llegue a ver en toda su frondosidad. Y sus hijos, esos seres libres, resilientes y emocionalmente íntegros que crecieron descansando en el amor en lugar de trabajar para merecerlo, se sentarán algún día frente a sus propios hijos y les ofrecerán el mismo obsequio, sin prisa y sin factura... no porque estuvieran obligados a hacerlo, sino porque es lo único que siempre conocieron.

Sin cadenas

La neuroplasticidad del cerebro, esa prodigiosa capacidad que tiene de reconfigurarse a través de la práctica consciente y la experiencia renovada, nos ofrece la certeza alentadora de que ningún patrón, por hondo que esté arraigado, es inmutable.

El progenitor que decide, incluso tarde en la vida, pasar de una postura de exigencia a una de generosidad incondicional, notará que la relación empieza a respirar de otro modo. El resentimiento, ese agente corrosivo de largo plazo que socava los vínculos familiares, pierde su sustento, se disipa.

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Lourdes Alvarado
Lourdes Alvarado
Periodista

Licenciada en Periodismo por la UNAH. Content creator, proofreading, desarrollo en medios digitales, visuales e impresos.

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