Sucesos

Me lo derribaron por la espalda; lo mataron por soberbia

Ebed Jasiel Yánez Cáceres, de 15 años, fue asesinado por miembros de las Fuerzas Armadas de Honduras y hoy su familia se une a la lista de personas que piden justicia.

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29.04.2013

La mañana era gris. Era solo el presagio que la oscuridad del luto invadiría su vida. Se acababa de enterar de la peor noticia: su hijo había escapado de casa en una motocicleta y probablemente estaba muerto.

Un “gracias por abrir las puertas de su casa” dio paso a la entrevista con la que se intentaba conocer una milésima del dolor de un padre que pierde a su hijo.

En la sala, un cuadro muestra la fotografía de un joven apuesto, de piel clara y ojos verde esmeralda.

En el ala derecha de la sala, sobre uno sofá rojo púrpura, permanecen unas pancartas con la misma fotografía que cuelga en el cuadro y con un lema “Ebed Yánez, Justicia Para Todos”.

Se trata de la casa de la familia Yánez Cáceres, quienes forman parte de la interminable lista de parientes que han tenido que llorar la pérdida de un ser querido, en esta ocasión no por la violencia, sino por la irresponsabilidad de un grupo del cuerpo armado militar.

Sentado en la sala de su casa, don Wilfredo Yánez, de 57 años, recuerda aquel trágico 27 de mayo de 2012, cuando su hijo fue atacado por militares.

Ese terrible domingo su hijo Ebed Yánez, de 15 años, no había bajado como de costumbre a lavar el vehículo de su madre en el que asistirían a la iglesia cristiana evangélica.

Para don Wilfredo era casi imposible imaginarse lo que le había sucedido, en su mente solo se figuró la idea de que Ebed había tenido un accidente al escaparse de casa a mitad de la noche.

Sin saber qué había sucedido, don Wilfredo, su hija y su esposa Berlin Cáceres, de 42 años, profesora universitaria, decidieron salir a buscarlo.

El guardia de seguridad de la colonia les confirmó que Ebed había salido después de medianoche y que no había regresado.

Trágica muerte

Ebed había sostenido a medianoche una conversación en su BlackBerry con una chica que conoció en Facebook, su deseo era conocerla y, según él lo haría al solo esperar que sus padres se durmieran.

A las 12:05 de la noche, Ebed salió de su casa a buscar a la joven que alborotaba su etapa de adolescente.

Según la dirección que ella le había dado, vivía en una zona cercana a Residencial Plaza.

Durante 40 minutos Ebed buscó a la joven, sin embargo la poca destreza que tenía para encontrar direcciones le impidió dar con ella.

Después de tanta búsqueda, Ebed le envió un último mensaje a la chica en el cual le dijo “a saber en qué hoyo vivís, mejor me voy antes de que me agarren los chepos”.

“Chepos” fue la última palabra que Ebed utilizó y 15 minutos más tarde fue atacado por una patrulla con siete militares.

Los miembros del cuerpo armado realizaban un operativo en la zona conocida como Villa Vieja, salida al oriente de Tegucigalpa.

Al pasar el retén, los militares encapuchados le indicaron a Ebed una parada, sin embargo, no hubo detención de su parte.

Minutos antes, este grupo militar había escuchado el llamado de alerta de otro operativo cercano a ese sector, en el que se denunciaba que un motociclista había disparado en contra de ellos.

Con esta denuncia y con la decisión de Ebed de no atender la parada, lo militares lo persiguieron durante casi un kilómetro, disparándole unas 26 veces.

En la angustia por huir de sus atacantes, Ebed se desvió por una calle que estaba a pocas cuadras de la residencial donde vivía.

En ese lugar, entre la 1:20 o 1:30 de la madrugada los militares le dispararon desde el vehículo y le infirieron tres disparos, dos en su espalda y uno en la parte trasera de la nuca, que fue el que le dio muerte.

Un joven de principios

Era la primera vez que Ebed salía de su casa sin su familia. Incluso, cuando asistía a sus clases de Taekwondo, su hermana mayor le esperaba afuera.

“Fue una situación sorprendente, porque el niño no era vago, no era un niño que salía de la casa sin pedir permiso, él no era un niño que salía a la calle a un centro comercial a los cines, eso nunca lo hizo solo”, relató don Wilfredo.

“Yo hice mucho énfasis en él en el peligro que hoy en día no solo viven las mujeres ni los niños ni los jóvenes, sino que es parejo”, recordó.

Hasta las 9:00 de la noche de ese amargo domingo la familia Yánez Cáceres pudo dar con el paradero de su hijo.

“Llegamos a homicidios (departamento de la Dirección Nacional de Investigación Criminal) pregunté por los levantamientos que habían realizado, ahí me doy cuenta que hubo tres muertos por este sector”

“Uno enfrente de Villas del Sol, más adelante en Villa Nueva, una muchacha, y en Villa Vieja hubo un levantamiento de una persona desconocida, de piel clara, una edad aproximada entre 20 y 25 años pregunte: de casualidad este levantamiento lo hicieron con una motocicleta, sí me dijo”, recordó Wilfredo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

Al conocer esta situación, Wifredo pidió a las autoridades poder ver la motocicleta, aún con la esperanza de que no fuera su hijo. “Cuando me dijeron, sí, dije yo él es, pero yo no quería creer porque son momentos bien difíciles. A la motocicleta le había cambiado los manubrios, era diferente a las otras y con facilidad se identificaba”, comentó Wilfredo.

“Me llevaron a un parqueo donde habían 20 a 25 motocicletas y desde que le tiro la vistada a las motocicletas veo los manubrios. Estoy a la par de la motocicleta y yo no quería creer”, dijo con una voz quebrada por el dolor de recordar la muerte de su hijo.

No será una estadística

A partir de ese día, la vida de la familia Yánez Cáceres dio un giro de 180 grados, en especial la de don Wilfredo, que desde el asesinato de su hijo se ha dedicado a exigir justicia para su hijo.

“No me pongo del lado de él, solo trato de ponerme en los zapatos y en la cabeza de un adolescente, que nunca ha salido, anda a espaldas de sus padres, con la motocicleta de su padre, sin permiso”, explicó.

“Aparte de ello, le están invitando a que se pare en una zona poco iluminada, militares totalmente vestidos con uniformes moteados y sus cabezas totalmente tapadas, incluso un adulto teme pararse en una situación como esa”, criticó.

Don Wilfredo prometió en la tumba de su hijo que su muerte no quedaría impune y que no sería una estadística más en el país.

“Me lo derribaron totalmente por la espalda, lo mataron por soberbia, porque me parece que pensaron, cómo es posible que este chigüín, que este cipote se nos vaya, todo lo que estoy haciendo es para hacer justicia”, manifestó.

“Mi hijo cometió dos errores de obediencia o de desobediencia que le costaron la muerte, aunado a la soberbia de los militares y la irresponsabilidad del presidente del Congreso Nacional y del Presidente de la República que aprobaron una reforma para que hicieran algo para lo que no estaban preparados”, señaló.

El dolor persiste

La justicia para esta familia ha sido tardía. Las falencias de los entes de investigación y la corrupción que existe en ellos ha impedido que los culpables del asesinato paguen una pena.

“Me limito a reaccionar a la impotencia que me genera la muerte de mi hijo, luchar contra la injusticia es una labor social, no puedo tolerar que se violen los derechos de nadie, menos aún el derecho de mi familia a la vida”, dijo.

“Es un trago que mi esposa no pasa, ella sigue padeciendo, puedo estar seguro que tienen la razón, es una mamá, lo único que hace el hombre es poner una célula y todo lo demás lo hace la mamá, lo gesta en su vientre, lo pare y luego esa atención, el cuido, en fin tantas cosas que hay que hacer por un hijo”, expresó.