Tegucigalpa, Honduras.- El filólogo e investigador, Atanasio Herranz, llegó a Honduras en 1973 con la intención de permanecer apenas dos años. Sin embargo, el encuentro con una variedad del español distinta a la que conocía despertó su interés y terminó marcando su trayectoria académica.
Doctor en Filología Románica, dedicó buena parte de su vida al estudio del español en Honduras y convirtió al país en uno de los principales escenarios de sus investigaciones.
Más de cinco décadas después de aquella primera llegada, regresa cada año a Honduras para presentar libros, reencontrarse con amigos y continuar sus investigaciones. En esta conversación con Tic Tac, recuerda su infancia en el bello pueblo de Campillo de Dueñas, España, donde realizó sus primeros pasos en la Filología y sus experiencias que encontró al llegar a Honduras. También habla de las palabras, expresiones del español hondureño que, con el paso de los años, se convirtieron en parte de su vocabulario.
¿Quién es Atanasio Herranz?
Soy doctor en Filología Románica y todo mi trabajo de investigación lo he hecho en Honduras. Llegué a este país en 1973, a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), cuando el rector era “Chilo” Zelaya. Solo venía por dos años, pero me quedé 38 años en Honduras.
Al final se quedó casi cuatro décadas. ¿Qué le llamó la atención de Honduras para quedarse más de 30 años?
En ese momento tenía la licenciatura en Filología Románica y quería salir un poco de España. Ya había aprobado las oposiciones para profesor de institutos, pero en aquel momento estaba un poco harto de España. Era la época del franquismo, que no era fácil para los estudiantes y menos para las universidades.
Entre varias universidades se mandaron informes con las notas y el título que teníamos, y nos llamaron de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Venimos cinco españoles, pero yo inicialmente venía por dos años; sin embargo, por ciertas circunstancias, me quedé más de 30 años.
Cuando era niño, ¿cuál era su sueño? ¿Ya pensaba estudiar lo que Filología?
Soy de un pueblo llamado Campillo de Dueñas, un pueblo relativamente pequeño, y éramos siete hermanos. Mi padre trabajaba la tierra, tenía ovejas, vacas, cabras; de todo había en la casa. Lo único que sí tenía muy claro era que teníamos que estudiar. Sobre todo los tres últimos hijos, porque el mayor ya llevaba todo lo de la familia.
Yo me fui del pueblo, donde solo había primaria. Tuve que ir a un colegio en Sigüenza, que era ya una zona donde había educación secundaria. Desde ahí empecé y luego me fui a Madrid. En Madrid hice mi carrera; estudié en la Universidad Complutense de Madrid la licenciatura y luego hice el doctorado también en la misma universidad.
Cuando uno es niño hay cosas que no le gustan y otras que le encantan. ¿Qué asignatura no le gustaba?
Las matemáticas, fue terrible. En lo demás sacaba notas bastante buenas, pero las matemáticas siempre fueron una tortura. Hasta que hice Magisterio para entrar a dar clases y luego llegué a la universidad. Entonces las matemáticas eran una tortura, pero yo creo que lo que tuve fueron malos profesores.
Cuando estudié para maestro, las matemáticas se me dieron bien. No es que fuera un gran matemático, pero había profesores de matemáticas que llenaban la pizarra con el proceso y no te explicaban paso a paso lo que tenías que hacer. Ahí saqué buena nota, después de ser un desastre en el bachillerato con las matemáticas.
¿Desde pequeño ya sabía que quería estudiar Filología?
No, eso fue cuando tenía 17 o 19 años; ahí fue cuando decidí qué carrera quería estudiar en la universidad.
¿Y sus padres eran rigurosos con usted?
No, no eran rigurosos. Éramos siete y eso es una familia bastante grande. Yo era el penúltimo, así que menos caso me hacían a mí. Solo te pedían que estudiaras, pero luego, en verano, tenías que hacer los trabajos del campo como uno más.
Era un pueblo pequeño, pero en ese momento éramos muchos los muchachos que íbamos. Siempre lo pasé bien, no tuve ningún problema. Lo del colegio era diferente porque estaba lejos, era como un internado y luego, durante las vacaciones, regresaba al pueblo.
¿Qué fue lo que finalmente lo llevó a decidirse por una carrera y por la investigación?
Uno tarda en decidirse, al menos yo lo pienso mucho, en qué iba a hacer, qué iba a estudiar y por qué. Porque si tú eliges una carrera por dinero, pero no te gusta, vas a ser un fracaso. Lo que a mí me gustaba era lo que hice.
¿Qué fue lo primero que escuchó mencionar de Honduras?
Hasta que me vine, había muy poca información. Incluso la Embajada de Honduras en España era muy pequeña; había dos personas y entonces no sabía mucho de Honduras, la verdad.
Pero mira cómo es la vida, venirme a Honduras, por ejemplo, si yo me hubiera quedado en España solo en un instituto, sería lo que han hecho mis compañeros: dar clases y dar clases y clases, pero nunca han investigado, nunca han publicado ningún libro.
Yo, en eso, debo agradecer el haber venido a Honduras porque he conocido otra lengua, otras variantes y otras lenguas indígenas. Me ha abierto totalmente algo que no hubiera tenido si me hubiera quedado en España.
Cuando usted llegó, se creó la carrera de Letras y Literatura de la UNAH en 1978. ¿Cuáles fueron sus aportes?
Crear una carrera es algo que le ha faltado a esta universidad, ya que tardan mucho en crearse. Por ejemplo, no hay Ingeniería de Minas y Honduras es minero desde que llegaron los españoles, pero no verás una carrera. Antropología ya la han creado, pero Arqueología, por ejemplo, que tenemos, no la tenemos como carrera. Hay un montón de carreras que hacen falta.
Cuando usted vino, ¿vio esa necesidad de crear una carrera de Letras?
Por eso fui la base para crearla y, es más, cuando vine a ser jefe del departamento, con Jorge Arturo Reina, lo primero que le pedí es que teníamos que montar la carrera.
La montamos en dos vertientes: Lingüística, que casi no tenía profesores ni nada, y Literatura. Pero ya sabe que en Honduras todo el mundo se cree poeta y todo el mundo iba a Literatura. Lógicamente, en la otra materia, que era Lingüística, nadie venía. Pero al final fuimos convenciendo a los alumnos para que ingresaran y así se equilibró. Es más, ahora tenemos más alumnos para Lingüística que para Literatura.
¿Qué debilidades sintió en Honduras, por ejemplo, en cuanto a investigar más sobre la lengua?
Cuando llegué, se había investigado muy poco. El gran antecedente era Alberto Membreño, que hizo un trabajo muy importante, especialmente sobre toponimia. El último diccionario hondureño de aquella época se había publicado en 1921.
Después tuve la oportunidad de coordinar el Diccionario de americanismos y ahora espero poder publicar un Diccionario del español de Honduras en dos volúmenes. Ese es uno de los trabajos que todavía tengo pendientes.
Cuando llegó a Honduras, ¿qué fue lo primero que le llamó la atención del español que se habla aquí?
Yo llegué el 13 de enero de 1973 y una de las primeras palabras que escuché fue “cipote”. Para mí fue una sorpresa, porque en España “cipote” es una palabra vulgar que se refiere al órgano sexual masculino. Entonces pensé: “¿Qué clase de país es este?”.
Después fui descubriendo que las palabras podían tener significados completamente diferentes según el país.
¿Tuvo alguna otra experiencia que le hiciera darse cuenta de esas diferencias?
Sí, una vez, caminando por la calle, pisé accidentalmente el pie de una señora. Yo le dije: “La pisé”. Y ella me respondió: “Degenerado, eso es lo que usted quisiera”.
Entonces comprendí que había una diferencia: en Honduras se utiliza “machucar” para referirse a pisar a alguien accidentalmente. Para mí fue una experiencia muy interesante, porque me hizo comprender que no podía utilizar el español de España como si fuera exactamente igual en Honduras.
A partir de entonces decidí aprender profundamente el español hondureño, no solamente para comunicarme, sino para comprender cómo se hablaba realmente en el país.
¿Ese interés por el español hondureño lo llevó también a investigar las lenguas indígenas?
Sí, en una ocasión participé en un congreso universitario y allí conocí información sobre la lengua lenca, y eso despertó mucho mi interés. Durante unos diez años estuve recorriendo diferentes lugares del occidente y el centro de Honduras buscando personas que todavía hablaran lenca.
A lo largo de su trayectoria ha recibido varios reconocimientos. ¿Qué significan para usted?
La lista de reconocimientos es bastante larga. Estoy muy agradecido con la Universidad Nacional Autónoma de Honduras porque siempre me ha apoyado en mi trabajo.
En una ocasión tuve un año sabático que aproveché para realizar el Diccionario de nahualtismos de uso en Honduras. También soy miembro de la Academia Hondureña de la Lengua y he recibido diferentes reconocimientos, entre ellos el Laurel de Oro.
Pero los premios no son lo más importante para mí. Lo importante es el trabajo que uno realiza y lo que deja como resultado.
¿Qué filosofía ha tratado de transmitirles a sus estudiantes?
Hay que respetar a todo el mundo, independientemente de sus creencias o de su manera de pensar. No hay que envidiar a los demás.
Si alguien es mejor que uno en determinada cosa, hay que reconocerlo y ayudarlo. No hay que tratar de impedir que otra persona avance.
A veces utilizo el ejemplo de los cangrejos: cuando están en un recipiente y uno intenta salir, los otros lo jalan para que no pueda escapar. Creo que en Honduras a veces hacemos eso: en lugar de ayudar a una persona a subir, tratamos de bajarla.
¿Qué pasó con su vida familiar después de tantos años en Honduras?
Me casé y después me divorcié. Tengo un hijo y una hija. Mi hija, Laura Herranz, trabaja en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.
Yo regreso a Honduras todos los años y normalmente vengo por dos o tres meses, me quedo con mi hija, presento libros, me reúno con amigos y aprovecho para continuar algunas investigaciones.
¿Qué hace cuando tiene tiempo libre?
Me gusta mucho la literatura, las novelas y la poesía. Siempre tengo algún libro entre las manos. Leo literatura mexicana, española y estadounidense. Me gusta mucho Elvira Lindo y su personaje Manolito Gafotas. También leo diferentes autores y trato de estar al tanto de la literatura contemporánea.
Usted también trabajó en EL HERALDO, ¿Cómo comenzó fue su experiencia en este rotativo?
Yo impartía las clases de Sintaxis I y Sintaxis II para estudiantes de Periodismo. Después tuve la oportunidad de trabajar en EL HERALDO, cuando todavía se trabajaba con el periódico impreso. En aquel momento hubo una renovación del diseño del periódico y participaron personas españolas. Yo encontré bastantes problemas de ortografía y de redacción, y por eso se decidió trabajar con estudiantes avanzados de la carrera.
¿Cómo fue esa experiencia dentro del periódico?
Seleccioné a tres estudiantes que estaban en los últimos años de la carrera. Trabajábamos directamente con el periódico.
Los viernes se preparaba una sección de cuatro páginas en la que participaban Roberto Castillo, Augusto Serrano y yo. Cada uno trabajaba en diferentes temas: Roberto Castillo estaba relacionado con la literatura, Augusto Serrano con la filosofía y yo con la lingüística.
Íbamos antes de que el periódico saliera publicado para hacer una revisión final. Yo prestaba especial atención a los titulares y subtítulos porque allí también pueden cometerse errores. Era un trabajo interesante porque permitía aplicar la lingüística directamente al periodismo. Estuve alrededor de diez años.
Después de tantos años dedicados a la investigación, ¿qué le queda por descubrir?
Siempre queda algo por descubrir. Una lengua nunca está completamente terminada. Cambia todos los días. Aparecen palabras nuevas, otras desaparecen, algunas cambian de significado y otras pasan de una generación a otra. Por eso el trabajo del investigador nunca termina.
¿Qué mensaje les dejaría a los jóvenes hondureños?
Que estudien, que investiguen y que no tengan miedo de hacer preguntas. Los jóvenes tienen una gran capacidad para crear y para cambiar la lengua. Lo importante es observar esos cambios y tratar de comprenderlos. También les diría que no deben despreciar su manera de hablar. El español de Honduras tiene riqueza y características propias que deben ser estudiadas y valoradas.