Columnistas

Historia de nuestra lengua

El título de este artículo puede ser engañoso, porque quizá usted se acercó a él pensando que le hablaría de tiempos remotos, de cómo del latín se desprendió el romance ibérico, de los siglos en los que el español comenzó a definirse y cómo se expandió por el mundo, pero no, hoy de lo que quiero hablar es de nuestra lengua, del español de Honduras.

El español en Honduras primero se impuso con una fuerza colonizadora, y en un momento significó para muchas personas la pérdida de la lengua propia o por lo menos la de sus antepasados. Pero la resistencia lingüística es la que provocó que aquella lengua imperial se mezclara con las lenguas y culturas vernáculas, a partir de allí se configuró una forma especial del español.

Ya una vez instalado el español como lengua nacional, hay que considerar que Honduras siempre fue periferia política y cultural, y por lo tanto, la educación nos llegó tarde, a medias y de manera excluyente, lo que provocó que en la población en general no se instalara una norma culta; lo que se desarrolló fue un español marginal, rural, arcaico, y lastimosamente estigmatizado.

Y es justo en este punto en el que comienza la historia del español de Honduras. El español de la mayoría de nuestras mamás, papás, abuelos y abuelas estuvo siempre lleno de «incorrecciones» desde el punto de vista de la norma culta. Se reflejaba sobre todo en el uso de algunas palabras y en la pronunciación de otras.

Los primeros estudios fonéticos (de pronunciación de sonidos) y léxicos recogen palabras y formas de palabras que durante muchos años han sido estigmatizadas, lo que ha provocado vergüenza en muchos de los hablantes al momento de usar esas palabras o de ejecutar esas pronunciaciones. Esas formas de hablar han constituido una parte fundamental de la identidad nacional, pero lastimosamente siempre han sido menospreciadas.

De la compilación hecha por Atanasio Herranz de los estudios del español de Honduras entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX, titulada “El español de Honduras a través de su bibliografía” surgen palabras como: “dispertar”, “erritado”, “muchila”, “culumpio”, “fósfero”, “cuete”, “desatornillador”, “cirgüela”, “sandiya”, “delantar”, “arquiler”, “actoridad”, “naide”, “pais”, “reló”, entre otras muchas más. Sí, estas palabras “mal pronunciadas” son parte fundamental de la historia del español de Honduras.

¿Hemos marginado nuestra forma de hablar? La respuesta a esta pregunta hay que tomarla con pinzas, ya que efectivamente, ha habido una severa estigmatización sobre nuestro español y precisamente sobre el español rural y de nuestros antepasados, sin embargo, se espera de una sociedad que sus hablantes sean capaces de, por ejemplo, acceder al conocimiento científico, lo que les exige comprender y ejecutar una norma culta.

Ya he hablado en otros momentos de que la verdadera habilidad de un hablante no radica nada más en dominar una norma culta, sino que debe ser capaz de moverse entre los diferentes estadios lingüísticos a los que se enfrenta, lo más importante: sin juicios contra las formas que son variantes de la norma que propone la gramática.

Y hay normas que siguen apareciendo en distintos ambientes del hondureño, y si acaso uno de ellos tiene que ver con la marginalidad, se suele ver con desprecio y se estigmatiza. Sin duda, el prestigio de una forma lingüística está íntimamente ligado a unas condiciones sociales de los hablantes. Particularmente, considero que la lengua es demasiado noble, y que en ella no hay espacio para petulancias y pretensiones, por lo que no caben las actitudes discriminatorias a causa de una forma lingüística