La cercanía de Janet Gold

Cuando Janet Gold llegó a Honduras en 1971, difícilmente pudo imaginar que aquel viaje marcaría el inicio de un vínculo profundo y duradero con el país, ni que, con el paso de los años, este se convertiría en el eje central de buena parte de su obra

  • Actualizado: 13 de febrero de 2026 a las 18:31
La cercanía de Janet Gold

Auckland, Nueva Zelanda.- No sé si Janet Gold conozca la canción de Warren Zevon “Lawyers, Guns and Money”, en la que un gringo, atrapado en las Honduras, le pide a su papá que le envíe “abogados, armas y dinero”; el hijo y el país mismo están hasta el cuello. Puede ser la Honduras bananera o la militarizada, es decir, la Honduras ocupada política, económica y militarmente por el país del que provienen Janet Gold y Warren Zevon.

Janet Gold: El viaje que la unió a Honduras

Y es la Honduras que encontró Gold en su primera visita a Tegucigalpa en 1971, como profesora de primaria, y la misma que la esperaba en su segundo viaje, en 1988, como investigadora académica.

Pero Zevon nunca estuvo en Honduras. Gold, por su parte, no ha dejado de estar desde aquella primera aventura juvenil (tenía 22 años) que la llevó a un país del que no sabía nada, hasta estos días, en los que continúa leyéndonos y escribiéndonos.

En Honduras, a Janet Gold se la llama Janet, como a Clementina Suárez, Clementina; y esto es significativo porque revela una cercanía y un cariño que con el tiempo y gracias a su compromiso inquebrantable con la literatura y la cultura hondureñas se han vuelto entrañables.

De hecho, uno de sus libros más personales se llama "Crónica de una cercanía. Escritos sobre literatura hondureña" (Editorial Guaymuras, 2018). Un libro esencial para conocer el origen de su relación con el país y con sus artistas y escritores. Como esencial es "El retrato en el espejo: una biografía de Clementina Suárez" (Editorial Guaymuras, 2001), publicado originalmente en inglés en 1995.

Sus libros sobre Honduras son personales debido a la profundidad de su relación con el país y con la gente que ha ido encontrando a través de varias décadas. Pero la crónica personal, inevitable por ese cariño entrañable, da paso al rigor académico; esto permite un acercamiento a obras y autores escasamente conocidos fuera del país.

Cuando estudiaba en la Universidad de Maryland, en los años 90, me parecía lamentable que la literatura hondureña fuera de las menos conocidas en el extranjero, junto a las de Costa Rica y Panamá; Guatemala, El Salvador y Nicaragua eran significativamente más visibles, gracias a un movimiento de solidaridad política e intelectual impulsado por críticos estadounidenses y algunos autores y académicos de esos países.

Eso volvió mucho más importante el libro de Janet Gold sobre Clementina Suárez, pues era de las poquísimas veces que un(a) autor(a) nacional era analizado(a) con seriedad en ese espacio académico; en el libro, Janet confiesa que cometió el pecado de identificarse personalmente con la persona estudiada, lo que puede resultar en una pérdida de objetividad. Sin embargo, esta es, como he señalado, una característica ineludible de sus estudios sobre Honduras y no les resta rigor intelectual.

Janet tampoco pierde objetividad al referirse a la situación de sumisión en la que se ha encontrado Honduras con respecto a su país de origen. "Crónicas de una cercanía", precisamente, parte del impacto que le produce la militarización del país en los violentos años 80. Sin duda, esta actitud ha sido compartida por los intelectuales estadounidenses identificados con lo que por esos años se denominaba la causa centroamericana.

Honduras continúa siendo ese país turbulento de la canción de Warren Zevon, atrapado entre abogados, armas y dólares. Janet Gold no lo ignora y esto refuerza su compromiso: “todo eso me enseñó, dice, la dedicación y voluntad de crear entre los hondureños que enfrentaban esas realidades y sin embargo siguen creando y resistiendo”.

Se trata de una identificación personal e intelectual con la literatura, el arte y la cultura del país y, sin duda, con esa Honduras que es parte de su vida desde aquel primer encuentro; la mueve una curiosidad vital que la ha acercado “a un clan de individuos, algunos vivos, otros no, con quienes tengo un vínculo invisible”, como dice al final de su libro.

Precisamente, la curiosidad de Janet la ha conducido a esa Clementina Suárez de la mitología nacional, a los esenciales José Luis Quesada, Roberto Castillo y Roberto Sosa, a la literatura escrita por mujeres, al teatro, a la narrativa popular y a los proyectos de los y las jóvenes poetas, entre otros.

Tampoco faltan los lugares, igualmente vitales, a los que la lleva su curiosidad: espacios artísticos y casas de intelectuales, en los que los encuentros derivan en amistades entrañables, y pueblos, como Santa Lucía, sobre el que escribe una hermosa crónica.

“Para Honduras, gracias por todo lo que me ha dado”, dice la dedicatoria de "Crónica de una cercanía". El sentimiento es definitivamente correspondido. Me atrevo a decir que Janet Gold es una escritora hondureña, sin dejar de ser estadounidense.

Me parece que una forma de corresponderle es analizar sus libros y discutir el impacto que han tenido en la literatura y la cultura hondureñas; quizá los y, sobre todo, las poetas, de quienes constantemente se ha ocupado, le dediquen reseñas y ensayos a una escritora que nos ha dado tanto.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Infórmate sobre las noticias más destacadas de Honduras y el mundo.
Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias