Este relato narra un caso real.
Se han cambiado algunos nombres.
CUERPO. A Ruth la encontraron en un remanso del río Guacerique, en Comayagüela, entre llantas viejas, piedras y bolsas de basura. El forense dijo que tenía unas cinco horas de estar en el agua, y unas diez horas, más o menos, de haber muerto.
“Se necesitaron al menos dos personas para traer el cuerpo hasta aquí” -dijo.Y es que Ruth, a pesar de su baja estatura, pesaba más de doscientas libras.
“No tiene golpes que nos indiquen que fue atacada -agregó el forense-; no tiene heridas ni señales de que fue amarrada con algo, y, el daño en la piel, es a causa de la exposición a las aguas de esta cloaca al aire libre y de la rápida descomposición del cuerpo”.
“Pero está claro que esta mujer fue dejada aquí después de muerta”.
“Está claro”.
“Y la causa de muerte podría ser...”
“Aun no podemos decirlo...”
“Si es homicida, doctor, se justificaría que hayan venido a dejarla aquí”.
El forense miró hacia arriba. Más allá estaba el puente; a un lado, un risco, alto, pedregoso y lleno de vegetación; al otro, un camino que bajaba de la calle principal.
“Los que la trajeron vinieron por allí” -dijo.
“¿Y se tomaron la molestia de cruzar el río cargando el cuerpo? ¿Por qué no lo dejaron en aquella orilla?”
“Tal vez no querían que fuera encontrado, comisario. Al menos, no tan rápido”.
El comisario pensaba.
“¿Por qué tomarse tanta molestia?”
“Usted es el experto en asesinos, Comisario”.
+Selección de Grandes Crímenes: El último lamento (Segunda parte)
“Está vestida” -dijo el policía.
“Y tiene su mochila de cuero en la espalda”.
“Lo que significa que murió de repente y que nadie registró sus cosas”.
“Podría decirse. Si es que sus cosas están allí todavía”.
El ayudante del fiscal autorizó que se abriera la mochila sin quitarla de la espalda de su dueña. Fue allí donde se dieron cuenta que se llamaba Ruth, y que pertenecía a una Asociación que lucha contra el lupus y la fibromialgia. También encontraron en su monedero un carnet de discapacitado, un teléfono celular apagado, algunas fotografías, y trescientos lempiras en billetes de cien y de veinte.
“Si alguien la mató -dijo el oficial-, su motivo no era el robo”.
“Podría ser el corazón”.
“Tal vez; pero, ¿dónde estaba cuando le dio el ataque? ¿Dónde estaba cuando perdió la vida?”
“Está vestida correctamente”.
“Sí”.
“Pudo haber muerto en un... lugar íntimo”.
“¿Un hotel?”
“O un motel. Se han visto casos, comisario”.
“Tenemos que avisarle a la familia”.
Desaparición
Ruth salió de su casa la mañana anterior, a eso de las ocho. Iba al Mercado San Isidro a hacer algunas compras y luego pasaría por el Seguro Social de La Granja, viendo si había medicinas en la Farmacia. La última vez que se comunicó con su esposo fue a las dos de la tarde. Le dijo que estaba haciendo fila y que era posible que le dieran algunas de las medicinas que le habían recetado, “porque aquí en el seguro nunca hay nada”.
“¿Eso le dijo? -le preguntó el oficial a cargo de la investigación.“Sí” -dijo el esposo.
“Aquí en el seguro” -repitió el policía.“ ¿Esas fueron sus palabras?”
“Sí. Ella estaba allí y yo escuché ruido de motores, vendedores, ladridos de perros, llanto de niños, quejas de algunas personas... Sí. Estaba en el seguro”.
“¿Lo llamó cuando salió de allí?”
“No, pero vi que había estado en línea a las cuatro y minutos. La llamé y no me respondió. Creí que venía para la casa, pero a las seis de la tarde empecé a preocuparme. La llamé varias veces. El teléfono sonaba, pero no respondía las llamadas. Le envié mensajes y no contestó ninguno. Y no sé si los vio, porque tenía oculto eso en su celular”.
“¿Llamó a sus amigas? ¿Se comunicó con algunos parientes?”
“Sí, pero nadie me dio razón de ella. La esperé hasta tarde y fue hasta las siete de la mañana que ustedes me llamaron para decirme que la habían encontrado aquí”.
“¿Tenía enemigos su esposa?”
“No, que yo supiera”.
“¿Trabajaba?”
“No”.
“¿Cómo tenía Seguro Social?”
“Un amigo lo pagaba”.
“Su esposa padecía de lupus?”
“No, era diabética y padecía de fibromialgia, de la tiroides y de la presión”.
“¿Cree que se haya suicidado?”
“No. Claro que no”.
“¿Conoce a alguien que quisiera hacerle daño?”
“No, señor”.
“Bien -dijo el oficial-; vamos a esperar el informe de la autopsia”.
+Selección de Grandes Crímenes: El último lamento (Primera parte)
Morgue
El forense encontró en el brazo derecho de Ruth dos hematomas y dos pinchazos de aguja hipodérmica. Aquel hallazgo correspondía con la orden de exámenes de laboratorio que se había hecho dos días antes y cuya copia estaba entre los papeles que se hallaron en su cartera. Y tenía, también, algunos moretones en el brazo izquierdo, señal que dejan las agujas para inyectar insulina. El esposo dijo que se inyectaba en la mañana y en la noche, y que tomaba dos o tres pastillas más para controlar su azúcar. Además de otros medicamentos para controlar la presión arterial, la ansiedad, para dormir, etcétera, etcétera. Entonces, el forense habló. La autopsia había terminado y algunos exámenes de laboratorio daban resultados extraños.
“Las dosis de insulina, por lo general, están controladas por los médicos -dijo-, y las pastillas para la ansiedad y para dormir se toman de noche, como hacía ella. Pero, me parece que ayer, mucho más temprano, la víctima tomó sus medicinas, y en grandes cantidades y se inyectó insulina como para tres meses”.
“Eso es imposible -dijo el esposo-; ella era muy cuidadosa con esas medicinas y llevaba un control escrito, como se lo pidió el internista. Además, nunca llevaba medicinas con ella y podemos comprobarlo con el orden que tiene en la casa. Lo único que siempre andaba era un inhalador porque era asmática, y acetaminofén porque padecía de dolor en los huesos, las que combinaba con Tramadol, pero en la casa”.
Las palabras del esposo se confirmaron. Todo estaba en orden en la casa de Ruth. Las medicinas, tal y como las tenía programadas, eran suficientes para el mes, y solamente la insulina se contaba en lápices de seis y uno a medio uso.
“¿Qué ha pasado, entonces?” -preguntó el agente de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI).
El forense respondió:
“Todo nos dice que, si esta señora no se suicidó, la mataron”.
“¿La mataron?”
“Vamos a ver. Tiene insulina en la sangre como para tres meses, y no tengo que explicarte lo que hace la sobredosis de esta medicina en el cuerpo. Tiene ansióliticos en cantidades exageradas... Creo que se los dieron en jugo de naranja, porque hay jugo en su estómago... Ella los tomó sin notar nada extraño y debió ser en compañía de alguien de confianza; alguien de su confianza, a quien ella conocía bien. Y esta persona sabía lo que estaba haciendo. Y, además, debemos ver bien que la fueron a dejar al otro lado del río Guacerique y no en la primera orilla donde pasa un camino real. Cruzaron el agua, asquerosa e infectada y la fueron a dejar entre piedras, llantas y basura. No la lanzaron desde el puente; no la lanzaron desde el risco, o desde el cerro, y fueron, al menos dos personas las que participaron en esto... Así que, concluimos en que doña Ruth no se suicidó. La mataron”.
¿Quiénes eran estas dos personas a las que se refería el forense? ¿Quién le dio la sobredosis de medicamentos a Ruth? ¿En qué momento le inyectaron tanta insulina como para quitarle la vida? ¿Era esta persona alguien de confianza de la víctima? ¿Por qué hacerle esto a una mujer como ella, enferma, con hijos, un esposo que la quería y que estaba luchando por vivir, a pesar de sus dolencias? ¿Qué hizo la DPI en este caso?
+Selección de Grandes Crímenes: El crimen más brutal
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA
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