POLICÍA. Eran las once de la mañana de un viernes caluroso de abril, cuando tres hombres en motos llegaron al negocio de don Julián.
Iba con ellos un pick up sin placas. De este bajaron tres hombres armados con fusiles y vestidos como agentes de la Policía. Entraron al negocio, detuvieron a don Julián y lo obligaron a ir a su oficina. Allí abrió la caja fuerte, a punta de amenazas, y los hombres se fueron con más de un millón de lempiras en efectivo. Era el dinero de las ventas de la semana. Don Julián tenía la costumbre de enviar al banco el dinero cada seis días, porque así tenía la facilidad de pagarles a los proveedores, asegurar el salario semanal de sus empleados y resolver algunas cosas urgentes, que siempre se presentan en los negocios grandes. Todo duró un par de minutos; tal vez menos. Cuando llegó la Policía, don Julián seguía nervioso y su esposa lloraba, mientras sus empleados se lamentaban.
“No se preocupen por su sueldo -les dijo el señor-, Dios no nos deja solos”.
“¿Cuántos hombres eran?” -preguntó el oficial a cargo del caso.“No sé -dijo don Julián-, vinieron en motos y en un carro, y me obligaron a ir a la oficina”.
“¿Quién más, aparte de usted, sabía que tenía ese dinero en la caja fuerte?”
“No sé... Mi esposa, mi contador... Yo... no sé qué decir”-
“Bien -dijo el inspector-, vamos a investigar. Alguien muy cercano a usted fue el que les dijo a los ladrones que usted tiene esa mala costumbre de guardar tanto dinero en su oficina. Para eso existen los bancos, señor”.
Don Julián se quedó con la boca abierta al escuchar aquellas palabras. El inspector de Policía le hablaba como le hablaba su papá cuando trataba de educarlo, hacía ya más de sesenta años, cuando él solo era un niño de diez. Pero, era el todopoderoso oficial de Policía, y, no sabe cómo explicarlo, don Julián sintió que aquellos hombres que vestían uniforme eran más peligrosos que los ladrones que acababan de irse. Y tuvo miedo. El mismo miedo que siente la población ante los podridos policías que infectan la institución, a vista y paciencia de quienes deben ponerlos en su sitio: la cárcel.
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VISITA
ras después, una patrulla de la Policía, de esas sin placas, entró al barrio Las Mercedes, en Comayagüela. Los “banderas” informaron que “los juras” estaban en la colonia. Iban cuatro en la paila, mientras que el chofer, un oficial y dos policías en la cabina. Por supuesto, iban más armados que rusos y ucranianos. Pero, en Las Mercedes, Las Ayestas, Las Crucitas y más allá, la Policía no presiona ni impresiona a nadie, y menos les mete miedo a los “muchachos”. Subieron una cuesta, doblaron a la derecha en una esquina, siguieron más adelante, y, después de unos minutos, se detuvieron frente a una casa de dos pisos, elegante y de apariencia agradable. El oficial se bajó, tres policías se bajaron con él. El chofer dio la vuelta. El poderoso uniformado tocó la puerta.
Era como si estuviera de visita. Le abrieron y entraron. No tardaron en salir. El oficial llevaba una bolsa de plástico en una mano. Se subieron al carro y se fueron como habían entrado. Lo que el todopoderoso inspector de la Policía de los hondureños no sabía era que uno de sus propios hombres lo estaba grabando todo.
“Mi comisionado -dijo este hombre-, quiero mi baja porque no puedo seguir siendo policía”.
“¿Por qué? -le preguntó el comisionado-. ¿Es que no te tratamos bien aquí? Ya tenés seis años y vas bien”.
“No quiero ser policía, señor... con todo respeto. Quiero regresar a Manto y cuidar a mis viejitos, trabajar la tierra y vivir en paz”.
“Vos te querés ir por otra cosa... A mí no me engañás”.
“Negativo, señor. Yo me quiero ir porque ya no me siento bien siendo policía”.
El comisionado se quedó pensando por largos segundos. Era un hombre sencillo, de aspecto agradable, aunque rígidamente marcial; sus ojos brillaban con cólera mal reprimida, dejó que se enfriara su café y que se helara su desayuno. La indignación es más fuerte en los hombres honestos, y el delito es su principal enemigo a vencer, pero cuando el delito lo cometen aquellos que se formaron para combatirlo, y delinquen vistiendo el sagrado uniforme de la Policía Nacional, esa indignación se convierte en espinas, en dagas, en cuchillos hirientes en los hombres honestos, y el comisionado rechinaba los dientes a causa del dolor que le causaba la historia que me estaba contando.
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EL VIDEO
“Vi el video que grabó el policía -siguió diciendo, después de largo tiempo en silencio-, es algo asqueroso. El oficial está reconocido como uno de los mejores que tenemos, pero en aquel video todo se derrumbó... al menos ante mis ojos, porque es protegido del señor viceministro; bueno, algunos de sus compañeros le dicen que es el ‘consentido privado del vice’, y él solo se ríe”.
Hizo otra pausa.
“Lo escuché todo. Las declaraciones de don Julián, el robo del millón ciento setenta y seis mil lempiras, las palabras altaneras del ‘consentido privado’, las órdenes que les dio a su chofer, y las llamadas que hizo. En una de ellas dijo: ‘Pónganse vivos, man. El sol sale para todos. Ya voy a llegar’. No se escucha lo que le respondieron, pero él dijo: ‘Mirá, ‘Pando’, o te ponés claro o te pandeamos... Ya sé que vos y tus chavalos le pusieron el balde hoy en la mañana al viejo del negocio... No te hagás el roncero conmigo... Recordá que si trabajás sin problemas es porque somos amigos y ya sabés que tengo que llevar una parte para mi jefe. ¿Entendido?’. Eso era lo que decía aquella llamada. Después contestó dos más; llegaron a Las Mercedes, llamó al ‘Pando’ y le avisó que estaban cerca, ‘para que se pusiera las pilas’. Tocó la puerta, estuvo allí un minuto, tal vez menos, y salió con los tres policías con una bolsa negra en una mano. Yo vi el video una y otra vez; escuché las grabaciones, que duran más de dos horas y media, y me quedé en mi silla casi arrepentido de haberme hecho policía. El agente que lo grabó todo se resistía a decirme la verdad sobre los motivos por los que se quería ir de la Institución, hasta que le rogué que me dijera la verdad. Yo sabía que es un buen policía, que es cristiano desde la niñez y que nunca, pero nunca, se le encontró una mancha en su expediente. Entonces me enseñó una USB y me dijo que me la prestaba con una condición: que solo viera y escuchara, y que la devolviera. Yo se lo prometí y mire, Carmilla, desde el principio me dio asco lo que veía y oía. Allí había dos meses de grabaciones. Extorsión a delincuentes, venta de armas a grupos peligrosos, abuso a las prostitutas más bonitas y hasta a homosexuales, aviso de dónde se harían operativos policiales, cobro a vendedores de droga y hasta una visita a un señor en el barrio El Manchén, donde había dólares falsos, de los que traen de América del Sur, exactos a los reales. Horas y horas de grabación. Terminé de verlas como a las once de la noche. El agente me pidió la USB y yo se la entregué, como se lo había prometido”.
“¿Tenés copia de esto?” -le pregunté.
“Sí, mi comisionado -me dijo-, pero las tiene gente de mi confianza, por si me pasa algo... Yo no confío en mi inspector y menos en los que andan con él. Cuando se meten esa cosa en la nariz, son más malvados todavía... Y yo no puedo seguir con ellos”.
“No te vayás -le dije-, te voy a asignar a otra parte... Vaya, te voy a tener aquí, conmigo”.
“Negativo, señor. Yo no quiero seguir en medio de tanta maldad... Me hice policía para proteger a la gente, no para asaltarla, violarla, robarle ni para unirme a los delincuentes. Prefiero regresar a mi tierra... Mis papás me necesitan. Y ya va siendo hora de que me case y tenga una familia”.
ADIÓS
El comisionado pidió otro café, le calentaron el desayuno y suspiró. “¿Qué pasó con el agente?” -le pregunté.
“Se fue... Pero antes le pedí que me dijera dónde está la casa en Las Mercedes... Me dio una dirección... Pero no se vaya a asustar por lo que le digo, Carmilla; tengo miedo de que le caigan a ese tal ‘Pando’. Es un pez gordo y tiene conexiones en todas partes... Y, como el agente, yo tengo una familia que cuidar y ya estoy preparando mis papeles para solicitar mi retiro voluntario. Por desgracia, la Policía seguirá siendo el nido de muchos delincuentes que trabajan para enriquecer a jefes sin escrúpulos”.
Creo que se le humedecieron los ojos, a causa de la vergüenza, el dolor y la impotencia.
“¿Hace cuánto pasó esto, comisionado? ¿Es un caso viejo?”“No, hace un mes, más o menos”.