Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: El hombre que quería ir al cielo (Primera parte)

Para subir al cielo se necesita una escalera grande, y otra cosita…
23.05.2021

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.

Sexto libro

Se dice en ciertos círculos esotéricos, herméticos y secretos, que Moisés, después de escribir el Génesis, escribió un texto corto, en egipcio antiguo, en el que narra la vida de Adán en el Jardín del Edén, antes y después de que Dios hiciera a Eva de una de sus costillas.

Si esto es verdad, no lo sé, sin embargo, antropólogos serios, y algunos teólogos aseguran que el texto existe y que está perdido, que es lo mismo que decir guardado, en los Archivos del Vaticano. Y, aunque esto que digo huela a historias fantásticas, se dice que un monje copto lo robó de una iglesia en Etiopía hace mucho tiempo, y lo vendió por unas pocas monedas al papa Alejandro VI, en Roma, donde se encuentra desde entonces, y donde pocos afortunados han tenido acceso a él.

En el texto, según se dice, Moisés se queja de la “nueva criatura”, crea nuevas palabras para definirla y hasta llega a reclamarle a Dios por haberla hecho “de aquella forma”, esto es “autoritaria, cuando desea imponer su voluntad, y dócil cuando desea hacer su voluntad”.

En Génesis, después de probar el fruto del árbol prohibido, Adán le dice a Dios: “La mujer que tú me diste me dio y yo comí”.

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Se nota aquí que Adán quiere librarse de culpa acerca de aquella transgresión, y trata de culpar a Dios. Y, en el texto perdido de Moisés, se dice que “este reclamo es mayor, y que Dios se enfurece más con Adán por no haber actuado como hombre de verdad”.

No quiero iniciar este caso con misterios que, tal vez, no se aclaren nunca, ni con historias novelescas que, seguramente, han de gustarles a muchos lectores, pero sí quiero transcribir aquí algo de Mark Twain, el escritor estadounidense, quien, en su libro “Diario de Adán y Eva”, escribió: “Prefiero vivir con Eva fuera del Paraíso, que sin ella dentro”. De aquí que, como dijo Don Quijote: “La soga se hizo, amigo Sancho, para el que quiere colgarse en ella”. Y, quizás esto fue lo que pasó con Lucas, que de tan enamorado que estaba, se olvidó que el ánimo de la mujer es más delicado que un vaso frágil, aunque es mejor vivir con ella fuera del Paraíso… aunque ardan en el Paraíso algunas llamas del infierno.

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Lucas.

Desde niño, Lucas predicaba el Evangelio. Iba de aldea en aldea con su abuelo, puesto que su padre se perdió en el camino hacia Estados Unidos, y, antes de cumplir los doce años, se sabía la Biblia mejor que el abecedario. Y, conforme pasaba el tiempo, se esforzaba más y más en ser un buen “pescador de hombres”.

Sin embargo, pobre como era, tuvo que dedicar parte de su tiempo a ganarse la vida como cualquier hermano y, cuando su abuelo se fue al cielo, él, que se había quedado solo, se vino a Tegucigalpa, donde encontró un lugar para predicar y para trabajar: el mercado San Isidro.

Había allí tantas almas, que al menos, un buen par de docenas ganaría para el Señor cada mes; y, siendo como era, de palabra fácil y convincente, pronto consiguió que muchos se arrepintieran de sus pecados y volvieran del mal camino. Así, alegre, a pesar de que trabajaba duro y no prosperaba, llegó el día en que se dijo a sí mismo:

“Lucas, Dios dijo que no es bueno que el hombre esté solo, así que debes empezar a buscar ayuda idónea para ti, y debes hacerlo con urgencia porque también está escrito: Es mejor que se casen a que se estén quemando”.

Convencido de esto, Lucas empezó a ver en todas direcciones, por si el Señor le señalaba la compañera que estaría a su lado el resto de sus días y, como de aquello abundaba en el mercado San Isidro, no tardó en comprender las señales y puso sus ojos, pecadores, porque se ha dicho que no hay justo que haga el bien y nunca peque, sobre la hermosa figura de Julia, una oveja descarriada que él ya se encargaría de regresar al rebaño, olvidando, por supuesto, aquello que está dicho que “ninguna comunión tiene la luz con las tinieblas”.

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Luz

Julia pronto se convirtió en la luz de sus ojos, porque así debe ser, ya que el obispo debe ser hombre de una sola mujer, y nada de malo hay en que el hombre enamorado vea a través de los ojos de su amada; y los ojos de Julia eran hermosos, verdes, como hojas de árbol, acompañados con labios rosados y nariz respingada, todo esto, adornando un rostro más bonito, incluso, que el de la madre Eva. Y, lleno de amor y de ilusiones, Lucas se puso de rodillas, pidió dirección, consejo y hasta palabras para dirigirse a Julia, y si recibió todo esto, o no lo recibió, pues, solo en el cielo lo saben.

“Yo ya tuve una aventura –le confesó Julia, entre lágrimas de plomo derretido que desgarraban el corazón de Lucas–; un mal hombre me engañó, y yo le entregué mi virtud, confiando en que me honraría. Por eso, Lucas, no puedo aceptar ser su esposa; usted merece que la mujer que se case con usted sea casi como son los ángeles, pura de corazón y de cuerpo; yo estoy manchada por el engaño…”

“¿Y quién soy yo para juzgarla, Julia? –exclamó Lucas–. ¿Es que tengo yo el derecho a tirar contra alguien la primera piedra? Puro y santo solo es aquel que dejó su trono en el cielo para nacer en un pesebre, como el más pobre de los hombres, y cargar una cruz por nosotros los pecadores. Nada de eso me importa, Julia, más que la virginidad que hay en su corazón”.

Y Julia, ya que Lucas hablaba tan bonito, y que hasta tenía nombre de apóstol, se dejó convencer, y, enamorada, fue con él al altar, vestida de blanco, llevando un ramo de rosas blancas, tan puras como su virginal corazón, en las manos, y llena de buenas intenciones, como debe llegar al hogar toda mujer.

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Feliz

¿Cómo no ser feliz con aquel hombre que Dios había escogido para ella desde la fundación del mundo? ¿Cómo no valorar a aquel hombre bueno, que nada tenía de machista, y que la trataba como lo que era, “un vaso más frágil?

Además, Lucas empezó a prosperar, bendecido en abundancia, y pronto tuvo su propia casa, sencilla, como sencillo era él, pero su casa. Y un siervo de Dios, del mercado San Isidro, le regaló una moto; usada, pero que funcionaba “casi como si viniera saliendo de la fábrica”.

Pero, un día, vieron a Lucas triste en el mercado.

“Las asechanzas del diablo, hermano –respondió él cuando le preguntaron ¿por qué andaba tan decaído su ánimo?–. El diablo –dijo–, que anda siempre a nuestro alrededor como león rugiente, buscando a quien devorar”.

Y, debía ser insistente el diablo porque Lucas no recobró la alegría perdida.

“A veces –le dijo a su buen amigo, aquel siervo que le había regalado la moto–, creo que sería mejor que me llegara la hora de irme al cielo”.

“¿Qué cosas está diciendo, hermano? –le preguntó aquel hombre bueno–. Bien sabe usted que así ha sido con los hombres de Dios, que llega el diablo y los sacude, como al buen Job, pero, el que resiste al diablo tendrá la corona de vida que le está prometida. No se desanime, y siga adelante…”

Tal vez solo Dios podía levantar aquel ánimo caído, que le duró a Lucas un mes más, todavía. Hasta que su esposa, aquella frágil y amorosa mujer que había llevado al altar para ser feliz en la tierra, lo encontró en su cama, tendido entre un charco de espuma sanguinolenta, “y de otros líquidos que le salían por la nariz, los oídos y la boca, y que apestaban como a algo podrido”.

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Policía

“¿Cuándo lo vio por última vez, señora?” –le preguntó a Julia un oficial de investigación.

“Hoy en la mañana, señor; cuando me fui a trabajar al mercado… Él se quedó para preparar una prédica, y nos íbamos a ver allá, para almorzar juntos”.

“¿Sabe que su esposo se tomó al menos cinco pastillas para curar frijoles?” –le preguntó el policía.

“¡Ay no, señor! Yo no sé nada de eso”.

“¿Por qué cree usted que se pudo haber quitado la vida?”

“No sé, señor; yo no sé nada…”

De pronto, intervino un hombre de unos cincuenta años, de abultado vientre y negro mostacho.

“A mí, señor, el hermano Lucas me dijo que se quería ir ya para el cielo para estar con el Señor”.

“¿Eso le dijo?”

“Así como lo oye”.

“¡A mí también me dijo eso varias veces! –exclamó Julia, como si de pronto se hubiera acordado de las palabras de su marido.

“¿Eso le decía a usted también?”

“Sí, señor. Una noche, cuando estaba orando, se levantó del suelo muy triste, y me dijo: Julia, por mucho que yo te amo, amo más al Señor, y mi mayor deseo es dejar esta tierra. Quisiera estar pronto con el Señor… Desde niño, mi abuelo me decía que en el cielo está la nueva Jerusalén, con calles de oro y mar de cristal, y que allá, los escogidos del Señor viven felices eternamente”.

“¿Eso le decía?”

“Eso me dijo” –respondió la mujer.

“Y a mí también me lo dijo –intervino, de nuevo, el amigo de Lucas–; y me dijo que si Dios no se lo llevaba pronto, él mismo buscaría el camino para llegar al Señor”.

“¿Cómo así, hermano?, le pregunté, y él me dijo:

“No es pecado desear estar eternamente adorando a los pies del Señor, como los serafines y los querubines, y yo deseo estar allá, con mi Dios”.

“Yo no lo entiendo bien, hermano”.

“Ya lo va a entender, hermano Juan; ya lo va a entender”.

“¿Qué piensa hacer?”

El hombre se quedó callado por un momento, se limpió una lágrima, y dijo:

“El hermano me dijo que él quería ser como el mártir Esteban que, mientras lo mataban a pedradas, veía al Señor con sus propios ojos, sentado en su trono de gloria”.

El policía estaba cada vez más confundido.

“¿Saben ustedes si a alguien más le decía el señor estas cosas?” –preguntó.

“No, que yo sepa” –dijo el hombre.

“Ni yo” –respondió Julia.

“Bueno –dijo el oficial–; ya veremos qué es lo que pasó aquí… ¡Pobre hombre! Se bebió demasiadas pastillas, si con una sola hubiera tenido”.

“Tal vez quería asegurarse… –dijo Julia, pero, se interrumpió de repente porque las lágrimas brotaron de su virginal corazón como en una cascada, y bajó la cabeza para llorar como debe llorar una esposa enamorada al marido muerto…

Adán estaba solo y miraba al cielo.

Dijo: “Hoy está nublado, hay viento del Este; creo que tendremos lluvia… ¿Tendremos? ¿Nosotros? ¿De dónde saqué esta palabra…? ¡Ahora lo recuerdo! La usa la nueva criatura… La mujer que tú me diste”.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA.

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