Selección de Grandes Crímenes: El día de la boda (Primera parte)

Julio cayó al suelo, manchando de sangre roja y caliente el vestido hermoso de su esposa, que acababa de quedarse viuda. Cuando ella volvió en sí, estaba en una camilla y la atendían dos enfermeras y un médico”

  • Actualizado: 19 de julio de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El día de la boda (Primera parte)

MISA. Aquel domingo agradable y fresco, la parroquia San Francisco de Asís, de la ciudad de Catacamas, en el departamento de Olancho, se vistió de blanco y rosa, se llenó de fieles, de amigos y parientes de los novios. La misa duró una eternidad para el siempre hiperactivo don Julio; para su novia, la hermosa Fidelina, era el momento más esperado de su vida. Tenía treinta años, era maestra de Ciencias Naturales, no muy alta, pero bonita y de carácter dulce, católica devota y fiel a sus promesas y a sus creencias. Dijo que se casaría de blanco, de velo y corona, y que merecería aquellos símbolos de santa pureza. Y, a los treinta años, llegó pura al altar. Don Julián, que era quince años mayor que ella, estaba feliz, pero inquieto. Se casaba por segunda vez y, ahora, con la mujer más virtuosa que había conocido, según dijo el sacerdote que los casó. No había nada más que decir. La felicidad los esperaba. Fidelina trabajaba en proyectos agrícolas de sus padres, y Julio, al que ya hay que quitarle el “don”, era hacendado, comerciante de lácteos, carnes, ganado, granos y madera. Viudo desde hacía diez años, crio a sus hijos con la ayuda de su mamá, doña Tina, y de su papá, don Julián, cerca de Concepción de Río Tinto. Eran dos muchachos y una niña. Los varones eran gemelos y ya tenían veinte años; la niña, acababa de cumplir quince. La madre de sus hijos desapareció un día, hacía ya diez años, y de ella solamente se encontró el pick up Toyota abandonado con el motor encendido cerca de Gualaco. Lo que andaba haciendo allí nunca se supo. De ella no se supo nada en diez años. A los cinco años de su desaparición se le declaró muerta, y Julio quedó viudo. Cinco años después, se casó por segunda vez. Estaba enamorado y, más, estaba ilusionado. Fidelina era la doncella más linda que se conocía en aquellos lados. Cuando el sacerdote preguntó si había alguien que conociera una razón para que aquella boda no se realizara, Julio apretó la mano de su novia y le sonrió. Nadie dijo nada. La tercera vez, el mismo silencio. Entonces, el sacerdote los declaró marido y mujer.

“Puede besar a la novia” -agregó.

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Se escuchó la marcha nupcial y los esposos se levantaron de las sillas; ella llevaba el velo levantado y se veía feliz, mientras dos niños sostenían la larga cola de seda y satín de su vestido, y el ramo de azahares lucía virginal, como ella, en sus manos. Julio, vestido de lustroso esmoquin negro, camisa blanca, lazo negro, fajón rojo de seda brillante, zapatos lustrosos y cara de inmensa alegría, empezó a caminar a su lado. Los amigos y parientes les lanzaban arroz y pétalos de rosa blancos y rojos, mientras, otros lanzaban burbujas al aire. Afuera, esperaban los fotógrafos, el viejo Cadillac descapotable, chofer con uniforme y los carros de los invitados, que celebrarían con ellos en la hacienda cercana. Todo era felicidad, como debe ser. Sin embargo, como siempre hay un pelo en la sopa, y como bien se dice que el diablo nunca duerme, aquella felicidad duró lo que tardaron ellos en salir de la iglesia. Tres hombres y una mujer se acercaron a la pareja, abriéndose paso entre los invitados que les gritaban a los esposos sus deseos de felicidad. Tres eran policías; la mujer era fiscal.

LA MISIÓN

“Señor don Julio Dagoberto Figueroa Oliva” -le dijo el agente a cargo.

“Sí -dijo Julio -, soy yo”.

“Policía -dijo el agente-. Queda usted detenido por suponerlo responsable del homicidio del señor Héctor Lucio Luján Ramírez... Tiene derecho a un abogado, tiene derecho a guardar silencio...”

El policía no dijo nada más. Un grito lo detuvo en seco:

“¡Ah no, hijos de p...! -exclamó Julio - A mí no me agarran ustedes”.

Y dando un paso hacia atrás agarró del cuello a su esposa, sacó de atrás de su levita una pistola de 9 milímetros, y para amedrentar a los policías hizo un disparo al aire.

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“¡Si no se quitan de enfrente los mato a todos!” -gritó -. Pero antes de que se apagara el eco del disparo y justo cuando la última palabra salía de su boca, sonó un segundo estallido. Uno de los agentes le disparó una sola vez en la cabeza; la bala entró por el lado izquierdo del hueso frontal y avanzó limpiamente por el cerebro, destruyéndolo todo a su paso. Julio cayó al suelo, manchando de sangre roja y caliente el vestido hermoso de su esposa, que acababa de quedarse viuda. Cuando ella volvió en sí, estaba en una camilla y la atendían dos enfermeras y un médico. El desmayo le había durado demasiado tiempo. Mientras tanto, el cuerpo de Julio, vestido de gala, era reconocido por personal de Medicina Forense. Sus padres lloraban cerca de él. Sus hijos los consolaban. Sus hermanas y hermanos se lamentaban.

“Tenía que pasar tarde o temprano” -dijo don Julián con ojos llorosos, viendo hacia el grupo que trabajaba cerca del cuerpo de su hijo muerto.

Su esposa asintió, limpiándose la nariz con un pañuelo.

PREGUNTAS

¿A qué se refería don Julián? ¿Por qué su esposa estaba de acuerdo con él? ¿Qué era lo que tenía que suceder, tarde o temprano? ¿Había sucedido ya? ¿Era a aquello a lo que se refería el señor?

“Necesitamos hablar con usted -le dijo el agente a cargo del caso-. Lamentamos mucho lo que ha pasado”.

“No hay nada de qué hablar, señor -le respondió don Julián-, mi hijo ya está muerto... ¿Qué más quieren ustedes?”

“Su hijo Julio era culpable de un crimen -añadió el agente -; y creemos que de dos”.

Don Julián lo interrumpió:

“¿Cree usted, señor policía -le dijo -, que este es el mejor lugar para hablar de esas cosas? Además, digan lo que digan, nada nos importa. Queremos llevarnos el cuerpo de mi hijo para velarlo cristianamente y darle sepultura”.

“No fue culpa de la Policía, señor”.

“Yo no culpo a nadie. Dios lo ha querido así. Le pido que respete el dolor de unos padres y que se retire de nosotros”.

El agente, terco e insensible, insistió:

“Creo que usted sabe mucho sobre lo que hizo su hijo y tiene que decírselo a la Policía”.

Don Julián lo fulminó con una mirada.

“¿Sabe usted con quien está hablando, señor?” -le preguntó con voz suave, aunque con ojos que echaban chispas en medio de la humedad de las lágrimas.

El agente, valiente con el uniforme, la placa, el arma y los compañeros armados hasta los dientes, se estremeció. Sin embargo, dijo, levantando la voz más de lo necesario, seguramente para darse valor:

“La Policía quiere hablar con usted”.

Don Julián suspiró, se apartó de su esposa, la dejó en manos de sus hijos y de sus nietos, y se acercó al oficial, que llevaba un sol sobre los hombros.

“Mire, semejante hijo de su santa madre -le dijo, rechinando los dientes -, haga su trabajo, entrégueme a mi hijo, y váyase de aquí cuanto antes; y esconda al miserable que le quitó la vida a mi muchacho, porque Julián Figueroa Cantor no es hombre que se impresiona, no es hombre que siente miedo y mucho menos es hombre que perdona. Yo sé que mi hijo les hubiera disparado y tal vez hubiera matado a uno o dos de ustedes, y sé que están en el derecho que les da la autoridad y la ley, pero no trate de intimidarme, señor, porque le aseguro que esa gente de Medicina Forense no va a recoger solo un cuerpo de este lugar, si no, cuatro más... ¿Me ha entendido bien?”

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El oficial tardó en contestar.

“Está amenazando a la autoridad”.

“Voy a tener unos segundos más de paciencia con usted, señor -le dijo don Julián -; solo mire a su alrededor... ¡Mire!

El Comisario, que hoy es Comisionado de Policía, hizo una pausa para decirme:

“Mire, Carmilla -los ojos de aquel viejo echaban chispas y entendí que no hablaba con un fanfarrón-. Miré hacia atrás y vi a un ejército de hombres, armados con fusiles Ak-47, con pistolas y con escopetas cruzadas a la espalda. Nosotros llegamos desde Tegucigalpa. El subcomisionado que mandaba en Olancho se me acercó y me dijo:

“Dejá las cosas por la paz. Ni todos los policías de Catacamas y de Juticalpa juntos podríamos contener a este hombre si les da una orden a estos asesinos, y te aseguro que ni un solo Policía Militar y ni un solo soldado vendría a ayudarnos”.

El Comisionado hizo otra pausa.

“No dije nada más que: “Entendido, señor”, y me retiré con mis hombres. Ya estaba en custodia el que le había disparado al hombre para seguir el trámite de ley, y ya que nada teníamos que hacer allí, dejamos que se encargaran los de Medicina Forense, quienes le entregaron el cuerpo a don Julián y se lo llevaron. Después supe que la esposa salió de la clínica; seguía vestida de blanco y manchada con la sangre de su esposo. Fue llevada a la hacienda de sus suegros para el velatorio de Julio. Los invitados de la boda llegaron a la vela. Al día siguiente lo enterraron. Pero en mi cabeza daba vueltas aquella frase que, más que oírle a don Julián, le adiviné: “Tenía que pasar tarde o temprano”. Y eso me confirmaba que aquellos señores sabían bien qué era lo que su hijo había hecho diez años antes... Con su esposa y con Héctor Lucio Luján Ramírez

NOTA: Hoy quiero dedicar este caso a la fiel Carmilla-adicta Wanda Nohelia Santos, amiga leal y lectora empedernida de esta sección de diario EL HERALDO por largos y largos años. Para ella este caso, con cariño especial y sincero agradecimiento.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA.

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