Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: ¿Dónde está don Juan?

Cuando la irresponsabilidad es todo, el caos es obligatorio
02.05.2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- Don Juan.

Aunque ya estaba “de edad”, don Juan era un hombre trabajador. Siempre lo había sido, desde que su papá le enseñó a ganarse la vida honradamente, trabajando la tierra “porque este es el único patrimonio que le puedo dejar, mijo”.

Y don Juan aprendió a ser honrado, como lo fue su papá, y su abuelo antes de él.

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Un día se enamoró, pidió a la novia y se casó. Tuvieron seis hijos y, junto a su esposa, los sacaron adelante. En medio de las dificultades, don Juan tuvo éxito con su familia y, a los setenta y cinco años, decía que ya podía morirse tranquilo. Pero, un día, se sintió mal. Estaba mareado, orinaba con frecuencia y le dolía la cabeza. Lo llevaron al médico y este le detectó diabetes. A su edad, don Juan cambió su estilo de vida, dejó a un lado lo que le gustaba, ahora veía las parcelas de tierra de lejos, porque no podía trabajar, y aunque las trabajaran sus hijos, no era lo mismo para él que se había dedicado a aquella tierra desde su niñez, al lado de su padre.

Pero, disciplinado como era, don Juan aceptó su nueva vida con resignación, y pasaba gran parte del tiempo sentado en una vieja silla de madera, viendo los frijolares y el cielo. Hasta que una tarde volvió a sentirse mal. Se le había infectado una herida en un dedo y se le estaba poniendo morado. El médico dijo que había que amputar el dedo, y don Juan, deseando vivir, aceptó las indicaciones del médico. Pero, seis meses después, tuvieron que cortarle el pie, y medio año más tarde, la pierna debajo de la rodilla.

Ahora, la vida se hacía horrible para don Juan, dependía de las muletas, de su esposa y de sus hijos, y aquello lo ponía triste. Sin embargo, quería vivir, y, como él mismo decía, “el hombre se adapta a todo”. Y él se adaptó a vivir así.

Pero, la diabetes no perdona ni se conforma con poco. Está diseñada para destruir por completo y se había empecinado en hacer sufrir a don Juan.

Hospital

Una madrugada, don Juan se despertó sudando frío, temblaba de pies a cabeza, y veía borroso, le dolía la cabeza y el corazón le palpitaba tanto que parecía que le estallaría en el pecho. Rápidamente lo llevaron a un hospital, uno de esos hospitales del gobierno donde todo es lento, donde no hay medicinas, donde el personal se acostumbró a ver a la Muerte, y se insensibilizó ante el sufrimiento ajeno; uno de esos hospitales a los que solo se va a morir. Uno de esos “maravillosos” hospitales de la vida mejor.

Y allí llevaron a don Juan, lo pusieron en una camilla y lo metieron a la sala de emergencia. Un estudiante lo examinó, llamó a otro, este a otro y, al fin, nadie dijo nada que valiera la pena escuchar.

“Este don se está muriendo –murmuró uno, después de un enorme bostezo–; atendamos a los que sí se pueden salvar… Gastar medicinas en este viejito es como gastar pólvora en zope. Además, a mí me parece que ya vivió sus buenos ochenta años, y es más que suficiente”.

Rieron sus compañeros, y se retiraron, mientras don Juan agonizaba, hasta que una de sus hijas hizo un escándalo que llamó la atención de un médico de verdad.

“Este señor tiene el azúcar demasiado alta –les dijo a los estudiantes–; hay que ayudarle cuanto antes para estabilizarlo, o se nos muere”.

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Una de las muchachas, que llevaba en un brazo un monograma de una Universidad privada, arrugó la boca, una bonita boca, que adornaba con tonos rosados naturales una cara más bonita todavía.

Atendieron a don Juan, le pusieron agujas y catéteres en las venas, y lo conectaron a unas mangueras por las que le pasaron líquidos para salvarle la vida. Y, en unos minutos, todo empezó a cambiar en don Juan. Empezó a calmarse, y ya hablaba claramente.

Fue en ese momento en que se acercó a él un endocrinólogo, acompañado por el médico que lo atendió, y por un grupo de “excelentes” estudiantes de Medicina.

“Señora –le dijo a la hija de don Juan el endocrinólogo–, su padre, aunque se ha estabilizado, está grave y debemos internarlo. La diabetes es algo con lo que no se puede jugar. Le haremos unos análisis y roguemos a Dios porque salga bien de todo…”

“Está bien, doctor”.

Y, con aquellas palabras, internaron a don Juan, quien apenas protestó.

“No me voy a morir aquí, ¿verdad, doctor?” –le preguntó a uno de los médicos.

“No, don Juan –le respondió uno de ellos, con amabilidad–; usted va a salir de aquí muy bien… No se preocupe”.

La hija

Llevaron a don Juan a una sala y empezaron a atenderlo. Su hija, la hija mayor, se quedó a esperar noticias de su padre.

“Pero, si no hace nada aquí, señora –le dijeron–; su papá va a quedarse en el hospital un buen tiempo, tal vez una semana, o dos… Y lo mejor será que se vaya a su casa…”

Pero Juana, que así se llama la hija de don Juan, no hizo caso, así que tuvieron que sacarla del hospital. Ella, sabiendo que su papá podía necesitar algo, se quedó en la calle, junto a muchos familiares de pacientes que estaban en las mismas condiciones.

No hay mejor albergue que la calle, en casos como estos, y todos los días se pueden ver a los familiares esperando, solo esperando, bajo el sol inclemente del día y bajo el frío horrible de las noches. Durmiendo en el concreto, comiendo poco y haciendo sus necesidades fisiológicas donde es posible.

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“Andate para la casa –le decían a Juana–, hoy nos vamos a quedar nosotros, por si mi papá necesita algo”.

Y Juana iba a la casa, se bañaba, comía algo y regresaba. Su viaje era largo, pero lo hacía con gusto porque aquel hombre bueno fue un excelente padre, y ella lo amaba.

“¿Has sabido algo?” –le preguntaba su hermana, o al que se quedara en la calle esperando.

“No he sabido nada, Juana; mirá que estos guardias no nos dejan entrar para preguntar por mi papá, y nos tratan como si fuéramos perros. Además, le pedimos a una señora que conocimos aquí, que entró a ver a su marido que está en la misma sala que mi papá, y me dijo que no lo había visto. Y creo que es que se le olvidó preguntar por él”.

Guardias

Contratar guardias para que cuiden las instalaciones de los hospitales es correcto, pero que estos guardias se conviertan en enemigos de los familiares de los pacientes es una aberración que debe ser corregida de inmediato. Son muchas las quejas que llegan a diario al cielo, porque solo allí pueden ser escuchadas. Los guardias no abren los portones ni siquiera para que los familiares les lleven un poco de agua a sus pacientes, y esto fue lo que pasó también con los hijos de don Juan.

“No puede entrar, señora; cuando los médicos necesiten algo para su papá, o les tengan noticias, ellos van a venir a llamarlos. Espere allí, si quiere, o váyase a su casa que aquí lo que hace es estorbar el paso”.

“Déjeme entra, por favor, solo un momento; voy a averiguar cómo está mi papá. Le prometo que me salgo rapidito. Mire que ya tenemos 10 días de haberlo traído, y hasta hoy no sabemos nada de él. Por favor, ayúdeme”.

“No puedo, señora; son órdenes de que los familiares de los pacientes esperen afuera, si quieren… No puedo”.

“Le voy a regalar algo”.

“Y con sobornos, menos, señora; aquí somos empleados honestos”.

Y de nada sirvieron las súplicas.

Veintitrés

Llegó el día veintitrés, y Juana estaba más que desesperada. No sabía nada de su papá, y seguía esperando noticias, bajando todos los santos del cielo para que alguien se compadeciera de ella. Estaba quemada por el sol, flaca, ojerosa y despeinada, y, después de hacer una corta oración, se acercó al portón por la vez número mil.

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“Buenos días, señor –le dijo al guardia–, ¿usted me daría permiso de entrar para averiguar cómo sigue mi papá? Mire que lo trajimos desde hace veintitrés días, y nada nos han dicho de él… ¿Usted me haría el favor?”

“Mire, señora –le dijo el guardia–, yo ya días la veo en la calle a usted, esperando, y veo que quiere mucho a su padre; pero, tenemos órdenes, y no podemos dejar pasar a los familiares…”

“Hágame el favor; por favor…”

“Mire –le dijo el guardia–, la voy a dejar pasar, y si uno de mis compañeros le pregunta cómo entró, usted le dice que es prima de Isaac, y que hasta hoy me ve en el portón. ¿Está bien?”

“Sí, don Isaac. Gracias. Usted es un hombre bueno. Gracias”.

Noticias

Entró Juana al hospital, fue a la sala de emergencias y preguntó por don Juan. Nadie le dijo nada. Fue aquí, fue allá, y nadie sabía nada de su papá, hasta que alguien llamó a la trabajadora social y esta le ayudó a la desesperada Juana.

Cuando la trabajadora social regresó donde ella, la miró con ojos tristes, y le dijo:

“Señora, en la sala donde fue internado su papá me dicen que él murió hace veintitrés días, o sea, el mismo día que lo internaron. Sufrió un paro y murió”.

Juana dio un grito.

“¿Cómo es posible? –preguntó–. Los doctores dijeron que estaba mejor…”

“Lo sé, señora, pero se agravó y nada pudieron hacer por él. Y, para comprobar todo esto, busqué en toda la sala, por si se habían equivocado, y nada. Su papá está muerto. Lo siento mucho”.

Juana lloraba, pero trató de calmarse.

“Y, ¿dónde está el cuerpo? ¿Por qué no me avisaron desde el primer día? Yo he estado allí afuera día y noche, rogándoles a los guardias que me ayudaran a entrar para saber algo de mi papá, pero esos hombres lo tratan a uno como a basura, y nunca me dejaron entrar…”

“Lo siento mucho, señora”.

“¿Dónde está el cuerpo de mi papá?”

“Pues, según el reporte médico, lo enviaron a la morgue del hospital. Allí debe de estar todavía…”

Les avisó Juana a sus hermanos y a su mamá, y ella fue a la morgue, mientras aquellos llegaban. Pero, en la morgue le dijeron que no había allí ningún Juan.

“Lo trajeron hace veintitrés días” –dijo Juana.

El encargado buscó en esa fecha.

“No tenemos nada –le dijo–; ni diez días antes, ni después… Vea usted misma. No hay ni siquiera un cuerpo que diga desconocido… ¿Me entiende?”

Juana empezó a patalear, pero de nada le sirvió.

Todavía no encuentran el cuerpo de su padre. Nadie le da razón de él.

Esto sucede en los hospitales de la vida mejor.

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