Tegucigalpa

¡Feliz Navidad para los niños de la aldea El Carpintero!

Un ambiente ameno y de júbilo se vivió en el noroccidente de la capital de Honduras, donde habitan decenas de infantes en medio de la carencia y el olvido. Cientos de sonrisas dibujadas dejó la visita.

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28.12.2012

¡Feliz Navidad! Esa fue la frase que imperó en la aldea El Carpintero y sus alrededores cuando la caravana de EL HERALDO descargó sus juguetes en el desamparado poblado.

Y es que en el escondido sector noroccidental de la capital, a sus espaldas, más que tristeza, se respiraba desolación.

La escasa bulla humana que transciende de las improvisadas covachas y la poca presencia de habitantes en medio del camino daban la impresión que los ayudantes de Santa se habían equivocado de coordenadas.

¿Habrían llegado a un pueblo fantasma? ¿Desconocido? ¿Abandonado?

Todo lo contrario. El Carpintero, con sus zonas aledañas como Villa Campesina y Villa de Lucrecia, están cargados de vida, sueños y esperanza.

Sin embargo, las personas se resignaron tanto al olvido por años, que en sus sencillas viviendas han encontrado su único refugio.

La gente no se animaba a salir, tímidamente acercaban sus ojos curiosos por la madera podrida de las ventanas, con la expectativa que el moderno trineo de EL HERALDO detuviera su marcha.

200 sonrisas dibujadas

“¿Dónde están los niños? ¿Acaso no hay niños aquí?”, preguntaron los enviados de Santa a la gente, una vez que se instalaron en el campo de pelota para la entrega masiva de juguetes.

Las pocas señoras que rodeaban las cajas y bolsas de regalos, únicamente respondieron con unas carcajadas.

En segundos, se escuchaba el griterío, la emoción y las zancadas de los pequeños corriendo con frenesí hacia el trineo.

Ni el ardor que producía pisar la tierra caliente con los pies descalzos impidió a los infantes llegar a tiempo al cargamento de juguetes.

Y a los 15 minutos, unos doscientos pequeños habían atendido el llamado de Navidad.

“¿Querían niños? Pues aquí están los niños”, gritaban con gozo y entre risas las madres de familia.

Pero las sonrisas más hermosas vinieron de los niños, quienes alegres, y hasta un poco incrédulos por lo que pasaba, se divertían como nunca con los juguetes.

Ana Patricia Ramírez, de 9 años, era uno de esos casos. La pequeña abrazaba con melosidad y timidez un gran peluche de “Jorge, el curioso”.

Tan enorme era el mono que cubría su cuerpo entero y solo dejaba ver los remiendos de las sandalias que calzaba, por las cuales penetraba el polvo.

“Gracias. La verdad que solo ustedes vienen por estas fechas. Los esperamos para el otro año”, nos recordaban complacidos los pobladores.