El rostro diezmado del pequeño tolupán Óscar Miralda lanzó un resplandor de alegría.
Aquella sonrisa, que dejaba entrever unos dientes descuidados y en formación, eclipsaba su cara aguileña maquillada de polvo, lodo, ceniza y penurias.
Apenas tiene nueve años, pero la extrema miseria que reina en su hogar lo privó de su infancia y le dio un espaldarazo para que aprendiera a trabajar. Precisamente fue dominando un indomable caballo que se fracturó sus piernitas.
Pero un sofisticado tractor de juguete era el motivo para que el indígena de la aldea San Juan, de la inhóspita Montaña de la Flor, se olvidara de la incapacidad motriz de sus extremidades. Nunca quitó sus profundos y rasgados ojos negros del precioso regalo.
Y con el afán de repetir cientos de veces el milagro que se figuró en la cara del pequeño Óscar, fue que EL HERALDO se internó en el poblado de una de las pocas tribus precolombinas que ha logrado sobrevivir para realizar una masiva entrega de juguetes.
La travesía
Tres camionetas del diario, repletas de regalos, encendieron sus motores a las 6:00 de la mañana para cumplir la orden de Santa Claus: ningún niño de la Montaña de la Flor se quedaría sin festejar en esta Navidad.
116 kilómetros de distancia nos separaban de nuestro destino y no nos importó recorrer caminos polvorientos y pedregosos, surcar los vaivenes de cuestas empinadas y curvas cerradas, y cruzar durante cuatro veces el traicionero río Guaraguquí para que cuatro horas después el trineo con triple vagón se estacionara en la aldea San Juan, en donde se asientan poco más de 1,100 tolupanes.
“¡Yo pensé que ya no iban a venir!”, exclamó con su inconfundible acento y mientras se llevaba las manos al rostro de la emoción, Catalina Martínez, una mujer de la tribu que estaba a la espera de la visita.
Y es que desde que EL HERALDO develó en 2006 las dramáticas carencias de esta etnia, no nos hemos olvidado de ellos. A las remotas aldeas llega con periodicidad, ayuda de alimentos, ropa, útiles escolares y juguetes.
Mágica entrega
Minutos después de haber arribado al improvisado campo de pelota en La Ceibita, unos 300 niños nos rodearon. Salían como tímidas hormigas y corrían como gacelas en busca de un obsequio que a lo largo de sus vidas no ha sido más que una ingrata ilusión.
Muy pocos, en la mejor de la suerte, calzaban sandalias rasgadas y viejas. La mayoría de niños llegaron descalzos, cubiertos de polvo desde las uñas de los pies hasta las rodillas.
Vestían ropas gastadas, sucias y arrugadas, un tanto moderna en relación a su ancestral indumentaria. Otros se presentan con su piel tostada como única vestimenta.
Lo único que sobresalía de los mancillados y hambrientos rostros eran sus pupilas deseosas de que empezara la repartición de juguetes.
Los más pequeños llegaron en brazos de sus madres. El lugar es pobre y las mujeres tolupanes no pueden costearse un cochecito o un moderno cargador de bebé. El ingenio consiste en cruzarse por el pecho y amarrarse por la parte posterior, un enorme pedazo de tela, para que los bebés duerman en forma de capullo.
Los jefes de familia también dejaron por un momento, los cultivos para conseguirles a sus hijos un regalo para dibujarles una sonrisa esta Navidad.
Jornada de felicidad
El polvo de agonía que se respira en el poblado era suficiente motivo para llevarles a los tolupanes algo más que juguetes. Queríamos ver las risas, las carcajadas y el gozo que la pobreza se dedica a apagar todos los días.
Un manto de júbilo sobrevino con la serie de dinámicas y juegos al mejor estilo de nuestro jefe de Redacción, Fernando Berríos.
La famosa cacería entre el gato y el ratón sacó a relucir la resistencia y la rápidez de los niños… y de las madres, pues también las señoras se aventuraron a jugar, recordando los otrora momentos de infancia.
Los niños, padres y madres mostraron la fuerza que caracteriza al sólido tolupán en la competencia de halar la cuerda, donde los triunfadores literalmente hicieron morder el polvo a los perdedores cuando caían en la tierra, incluyendo nuestros periodistas.
Las carcajadas hicieron eco en la fría cima de la montaña con las competencias de carreras, donde los pequeños tolupanes cargaron en sus espaldas a sus parejas y luego regresaban en carretilla, lo que provocó decenas de caídas y dedos machucados.
Qué decir de las pruebas de equilibrio, en las que los competidores estaban obligados a correr, dar varias vueltas y regresar lo más rápido posible. Muchos no soportaban el mareo y se desplomaban en plena faena, mientras que otros, confundidos, cogían en direcciones contrarias.
Sin embargo, el momento más esperado comenzó y los juguetes llegaron a las cálidas manos de los niños. Más tardamos en repartir que los niños en disfrutar de sus juguetes, los que comentaban en grupos y en lengua tol...
¡No nos olvidamos de ellos!
En la fría y olvidada Montaña de la Flor, casi en medio de la nada, resurge la vida.
Entre el pobre bosque que queda en la zona, producto de la deforestación, aparecían a nuestro paso ángeles ansiosos de obtener un juguete.
Y fue precisamente en al menos 10 aldeas de este inhóspito lugar donde dejamos sonrisas bien marcadas.
Soli-Diario, a través de su campaña “Regale un juguete en Navidad”, hizo brillar la mágica estrella de Belén en Lavanderos, Río Arriba, Las Pozas, Las Minitas, Piedra Gorda, El Encino, Rueda de Tejas y El Tomate.
En estos sectores y en cada kilómetro nos esperaban grupos pequeños de niños, ansiosos de recibir un regalo de Navidad.