Tal vez vivan en el olvido de las autoridades, pero para la campaña navideña de EL HERALDO los niños del apartado sureste de la capital hondureña siempre serán valiosos.
La sucursal del Polo Norte en Tegucigalpa había enviado un recado especial a los niños de las alejadas aldeas de Azacualpa, Suntule y Santa Elena y nuestra misión era hacerlo efectivo.
Y bajo esa convicción, la octava edición de “Regale un juguete en Navidad” penetró en los surcos rurales que todavía sobreviven en el rostro urbanizado de la ciudad.
El moderno trineo de Santa, halado por cuatro ruedas de potente tracción, empacó muy temprano, en una fresca mañana de domingo, el cargamento de juguetes para emprender el viaje.
No pasó mucho tiempo, y entre los cultivos agrícolas y la verde vegetación, ya sobresalía una camioneta que escalaba las montañas casi vírgenes de las aldeas y perforaba el fuerte viento que soplaba.
En su parte trasera, cargaba cientos de juguetes destinados a plasmar una sonrisa en 250 niños.
No fue necesario pactar una cita, pues el rumor de la inusual visita traspasó las paredes de las casas de adobe para llegar a los oídos de los laboriosos aldeanos.
Y pese a que los hogares distaban bastante uno del otro y la tecnología es ajena al pueblo, la noticia se expandió más rápido que una publicación en las redes sociales.
Festín de regalos
Las cajas y bolsas se abrían y la algarabía de los infantes mientras se formaban irrumpió la relativa calma que impera en esos poblados rurales.
Las princesas del hogar, emocionadas por recibir una muñeca, halaban con fuerza a sus madres para estar a tiempo al momento de la entrega.
Mientras que los varones exclamaban por el carrito de juguete que la vida de pobreza siempre les negó.
Llegaban niños de todos los rincones, de cerros más encumbrados o planicies más desoladas, y tímidamente se acercaban al insólito y flamante trineo.
Unos aparecieron hasta descalzos o en los brazos de sus madres y otros, al mejor estilo vaquero, galopando en caballo.
El rostro y cuerpo decaído de estos pequeños, ataviado por una humilde ropa, reflejaba el grado de pobreza que reina en la zona.
Mientras que en los surcos de la piel curtida de sus padres, se exhibía la afanosa labor que realizan de sol a sol para escapar de la miseria.
Domingo mágico
Ese domingo, la resignación de una nueva Navidad sin nada se extinguía y no había lugar para quejas, porque la entrega de juguetes ya había comenzado.
Con sumo placer, las niñas recibían las muñecas, barbies, sets de cocina, equipos de doctora, hula-hula y bellos peluches.
Por su parte, los varones extendían las manos para coger los automóviles, motocicletas, robots, helicópteros y balones, entre otros.
En medio de la entrega, una improvisada competencia de baile y habilidades se produjo, impulsada por el jefe de Redacción de EL HERALDO, Fernando Berríos.
Los reyes del hogar reían, cantaban y corrían como nunca con los juegos que propuso nuestro dinámico jefe.
Se podían apreciar hermosas sonrisas y decenas de sueños cumplidos.
Ese fue el caso de Steven Calona, de 11 años, un prometedor jugador que ya posee un esférico de balompié para practicar su deporte favorito.
Asimismo la pequeña Diana Zerón, de cuatro años, que abrazaba con ternura a un precioso y enorme peluche.
“Es un gesto muy importante que no lo hace cualquier medio de comunicación. Solo EL HERALDO ha llegado aquí”, expresó muy agradecido Manuel Barahona, pastor de la comunidad.
En el río Sabacuante
Los ayudantes de Santa sabían que faltaban niños a los cuales no les llegó la noticia, así que la caravana de solidaridad continuó en el recorrido de regreso.
Hicimos varias estaciones, donde desfilaban decenas de niños que parecían resurgir de la nada.
Pero la marcha del trineo del diario se detuvo cuando cruzábamos el puente sobre el río Sabacuante a la altura de la aldea El Tablón.
Marginadas del servicio de agua potable, varias madres aprovechaban la cuenca para lavar, bajo el inclemente sol, las prendas de la familia.
A las mujeres las acompañan sus hijos, la mayoría de ellos tal y como Dios los trajo al mundo, pues aprovechaban para realizar una sola lavada.
Caminamos hasta el río y el anuncio “¡Vengan niños, les traemos juguetes!”, hizo que dejaran la paila y el jabón para ir en busca de los obsequios.
Una Navidad distinta se logró en las aldeas de la capital gracias a la bondad de los capitalinos, empresas e instituciones que son sus aportes regalan felicidad.