El Corpus, Choluteca, Honduras
Don Santos, ataviado de una camisa amarilla y con su característico porte de jornalero, es el centro de atención de la escena, por sus palabras sabias y llenas de fervor.
Doña Paula no es tan fuerte y se desploma al abrazar a Nehemías para derramar inquietantes lágrimas de consuelo.
La pequeña casa de adobe continuaba ayer; mañana, tarde y noche, siendo un epicentro de fe.
Otros tantos se esperan para hoy, todos quieren saludar a Nehemías, todos quieren hasta su bendición.
Los hermanos
Sus hermanos Natividad, Mártirez, Jaime y Amílcar desfilan por la habitación y le expresan sus palabras de aliento al momento que se dan la mano, como una muestra de hermandad inquebrantable.
“Hemos sentido muchas cosas estos días, pero teníamos la confianza que mi hermano iba a regresar, porque los mineros nos dijeron que platicaban con él”, relata Mártires, un hombre de trato afable y cordial.
Faltan los demás
Y Nehemías cree que ese milagro viviente no solo será en su persona.
“Así como creo que nos rescataron a nosotros tres, pueden salvar a los demás en la mina”, sostuvo. Luego, piensa en su trabajo y en lo que necesita para sostener a su esposa y a sus dos pequeños hijos.
Aunque de inmediato reflexiona: “Ni aunque me den lo quieran vuelvo a la mina, a los demás les digo que ni piensen en ir a ese lugar, no vayan a cometer ese gran error”.
Su hogar humilde es testigo de sus palabras.
Ahí, donde los adobes muestran la tierra que por decenas de horas lo tuvo atrapado, hace el compromiso consigo mismo y con su familia.
Vemos alrededor y no hay oro, nada de ese metal precioso que a diario buscaba con afán en San Juan Arriba.
Nehemías no puede olvidar la pesadilla que vivió.
A sus 27 años había enfrentado pruebas pero ninguna como la del miércoles, jueves y viernes, cuando le tocó prácticamente hablar con la muerte.
Su padre escucha y ya sabe del compromiso de su hijo con la vida.
Es así que don Santos recuerda cuando en el hospital, con la gratitud de tenerlo con vida, le expresó cuánto lo amaba.
Nehemías ahora tiene todo un testimonio para fortalecer la vida de los demás.
Recuerda que quedó atrapado en un espacio muy reducido por más de 40 horas, el tiempo suficiente para enloquecer o apagar la vida de cualquiera.
Pero sabía que Dios estaba con ellos y que los sostenía de su manos salvadora.
“Si nos parábamos no cabíamos los tres, entonces nos acomodamos para soportar”, recordó Nehemías desde su lecho de enfermo.
En las primeras horas el silencio era sepulcral en el agujero, tan solo esperaban la muerte, dijo el minero.
La agonía comenzó a ceder cuando al segundo día lograron escuchar gritos desde el exterior por entremedio de una hendidura que quedó entre el alud de tierra que les atrapó.
“Yo no podía responder porque no me podía mover, pero los otros compañeros sí respondían. Ahí no entraba oxígeno y al igual no tuvimos comunicación con el resto de los compañeros que quedaron bajo los escombros”, dijo.
Las últimas dos noches que pasaron bajo las capas de tierra y piedra las pasaron en oración.
“Pedíamos al Señor que nos sacara de ahí porque solo Dios era el que podía poner la mano en esas rocas para que no se pudieran desbaratar”, agregó.
Luego de esta experiencia “le pido al gobierno que cierre ese trabajo porque no es una fuente de empleo segura, que nos ayude con otro tipo de fuentes de empleo porque la pobreza a uno lo obliga a exponer la vida”, expresó.
“Al llegar a casa le voy a decir muchas cosas a mi madre porque me está esperando junto a mis dos hijos. No me van a ajustar los brazos para abrazarlos, ya quiero estar allá con ellos y verlos a ellos”, dijo Nehemías y EL HERALDO observó ayer cómo sus palabras se cumplieron.