"Niksen": ¿qué es el arte neerlandés de no hacer nada?

Cuando descansar se convierte en otra tarea que tachar en el calendario, una práctica llegada de los Países Bajos propone algo revolucionario: parar sin rumbo ni culpa para darle un respiro a la mente frente a la hiperproductividad cotidiana

  • Actualizado: 14 de octubre de 2026 a las 12:03
Niksen: ¿qué es el arte neerlandés de no hacer nada?

Tegucigalpa, Honduras.- Para millones de personas, decir adiós a las vacaciones rara vez supone un regreso gradual: se parece más bien a un aterrizaje forzoso en el ritmo frenético de las prisas cotidianas.

De golpe, los días se saturan de propósitos casi inalcanzables, listas de metas pendientes, nuevas formaciones y jornadas repletas de citas urgentes para resolver lo que se quedó en pausa durante el verano.

Incomodidad, la llave de la superación

Sin embargo, la respuesta colectiva ante este aluvión no suele ser pisar el freno, sino apretar aún más el acelerador: alarmas a las cinco de la madrugada para meditar, relojes inteligentes para contar los diez mil pasos diarios y aplicaciones móviles dedicadas a fiscalizar cada minuto de descanso.

La paradoja contemporánea es evidente: hemos transformado hasta el reposo en una métrica de rendimiento más. Y es justo frente a esta espiral de exigencia donde cobra fuerza una alternativa que llega desde los Países Bajos, con una fórmula tan sencilla como revolucionaria: el “niksen”.

El arte de parar sin rumbo

La palabra proviene del neerlandés “niks” (“nada”), pero adopta la fuerza de un verbo: “niksen”, o lo que es lo mismo, la decisión consciente de no hacer absolutamente nada.

Pero esto no significa devorar varios capítulos seguidos de una serie, perderse en un bucle infinito de redes sociales ni seguir una sesión de respiración mirando de reojo el reloj.

En su sentido más puro, practicar “niksen” supone entregarse al descanso libre de cualquier utilidad.

Puede ser tan simple como contemplar las gotas de lluvia resbalar por el cristal, sentarse en un parque a ver el viento mecer los árboles o quedarse mirando al techo mientras los pensamientos flotan sin rumbo fijo.

El concepto dio el salto al debate internacional en la primavera de 2019. Fue entonces cuando la escritora y periodista Olga Mecking publicó en The New York Times el reportaje The Case for Doing Nothing ("El caso de no hacer nada"), un texto que despertó una fascinación global que ella misma plasmaría más tarde en su libro Niksen: Embracing the Dutch Art of Doing Nothing.

La paradoja es que, en su propia tierra, esta práctica no goza de la misma admiración que fuera de sus fronteras. La sociedad de los Países Bajos está fuertemente arraigada en la ética calvinista del trabajo y la sobriedad, una mentalidad que resume a la perfección un viejo aforismo popular: “niksen is niks” (“no hacer nada no sirve para nada”).

La ciencia detrás del vagabundeo mental

¿Qué ocurre realmente dentro de nuestra cabeza cuando dejamos a un lado las metas y las obligaciones? La respuesta de la neurociencia contemporánea ha terminado por derribar un viejo mito: una mente en reposo no es un motor apagado ni una maquinaria defectuosa. Porque el cerebro, en realidad, nunca descansa: tan solo cambia de canal.

A finales de los años 90, un equipo de investigadores liderado por el neurólogo Marcus Raichle en la Universidad de Washington en San Luis trabajaba mapeando la actividad cerebral a través de tomografías por emisión de positrones (PET).

El método habitual consistía en medir el consumo de energía mientras los participantes resolvían problemas complejos y contrastarlo con esos intervalos en los que, en teoría, permanecían inactivos.

La sorpresa para los científicos fue mayúscula: en el instante preciso en que la persona dejaba de centrarse en una tarea externa orientada a un fin, un circuito cerebral masivo y sincronizado cobraba vida con una intensidad inesperada.

Junto a Gordon Shulman, Raichle formalizó este hallazgo en un estudio de referencia publicado en la revista científica PNAS, acuñando el término Red Neuronal por Defecto (conocida por sus siglas en inglés, DMN o Default Mode Network).

Integrada por regiones interconectadas como la corteza prefrontal medial y la corteza cingulada posterior, esta red actúa como la auténtica sala de máquinas del procesamiento interno.

Es el mecanismo que toma el control cuando soñamos despiertos, cuando proyectamos el futuro personal, cuando reflexionamos sobre nuestros vínculos sociales o cuando el cerebro teje asociaciones libres entre conceptos que la mente hiperconcentrada suele mantener en compartimentos aislados.

Sin embargo, el aluvión de notificaciones digitales y la obsesión por rendir al máximo sobrecargan las redes de control ejecutivo (volcadas en el mundo exterior), asfixiando el espacio que necesita la Red por Defecto.

Al cerrarle la puerta al vagabundeo mental, impedimos que el cerebro ordene sus archivos y recupere su equilibrio homeostático.

En una investigación analizada por la revista científica Nautilus, la doctora Sandi Mann, psicóloga de la Universidad de Central Lancashire, señalaba que “en el fondo, el aburrimiento es una búsqueda insatisfecha de estimulación neuronal. Si no podemos encontrarla fuera, nuestra mente la creará desde dentro”.

Y remarcaba: “una vez que comienzas a soñar despierto y dejas que tu mente vague libremente, empiezas a pensar más allá de lo consciente, adentrándote en el subconsciente. Este proceso permite que se establezcan conexiones diferentes”.

El motor que trabaja en segundo plano.Ruut Veenhoven, sociólogo de la Universidad Erasmus de Róterdam, pionero de los estudios cuantitativos del bienestar humano y director de la World Database of Happiness, ha analizado con detalle los efectos de este descanso sin estructuras.

En declaraciones recogidas por Time Magazine, Veenhoven explicaba que la verdadera fuerza del “niksen” reside en liberar ancho de banda cognitivo: “Incluso cuando ‘hacemos nada’ (‘niks’), nuestro cerebro sigue procesando información y puede emplear la capacidad de procesamiento disponible para resolver problemas pendientes”.

Este mecanismo biológico aclara una vivencia muy común: las soluciones más brillantes o la salida a un dilema enconado rara vez se revelan tras pasar cuatro horas encadenadas frente a una hoja de cálculo.

Suelen asomar, más bien, bajo el agua tibia de la ducha matutina, dando un paseo sin rumbo o con la mirada perdida en una pared en blanco.

Ahí radica, además, una diferencia sustancial frente a prácticas como el “mindfulness”. Mientras la meditación exige un entrenamiento atencional para la mente y la respiración (una exigencia que, paradójicamente, puede disparar la ansiedad en personas ya agotadas), el “niksen” prescinde de normas, técnicas o evaluaciones.

Se trata de una tregua pacífica para el control mental, donde los pensamientos pueden deambular con total libertad, sin la obligación de devolverlos a la fuerza al aquí y al ahora.

Por eso, el profesor invitaba a despojar el reposo de cualquier adorno: “simplemente basta con sentarse en una silla o mirar por la ventana”.

Aprender a descansar sin culpa: cuatro pautas prácticas

Tanto la presencialidad tradicional como las exigencias del teletrabajo han consolidado una idea: que cualquier minuto que no quede registrado en un panel de métricas equivale a una falta de profesionalidad.

Por eso, abrazar esta filosofía en pleno regreso a la oficina tras unas vacaciones exige derribar primero una barrera interna: el remordimiento.

Y así, para incorporar pequeñas dosis de “niksen” a la jornada sin caer en la trampa de la hiperactividad, los especialistas aconsejan cuatro pautas directas.

Crear pausas analógicas sin propósito: Reservar ventanas de cinco a diez minutos durante el horario laboral completamente libres de pantallas, libros o libretas de notas. Basta con contemplar el cambio de luz en la fachada de enfrente o escuchar el rumor de la calle, sin la obligación de extraer ninguna reflexión moral ni intelectual.

Caminar al margen de los datos: Salir a dar un paseo prescindiendo del teléfono o reloj inteligente, silenciando los contadores de pasos y evitando los pódcast a velocidad acelerada.

Micro-descompresión entre reuniones: Antes de encadenar una videollamada tras otra o de abordar una nueva tanda de mensajes pendientes, recostar la espalda en el asiento durante dos minutos enteros y permitir que la vista descanse en el vacío, sin recurrir a estímulos.

Frenar la monetización del ocio: Desactivar el impulso de transformar cada afición en una vía de ingresos complementarios (side-hustle), en una destreza más para inflar el currículum o en una fotografía impecable para exhibir en redes sociales.

Así, en tiempos de aceleración obligatoria, la valentía de no hacer nada no es vagancia: es el más lúcido acto de soberanía mental.

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Redacción web
Agencia EFE

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