Tegucigalpa, Honduras.- El crujir de las láminas y las enormes piedras cayendo sobre el pavimento mantienen en vela, día y noche, a los vecinos de El Reparto por Bajo, quienes, en cualquier momento, podrían perder sus viviendas por el derrumbe que los acecha.
El miedo y la tristeza se sienten en todo el lugar; algunos observan cómo la masa de tierra está a punto de derribar sus casas, mientras que otros sollozan en el suelo por el dolor que les causa tener que abandonar sus hogares.
“Me hice la fuerte, pero ya no puedo, todo eso se está viniendo para acá y tengo que buscar la manera de cómo irme. Tenía la fe en Dios que no iba a pasar, pero ya no”, lamentó con el rostro empapado de lágrimas Karla Pineda, una de las afectadas por el derrumbe.
La respiración se le entrecortaba —su pecho se agitaba—, las lágrimas le brillaban en el rostro y el dolor que sentía era casi palpable. Pineda se negaba a salir de su casa; sin embargo, el panorama le advertía que no tenía otra opción.
“Yo no me quiero ir. ¿A dónde van a ir mis animalitos? En los albergues no los quieren y yo no los quiero dejar, prefiero irme con ellos”, aseguró la mujer que justo se encontraba rodeada por dos perros que tiene por mascotas.
La capitalina adoptó cinco animales domésticos en su hogar: dos canes y tres gatos, pero no los reciben en los albergues y abandonarlos no está entre sus planes.
Mientras se debatía sobre qué decisión tomar, recordó: “Aquí no quieren ayudar, porque si desde un principio hubieran ayudado no estuviera este desastre, se les dijo que ayudaran arriba, pero como no lo hicieron toda esa avalancha de tierra se vino para abajo”.
Así como en este caso, decenas de ciudadanos de este sector comparten el dolor de tener que abandonar sus viviendas. Sergio Coello es uno de ellos.
“Nosotros nada más dejamos una camita dentro de la casa para estar pendiente, porque si uno deja solo aquí no encuentra nada después. Nos estamos turnando, unos duermen y otros vigilan”, contó el hombre, quien justo en ese momento —8:30 a.m— terminaba de desalojar su vivienda.
Coello vive una calle abajo de donde está la zona del desastre, su casa aún no registra daños pero parece estar cerca de ello. Cada minuto que pasa es una tortura para su familia, la aflicción de que algo terrible suceda se mantiene latente en sus corazones.
“Viera que feo se escucha aquí, ayer (sábado) se escuchó cuando se cayeron las casas, parece que fuera una película de terror”, aseguró Coello, mientras recordaba cómo han sido las últimas noches en el sector.
Con los ojos rojos, tal vez por el sueño o tantas lágrimas derramadas, el capitalino se despidió de lo que un día fue su casa, manteniendo la esperanza de un día poder volver y encontrar de pie todo lo que tanto esfuerzo requirió.
Mientras está triste despedida ocurría, Karen Reyes y su familia sacaban refrescos, churros, galletas y todo tipo de productos de su casa, que hace unos pocos meses funcionaba como una pulpería.
“Teníamos un emprendimiento de ochos años, que de ahí vivíamos. Ahora solo nos tocó salvaguardar las cosas y las vidas humanas, no tenemos donde ubicarnos, pero esperamos que esto se componga y poder regresar poniendo todo en manos de Dios”, aseguró Reyes, mientras peleaba por no dejar salir las lágrimas que retenía.
“Yo me había resignado a no salir de aquí, pero me puse a pensar que si no me iba podría perder más, entonces, ni modo, decidimos irnos con mi pareja y mi hija, porque los escombros ya se ven que vienen para aquí”, reflexionó.
“Mi esposo me manda a descansar porque yo soy diabética, pero aún así no he logrado descansar. No duermo, si me quedo un rato dormida, aparece la pesadilla donde la tierra se me está viniendo encima”, lamentó.
Ellos y otros vecinos relataron que, hasta el momento, la municipalidad solo les han brindado víveres como ayuda, sin embargo, aún no les dan una solución definitiva que alivie todas las pérdidas sufridas.