Tegucigalpa, Honduras.- A pocos pasos de la Ermita de Suyapa, la casa de doña Ernestina García se convierte cada año en un pequeño santuario de amor y solidaridad. Sus puertas abiertas reciben a los peregrinos que, tras largas jornadas de viaje, llegan cansados, con fe y promesas, buscando el abrazo silencioso de la Virgen de Suyapa.
"Le damos albergue a los peregrinos que vienen con toda fe a visitar a nuestra madre. Abrir la puerta de nuestra casa nos llena de amor, nos alegra el corazón y nos mantiene unidos como familia", relata con la voz entrecortada y los ojos húmedos al recordar 50 años de servicio solidario.
La tradición comenzó con su abuela, quien durante décadas abrió su hogar con amor hacia los peregrinos. En la actualidad, doña Ernestina y su familia continúan ese legado con la misma devoción. “Los primeros que vinieron a pedir posada eran de San Pedro; ahora vienen de Intibucá, La Esperanza, La Paz, Comayagua... Cada nombre representa un camino largo, un sacrificio y una promesa cumplida”, narra, mientras su esposo, Rosendo Peña, arregla el espacio para atender a nuevos peregrinos.
Doña Ernestina García ha mantenido esta labor por más de 50 años. “No solo es predicar la palabra, sino ponerla en práctica, como enseñó el Señor Jesucristo”, agrega, con la voz quebrada por la emoción de compartir su testimonio.
García recuerda cómo, en sus primeros años, algunos peregrinos se quedaban a la intemperie, enfrentando la lluvia o el frío, y cómo la familia convirtió su hogar en un refugio seguro y cálido para quienes buscan consuelo y protección.
Entre sollozos, doña Ernestina explica: “Uno no sabe si mañana un familiar anda lejos y alguien le va a tender la mano. Por eso hoy nosotros le abrimos la puerta al que podemos, y así vienen muchas personas. Viene uno, trae a otro y pronto llegan más, y nunca los dejamos afuera”, expresa con generosidad la entrevistada.
Y es que cada año más de 200 personas encuentran aquí un techo, comida y amor. “Antes se quedaban afuera, sin colchas ni abrigo. Ahora duermen tranquilos, descansan y sienten que alguien los cuida como familia”, relata la samaritana.
El intercambio entre anfitriones y visitantes es constante. “A veces nos traen verduritas y nosotros, con agradecimiento, las recibimos”, comenta, mientras sus ojos brillan con lágrimas que no son de tristeza, sino de alegría. “Estas lágrimas son de servir, de ver que el corazón del peregrino se alivia al sentirse recibido y acompañado”, aclara mientras se las limpia.
Doña Ernestina recuerda con devoción: “Estamos atendiendo a gente que viene a pagar su promesa a la Virgen. Llevamos 50 años dedicados a ellos y sentimos que cada abrazo y cada oración nos devuelve más de lo que damos”.
A su lado, su esposo, don Rosendo Peña, comparte la misma convicción. “Esto lo traemos desde tiempos; desde niño aprendí a ayudar. Yo también soy peregrino; vengo del sur, de San Lorenzo, Valle, y me emociona ver que desde allí vienen con fe y devoción”, relata con nostalgia y orgullo.
Para ellos, la mayor recompensa no es material. “Mientras haya vida, lo vamos a seguir haciendo. Esa es nuestra promesa. Las bendiciones son nuestros hijos y nietos: buenos, estudiosos. Esa es la mayor bendición”, concluye doña Ernestina, mientras su esposo asiente con una sonrisa tranquila.
Cada año, cientos de peregrinos cruzan sus puertas, no solo en busca de un techo, sino de un gesto humano que refleja la misericordia y el amor que inspira la Morenita. En esta casa, el milagro ocurre en las manos y el corazón de quienes entregan su tiempo, esfuerzo y cariño sin esperar nada a cambio, como lo hace doña Ernestina García.