Siempre

Peripecias de un ladrón honrado

No era habitual ver a un ladrón amable. Por un instante, pensé en el tono irónico de aquellas palabras tan violentas. Debía ser un tipo experimentado

02.05.2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- Era domingo. Camus y Chesterton odiaban los domingos. Y ese domingo, en particular, fue un día triste. Tegucigalpa estaba desolada. Hacía un calor insoportable y había una sensación de miedo y orfandad en toda la ciudad. Tal vez llovería.

Subí al bus alrededor de las 2:00 PM en la estación de Plaza Miraflores. Era un Blue Bird amarillo de la ruta Miraflores-Centro. En el interior de la unidad había un silencio inquieto. Por momentos, la música “playera” —extrañamente baja— dejaba escuchar susurros y lamentos por los sucesos de ese día; la granja penal de Comayagua se había incendiado esa mañana, y casi cuatrocientos reos habían muerto calcinados. De los hechos, sólo recuerdo un letrero ahumado que decía: “Hágase justicia aunque el mundo perezca”. Y el mundo había perecido, quizá, injustamente.

Un día tan trágico como aquel sólo podía ser domingo, pensé. Para olvidarlo un poco, me concentré de lleno en “Señora de rojo sobre fondo gris”, la maravillosa novela de Miguel Delibes que leía, y donde el narrador confesaba lo mucho que odiaba los domingos, sobre todo después de la muerte de su esposa. Era una novela como pocas, y leí durante un rato hasta que el bus arrancó.

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En la parada de Emisoras Unidas, otras personas subieron. Un hombre se sentó junto a mí, pese a que el bus iba vacío y era grande. Era un hombre alto, gordo, de bigote tan ralo como despreciable, ojos amarillentos de hepático y oloroso a “guaro”. Viajaba acompañado de una mujer embarazada que supuse era su esposa por su trato cariñoso, y otra pareja que, como él y su esposa, tenía una apariencia sudorosa. Su mujer se sentó en la misma fila de asientos que nosotros. La otra pareja se sentó adelante.

“Vaya pué” —me dijo de repente el gordo, con tono sosegado—, “pasame el celular y el billete”. Al escucharlo no me puse nervioso. Dudé por un momento de su petición. No era habitual ver a un ladrón amable. Por un instante, pensé en el tono irónico de aquellas palabras tan violentas. Debía ser un tipo experimentado.

El sonido de las bocinas (ahora alto) me hizo reaccionar. No lo recuerdo bien, pero sé que sonaba una canción de Daddy Yankee. Cerré el libro de golpe. Me quedé inmóvil.

“Qué pedos con vos, chele” —me inquirió el gordo, en un tono similar, pero con otra expresión—, “ponete vivo con las varas y el ‘phone’, no tengo todo el día”.

Entonces caí en cuenta de que me estaban asaltando por enésima vez. Metí mi mano a la bolsa derecha del pantalón y saqué todo lo que traía. No era mucho. Cuando recibió el dinero, el gordo me preguntó por el teléfono. Le expliqué que no tenía. No me creyó. “¿Estás seguro de que es todo lo que andás?, ¿y si te reviso y te hallo más y te pego un tiro?”, me amenazó sonriendo.

Al escucharlo así, recordé que traía un billete de cien en el bolsillo.

En Tegucigalpa, cuando se usa el transporte público, uno desarrolla infinidad de métodos para esconder el pisto y distribuirlo en distintas partes del cuerpo, justo por la normalidad de los asaltos.

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Me levanté del asiento para sacar los cien lempiras del bolsillo. Los entregué. Le dije que era cierto que no tenía teléfono y que podía revisarme para comprobarlo. Me miró por un instante y no respondió nada. Ocasionalmente, pasaba un pañuelo de tela por su rostro para quitar la grasa y el sudor.

Me senté de nuevo. Me miró por completo y esbozó de nuevo una sonrisa, ahora fría, pero no del todo dura. Hubo uno o dos minutos de silencio, y pensé que lo peor había pasado, cuando noté que el tipo que lo acompañaba se acercaba hasta nosotros: “¿Querés que le pegue un tiro a este chavalo?”, le preguntó al gordo. De inmediato sentí un miedo abrumador. Aquel hombre realmente parecía malo.

El gordo soltó una carcajada tímida y dio una palmadita en mi hombro izquierdo, casi como un acto de camaradería. “No seas pendejo —le respondió—, este chele es tuanis”. El otro hombre me observó, asintió con la cabeza y se retiró. Por extraño que parezca, me sentí a salvo con el gordo. “¿Dónde vivís?”, me preguntó luego. “En El Centro”, respondí. “¿Y a qué te dedicás?”, inquirió otra vez. “Soy escritor”, le dije. “¿Escritor?”, dudó por un momento. “Sí”, le reafirmé.

“Pues entonces escribí sobre un grupo de chavalos de la Nueva Jerusalén que se dedican a robar porque tienen familia, no pudieron estudiar y no tienen trabajo”, me pidió. “Claro, algún día lo haré”, le prometí. Por alguna razón no me sentía molesto con el gordo, quizá por haberme librado de su temerario compañero.

Hablamos por algunos minutos no recuerdo de qué, hasta que él y sus amigos bajaron del bus frente al Hospital Escuela. Lo observé levantarse del asiento y extenderme la mano para despedirse. Me pareció raro. Cuando le di mi mano, sentí algo en la suya: era el billete de cien pesos que había sacado de mi bolsillo. Me lo estaba regresando. Al principio dudé, pero lo tomé de prisa. “Pa’ que te relajés”, me dijo, con su característica sonrisa.

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Luego bajó del bus y continuamos la ruta. Al observarlo por la ventanilla, junto a su esposa embarazada, pensé que el título de aquella novela de Dostoievski que había leído en mis años de colegio (“El ladrón honrado”) le quedaba como anillo al dedo. Poco después vi mi pálido rostro en el vidrio de la ventanilla, y sonreí. De cualquier forma era domingo y no ocurrían cosas buenas esos días.