Tegucigalpa, Honduras.- El arte ha sido un refugio para Orlando Roque incluso antes de saber que quería ser artista. Era apenas un niño cuando pintar y hacer trazos se convirtió en su laboratorio de emociones y exploraciones.
El artista dice que no tiene una herencia familiar directa, ni siquiera una influencia de su entorno que lo animara a pintar y mucho menos recursos que le proporcionaran los materiales necesarios para hacerlo. Cuando habla de sí mismo y de su decisión por el arte, lo aborda desde una especie de predestinación: “Desde antes de haber nacido ya estaba o ya se había tomado la decisión. Si fue alguna experiencia, tuvo que haber sido en otra vida”.
" Cuando era niño iba a comprar las hojas y los lápices y pasaba dibujando prácticamente todo el día”.
En ese camino que decidió recorrer, una de sus estaciones fue la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde encontró el conocimiento que contribuyó a darle forma a un talento que sigue trascendiendo en su evolución artística y que ha pasado de las hojas de papel bond —que conseguía cuando era niño— y de la observación de cómics a la conciencia del dolor en los rostros de las vírgenes y el Jesús crucificado de la casa de su abuela, que luego serían influencias en su obra.
También está la luz que significó para él recibir el apoyo de su maestro de primaria, quien le ayudó a forjar una seguridad que siguió construyéndose al cruzar las puertas de Bellas Artes y encontrar ahí la guía de sus otros maestros. Si pasamos de los años de formación a los años de creación, la trayectoria de Orlando Roque se inició con la pintura figurativa, pero, con diferente nivel de protagonismo, la abstracción irrumpía de forma discreta, esperando su momento de relevancia total.
Conversamos con el artista sobre esos inicios y cambios, en un período de su vida en el que no considera que todo está dicho en sus lienzos y en el que visualiza un camino que no rechaza las bifurcaciones. “No sé hasta dónde voy a llegar, pero siempre sigo con ese ímpetu de seguir trabajando”, dice.
¿Cómo recuerda el primer lienzo en el que dijo: “Sí, soy pintor”?
Considero que ese lienzo todavía no existe. Y no hay un antes y un después. Definitivamente, hay obras que sí marcan una trayectoria, marcan un estilo, un cambio. Pero decir “a partir de este lienzo” para mí es muy complejo y difícil de aceptar. Porque siento y creo que debo reinventarme cada día.
¿Considera que hay una parte de incomodidad en su trabajo?
Sí, y eso viene de experimentar con la obra, esa búsqueda constante. Yo creo que el estar buscando crea incomodidad, y aquí podemos hablar un poquito de estilo. Creo que tener un estilo, que reconozcan al artista por el color, por la forma, por la composición, es una búsqueda que conlleva un esfuerzo. Y una vez que el artista ya tiene una trayectoria y se le reconoce, puede caer en ese confort. Y el artista que está en confort tiende a estancarse. No lo critico porque yo sé que hay estilos, hay técnicas que deben hacerse por más tiempo, pero no hay que quedarse ahí. Porque la incomodidad es parte de la vida.
¿Qué era lo que más le atraía de la realidad cuando hacía su trabajo figurativo?
Me encanta el arte sacro. Y es por recuerdos que tengo de mi infancia, porque mi abuela manejaba un altar y yo miraba mucho los rostros de vírgenes y a Jesucristo con aquel dolor intenso. Eso me creó curiosidad, también miedo; eran un montón de sentimientos y de ahí vino un gusto por el arte sacro y los rostros. Pero mis rostros siempre han tenido esa característica de colores fuertes y trazos sueltos, libres; los rostros han marcado mucho mi trabajo. Mis obras, al inicio, cuando trabajaba bastante figurativo, tenían como tema principal la introspección; siempre el interior tiene mucho que ver en mi trabajo y sigue estando. Y esa parte filosófica que igual permanece.
¿En qué momento comenzó a intuir que estaba pasando de la figuración a la abstracción?
La abstracción siempre ha estado. Cuando entré a Galería Portales, estoy hablando de finales de los 90, llevé obras abstractas ahí y tenía una base más abstracta que figurativa. Siempre trabajaba la figuración, pero había obras abstractas que yo no mostraba. Ahora ha ido desapareciendo la figuración y predomina más la abstracción. Pero mi pintura figurativa, que la sigo haciendo, sigue teniendo mucho de abstracta.
¿Llegó un punto en el que consideró que la figuración era insuficiente o no se dio esa reflexión?
A medida que uno va trabajando y con esa idea de búsqueda y trascendencia, uno también vive etapas en la vida que son más o menos emocionales. En el último proyecto que realicé, que se llama “Transmutante”, hay una historia de mi vida. Y lo que hice fue quitar la figuración porque quería buscarle un sentido a mis emociones. Y como las emociones no tienen forma, son abstractas, empecé a revisarme interiormente y a disponer de la composición para decir cómo puedo interpretar esta parte emocional de mi vida, y fue agarrando todo el simbolismo que tiene ahora mi trabajo. Todas las referencias son muy personales, porque este proyecto es muy personal, es muy íntimo.
¿Y cómo fue esa experiencia de dejar de pintar lo que ve para pintar lo que siente?
La figuración tiene esa necesidad de representar la realidad. Para mí ya perdió sentido en el hecho de que yo no quería perder esa fuerza de las texturas, del color y que la gente, para tener esa conexión, no tuviera un referente de lo real. Yo quería evitar eso porque uno tiene que tratar de conectarse emocionalmente con el espectador.
¿Se siente más vulnerable al trabajar desde ese sentimiento o esa emocionalidad?Diría que de alguna manera sí, pero para mí es como un experimento más que vulnerabilidad. Es como una plática, una conversación conmigo mismo. Es tratar de encontrar respuestas. Entonces, para mí es un equilibrio entre el saber y el conocer, porque para desarrollar un trabajo hay que tener un conocimiento, pero también esa parte intuitiva que tenemos.
Si la figuración fue su voz inicial ¿Qué son hoy para usted el color, la textura y el gesto en el lienzo?La limitación de la figuración es lo real. Mi técnica en el trazo, el color, la textura está en la figuración y en lo abstracto. Al final, lo que cambió nada más fue sustituirla o que agarrara más peso la mancha y el color y esa capa matérica para representar todos los simbolismos.
¿Cómo sabe que un cuadro abstracto está terminado si no hay una referencia con la cual compararlo?
A mí me ha llegado a gustar una obra con las primeras manchas, y a veces siento que en la tercera capa la arruiné porque le puse de más. Pero eso uno lo ve con el tiempo. Saber si una obra está terminada ya es cuestión de conocimiento, experiencia e intuición para identificar un trabajo cuando es bueno y cuando no es tan bueno.
Si fuera un viajero del tiempo y pudiera retroceder a ese 1986 en que entró a Bellas Artes ¿Qué le diría a ese Orlando Roque que venía empezando en esto?
Le diría: “Estudiá en Bellas Artes, pero tratá de irte de Honduras, buscar un espacio en otro lugar para estudiar, prepararte y regresar”