El ser corporativo en “Sustancia de hígado”

A través de nueve cuentos, Michelle Recinos retrata con crudeza una realidad centroamericana reconocible y expone cómo las instituciones pueden terminar imponiéndose sobre el ser humano

  • Actualizado: 14 de octubre de 2026 a las 15:08
El ser corporativo en “Sustancia de hígado”

Tegucigalpa, Honduras.- Michelle Recinos (El Salvador) es una de las voces jóvenes más importantes de la narrativa hispanoamericana, lo demostró en su primer libro “Flores que ríen” (Los sin Pisto) y en otras participaciones antológicas.

“Sustancia de hígado” (Altamarea) está compuesto por nueve cuentos de una extensión relativamente breve. Las tramas, aunque diversas, se desarrollan mayoritariamente en espacios laborales o en espacios relacionados con lo laboral, lo que es útil para los fines discursivos de la obra.

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Los personajes y las circunstancias que estos viven delatan un territorio, que si bien no es nombrado, a cualquier centroamericano le resultará conocido.

Los cuentos de “Sustancia de hígado” hablan sobre un ser que está subsumido por una realidad que considera superior.

En “Casting”, por ejemplo, los personajes que bien podrían llamarse corporativos, les da igual el dolor y la injusticia con tal de conseguir los objetivos empresariales.

En cambio, en “La reina de la noche” el enamoramiento es ese bien superior que justifica e “ilumina” el dolor. En “Daysi Miller” se trata con frivolidad, por más de un personaje, el cuerpo de una niña, en todos los sentidos que se puede imaginar la palabra cuerpo.

En ese mismo tono se tratan problemas como la depresión, la ansiedad, las violaciones y la violencia doméstica, por mencionar algunos hechos. Todo esto, en nombre de algo superior.

Lo primero que se puede concluir del universo que relata Recinos es que en el mundo moderno el ser humano está siempre al servicio de los objetivos institucionales, no importa si se trata de una empresa, una oenegé, un gobierno, un líder religioso o una idea.

Si hay un justificante de este tipo, no importan los límites que se deban sobrepasar. El ser humano ha sido superado por sus propias invenciones, como en el “Frankenstein”.

Esa institucionalidad que está por encima de la humanidad se ve manifestada en unos personajes que, como dije antes, podríamos llamar institucionales o corporativos. Estos personajes no son una invención de “Sustancia de hígado”, existen en nuestras cotidianidades.

Estoy seguro de que cualquiera podría tomar el teléfono y llamar a uno en este momento. Valdría la pena preguntarse a qué se debe su corporativización.

Creo que es plausible pensar que la primera condicionante es la necesidad, que no es necesariamente económica. Estos personajes siguen un guion institucional porque, aparentemente, no les queda alternativa, tienen que ignorar el dolor y la desesperación de la persona que está al otro lado del teléfono o al frente porque ellos tienen sus propios problemas e intereses.

Esa necesidad tiene una añadidura: las personas de este mundo y los personajes de “Sustancia de hígado” están anestesiados. La anestesia llega en forma de una narrativa que les cuenta una historia del mundo que los complace.

De lo anterior es necesario hacer dos apuntes. Es arriesgado dirigir nuestra mirada hacia la institución, porque entonces el acto de indiferencia, que es en realidad un acto de complicidad con la injusticia, se diluye y pierde su rostro. Después de todo, nadie encarna propiamente una institución. Y tampoco sería del todo justo señalar a estos personajes corporativos como villanos (solamente por usar un término ampliamente conocido), porque aunque no se justifica su frivolidad, no son ellos el engranaje que inicia el movimiento en estas injusticias.

Entonces, y este es el segundo apunte, los villanos (los auténticos agresores, los verdaderos interesados o beneficiados del agravio del otro) nunca aparecen en escena, solamente alcanzamos a ver o presentir sus tentáculos. Creo que una persona común y corriente jamás conoce a sus verdaderos enemigos.

Uno de los méritos más notables que tienen los relatos de “Sustancia de hígado” es que están construidos con escenas tan reales que parece que la autora se hubiera sentado a observar atentamente la vida de estos personajes.

Para Recinos no hay filtro que valga y la estética está en la autenticidad. No teme decir lo que considera que debe decir, ni les teme a las formas naturales de la lengua. Esa ha sido una constante en su obra.

Por último, y aunque es poco usual hablar del prólogo en las reseñas (y menos hacerlo al final), no puedo dejar de alabar el prólogo de Layla Martínez; es todo lo que está bien en un prólogo y es, en sí mismo, una clase magistral de cómo hacerlo. Después de todo, este es un gran libro y merecía unas palabras que estuvieran a la altura.

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Josué R. Álvarez
Josué R. Álvarez
Escritor y docente

Autor de “Guillermo, el niño que hablaba con el mar”, “Instrucciones para un taxidermista” y “De la estirpe del cacao”. Ganador del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Concurso de Cuentos Cortos Inéditos “Rafael Heliodoro Valle” y el Premio Nacional de Poesía Los Confines.

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