Tegucigalpa, Honduras.- Debo confesar que si me pidieran que imaginara una distopía, es seguro que en mi respuesta inmediata, por no decir que automática, habría elementos como máquinas, tecnologías refinadas (o por lo menos distintas) y robots; también habría seres humanos exacerbados por el autoritarismo de un lado de la moneda, y del otro, seres absolutamente sumisos, que podrían ser felices o no.
O tal vez imaginaría de inmediato una sociedad cuya única finalidad es consumir (por favor que esto no se confunda con el mundo real). Y muy probablemente supondría grandes urbes, pertenecientes, me atrevería a decir que de manera invariable, al Norte Global.
Es difícil imaginarse una distopía en el tercer mundo. Término que rechazo, pero que para efectos estéticos de una distopía considero fantástico.
Tal vez como un mecanismo de defensa diría que ese sesgo en mi respuesta se debe a que gran parte de la tradición de literatura distópica proviene de esa parte del mundo y, por lo tanto, es lo que refleja.
Solo pensemos en “1984” de Orwell (británico), “Un mundo feliz” de Huxley (también británico) o “Fahrenheit 451” de Bradbury (estadounidense). Y si continuara la lista de clásicos aparecerían más obras británicas, estadounidenses y, por allí, alguna canadiense.
Es más, además de un Norte Global, habría una lengua global: el inglés. Solo agregaré, que estoy casi seguro de que, en lo que a este asunto respecta, yo no soy el único pecador, es más, me atrevería a decir que somos una legión.
Sin embargo, los relatos recogidos en “La babel subterránea” (mimalapalabra) de Roberto Castillo demuestran que, en ese ejercicio hipotético, el camino que recorrí para dar una respuesta es el menos original y, en consecuencia, el menos interesante.
No quiero decir con esto que las distopías planteadas en esta colección narrativa no sean interesantes, y más que eso literarias (faltaba más), solamente porque suceden en el futuro hipotético de este tercer mundo; pero es, en definitiva, una ejecución que nos hace ver, analizar y disfrutar las distopías desde otra perspectiva.
Gran parte del encanto de estos relatos está en el dibujo de los mundos imaginados, capaces de la risa, el rubor y la rabia. Esta característica, lejos de ser una debilidad, es un mérito del que solamente pueden alardear los mejores distopistas.
Claro que hay una estructura que busca un efecto narrativo hacia el final, sin embargo, parece baladí al lado de los otros objetivos estéticos.
A pesar de que Castillo no siempre nombra los lugares con sus topónimos originales (esto realmente importa poco), es tal la familiaridad con que lo hace que no queda duda de que está hablando del futuro supuesto de esta ciudad, este país y esta sociedad en concreto.
Este efecto no lo consigue únicamente a través de las referencias o la descripción de las problemáticas sociales, sino que se percibe en las dinámicas que envuelven a los personajes y el carácter que administra a cada uno de ellos.
Algunas situaciones son tan similares a nuestro mundo (nuestro tercer mundo) que parece que estos relatos hubieran sido escritos con un diario de nuestros tiempos en la mano, un diario que Roberto Castillo nunca tuvo.
En ese sentido, el autor es un auténtico continuador de la tradición de la literatura distópica. A través de ella se señala y critica el mundo que habitamos.
Aunque pienso que no es su principal objetivo (puede que en algunos casos ni siquiera sea un objetivo) este tipo de relatos distópicos son una advertencia. Y para nosotros, la advertencia nunca había sido tan clara y directa, porque por supuesto que los clásicos distópicos nos atañen, debido a nuestra condición humana, pero hay cosas de este tercer mundo, de esta realidad, que se quedan por fuera de esas grandes obras.
Por ejemplo, el beneficio que se obtiene del poder tiene otro matiz en esta parte del mundo.
Eso me hace pensar, no sin firmeza, que si se concretara algo de estos futuros que nos imaginamos en la literatura, contrario a lo que a veces se dice y se piensa, no estaríamos igualados. No serían lo mismo Centroamérica, que Argentina, que España, que Alemania ni que Suiza.
Por lo tanto, sus distopías diferirían entre sí, tal vez solamente agudizando las disfuncionalidades de cada sitio.