Siempre

La lección de Nelson Mandela

Un pequeño regalo para este héroe de la paz, que cumplirá cien años de nacimiento el próximo 18 de julio, es recordar y revivir su historia, valor y gran ejemplo

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14.07.2018

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Cuando la ruptura entre dos partes de la población se hace profunda, cuando se sienten extrañas entre sí, cuando se ven como enemigas y viven en el mismo territorio, el país en cuestión está listo para la guerra civil. Poco importa si la ruptura es étnica, religiosa o política. Llega un momento en que la lucha por el poder y la dominación se convierte en un conflicto militar.

En las últimas décadas hemos presenciado luchas entre los ciudadanos de las diferentes repúblicas yugoslavas (serbios, croatas, bosnios, eslovenos), entre las ramas del islam (seguidores de uno u otro dirigente), entre israelíes y palestinos. Los resultados son siempre catastróficos. Solo se me ocurre un ejemplo positivo: Sudáfrica” (Tzvetan Todorov).

Todorov no nos dice en esta cita que todo vaya bien, pero no estalló la guerra civil. Los años de la política del apartheid, instaurada por la minoría blanca, hicieron que la mayoría negra acumulara un inmenso rencor, de modo que el conflicto armado parecía inevitable, pero la cordura (algo que los griegos llamaban prudencia) de Nelson Mandela, el jefe histórico del African National Congress (ANC), lo evitó.

Nelson Mandela, igual que otros africanos negros de su generación, nació y creció en un país marcado por un racismo institucionalizado. Las duras políticas conocidas como apartheid del partido nacional afrikáner, que eran la minoría blanca que detentaba el poder, fomentaban el desprecio, la violencia y el odio racial.

En uno de los fragmentos de su libro autobiográfico Long Walk to Freedom (“El largo camino hacia la libertad”), nos explica cómo su vida estaba siendo coartada por ser de una raza determinada: “Ser negro en Sudáfrica supone estar politizado desde el mismo momento del nacimiento, tanto si se reconoce como si no. Un niño africano nace en un hospital solo para negros, llega a casa en un autobús solo para negros, vive en barrios solo para negros y va a una escuela solo para negros, en el supuesto de que vaya a la escuela.

Foto: El Heraldo

Nelson Mandela tiene una estatua delante de los edificios de la Unión en Pretoria, Sudáfrica.

Este niño, cuando crece, solo puede aspirar a trabajos para negros, alquilar una casa en un municipio solo para negros, viajar en trenes solo para negros y ser detenido en cualquier momento del día o la noche para enseñar su pase y, si no lo tiene, será arrestado y puesto entre rejas. Su vida está determinada por las leyes y regulaciones racistas que anulan su desarrollo, debilitan su potencial y consumen su vida”.

No se puede clasificar a un hombre como Nelson Mandela: abogado, activista, idealista, preso, presidente de Estado…Fue alguien que siendo adulto pudo haber buscado la estabilidad y la prosperidad económica dentro del marco de una sociedad injusta. Pero, en vez de esto, se sintió con la responsabilidad de cambiar la situación en su país. Esta elección le costó su comodidad, sufrió la violencia en primera persona y muchas privaciones.

Es en estas circunstancias donde se forja un héroe para Sudáfrica, para el continente africano en general y para el mundo entero. Dio una gran lección de lo que es capaz de hacer un ser humano que vive los valores universales y los pone al servicio de los demás.

La lección de Mandela
A finales de los años 80, los políticos blancos de Sudáfrica han entendido la condena casi universal de la que son objeto, saben que deben enmendar la legislación, pero temen que la mayoría negra, que se ha hecho fuerte tras años de injusticias y humillaciones, caiga en la tentación de hacerles pagar las afrentas sufridas.

Una difícil negociación
En 1989, Mandela concreta que, mientras el régimen del apartheid no se ponga en cuestión, no acepta la negociación. En 1990, Frederik de Klerk llega al cargo de presidente. Libera a todos los prisioneros políticos y durante cuatro largos años Mandela negocia. Son cuatro años de sensatez, rechazando la violencia, aunque los miembros de su partido se la piden, las explosiones populares son terribles, se derrama más sangre en esos años que en las cinco décadas anteriores.

Nelson Mandela decide convencer a sus enemigos, no eliminarlos. Recuerda los objetivos del Congreso Nacional Africano: abolir el apartheid, instaurar el principio de igualdad ante la ley y el sufragio universal. Estas palabras tranquilizan a los afiliados ortodoxos, pero llegan algunas sorpresas. Recuerda el programa que defiende dos principios: igualdad para los negros, seguridad para los blancos. Incluso dice: valoramos en su justa medida su aportación al desarrollo de este país.

Se sale del esquema de colonizadores y colonizados y habla de dos grupos de ciudadanos con pretensiones legítimas. Se alza por encima de los odios y los miedos, y se sitúa al margen de esta eterna espiral de violencia.

El cambio es más evidente cuando habla en nombre propio. De la cárcel decide hablar solo de la parte positiva: “Hay carceleros con muestras de bondad, que han entendido nuestro punto de vista”.

Sus palabras son el mejor antídoto contra el resentimiento. Decía: “En la cárcel, mi rabia contra los blancos se apaciguó, pero mi odio al sistema se intensificó”. Así separó el sistema de las personas.

Sus palabras contrarían a los miembros de su partido, pero si él, que ha pasado en la cárcel más tiempo que los demás, puede hacer el gesto de aceptar a los antiguos enemigos... Ilustra una actitud rara en los anales del activismo: resistir sin odio y fraternizar con el antiguo enemigo.

Foto: El Heraldo

Mandela y su vicepresidente, Frederik de Klerk, en el recibimiento del Nobel de la Paz.

En 1993, uno de los dirigentes más populares, Chris Hami, es asesinado por un extremista blanco. Este asesinato es una provocación para torpedear el proceso de democratización. Mandela expresa en su discurso todo el amor que siente por Hami, recuerda que el asesino es blanco y que la testigo que permitió detenerlo también era blanca, y que los que se dejan llevar por la venganza solo sirven a los intereses de los asesinos. Detiene el enfrentamiento militar con una conversación digna de las enseñanzas de Confucio. Recibe al general Viljoen en su casa, le ofrece el té. La manera de proceder consiste en iniciar una relación directa, verbal y no verbal con el adversario, pone en práctica la política de la conversación.

Y se produjo el milagro. Sus interlocutores acaban apreciando a Mandela. Como Lincoln, sigue la gran estrategia de cómo eliminar a un enemigo de la manera más eficaz: convertirlo en amigo.

Mandela será elegido presidente de Sudáfrica el 9 de mayo de 1994. Durante su único mandato sigue centrado en reunificar poblaciones opuestas en su país. Alienta la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, presidida por Desmond Tutu, cuyo objetivo es saldar las querellas del pasado. Ante los delitos racistas, se otorga el perdón a los que expresan arrepentimiento público; en caso contrario, deben rebatir ante los tribunales su culpabilidad, con el riesgo de ir a la cárcel. El lema era: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”.

Nombra ministro al jefe zulú adversario, Buthelezi. Y en 1995 se implica en la defensa del rugby, popular entre los blancos, pero aprovecha el deporte para consolidar el país.

Sus principios inamovibles
Sus principios generales, que reitera en toda ocasión y que son su gran lección, se resumen así:

Postulado político: sea cual sea vuestro nivel de adhesión a una causa, debéis renunciar a todo absoluto y admitir que el adversario no puede ser del todo malo. Se llega a acuerdos con los adversarios, no con los amigos.

Postulado antropológico: hay hombres y mujeres de buena voluntad en todas las comunidades y algo bueno en todo individuo.

Mandela logra una hazaña, una transición pacífica sin guerra civil, un Estado sin apartheid. Entonces deja el poder: no ha erradicado todos los males, pero no le corresponde a él, lo harán sus herederos.

En algunas culturas antiguas, los grandes personajes solían ser recordados por la posteridad por sus gestas buenas y heroicas, porque consideraban a la historia como una maestra de vida y aprendían de ella. Y aparte tal vez un pequeño regalo para este ser humano excepcional que cumplirá cien años de nacimiento el próximo 18 de julio de 2018 sea recordar y revivir su conmovedora historia, valor y gran ejemplo.

Tal vez no haya mayor regalo para una persona que ha luchado toda su vida por la justicia y los derechos humanos que reconocerle su obra, mostrarle respeto e intentar no olvidar los valores universales que ha defendido y que defenderán aquellos que se atrevan a vivirlos.