Selección de Grandes Crímenes: La lista del padre Santos (Primera parte)

Ella se llamaba Filomena; allí afuera están su abuela y su mamá. Tenía solo diecisiete años... Dicen que nunca se fijaron que la muchacha estuviera embarazada, creyeron que se había engordado porque trabajaba en la iglesia"

  • Actualizado: 09 de agosto de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: La lista del padre Santos (Primera parte)

PERROS. El camino estaba húmedo. Era un camino real, bordeado de árboles que se alzaban detrás de un largo y viejo muro de piedra. Más allá crecían las milpas verdes, llenas de vida, con elotes hermosos de largas cabelleras de oro. Al otro lado pastaba el ganado en un potrero que se alejaba hasta perderse con el bosque que empezaba al pie de las montañas. Era temprano, el sol asomaba a lo lejos y subía despacio bajo un cielo gris que empezaba a cargarse de lluvia. Nada más bello que el campo, pero cuando parece un paraíso y no la escena de un crimen tan horrible como detestable.

Detrás de una roca enorme, rodeada de arbustos, estaban tres perros grandes y furiosos que gruñían, ladrando y enseñándose unos a otros los largos colmillos, manchados con sangre fresca. Comían y se peleaban por la comida que acababan de desenterrar de una especie de tumba improvisada que alguien había excavado entre la roca y el muro, donde la tierra era más blanda y estaba cubierta por las ramas tupidas de los arbustos. Desgarraban masticaba, tragaban y se lanzaban dentelladas entre ellos. Uno se comía un bracito, triturando con hambre los huesos; el segundo arrancaba lo que quedaba de una pequeña pierna y el diminuto pie, mientras el tercero se atascaba con las entrañas que seguían unidas a un largo cordón umbilical. A un lado estaba una cabecita llena de sangre y tierra, ya separada del pequeño tronco, que pronto desaparecería entre los voraces hocicos de los perros.

¿Cómo habían encontrado aquel siniestro festín? Pues nadie podría decirlo. Se veía que escarbaron con desesperación, esa que provoca el hambre, y juntos sacaron de aquella fosa los restos que engullían a grandes tarascadas. Por supuesto, aquel era un potrero no un cementerio, y lo que comían los perros era lo que quedaba de un feto, tal vez un niño recién nacido que alguien no quiso que viniera al mundo.

Don Arcadio se bajó del caballo. Desde aquella altura se veía sobre el muro lo que estaba pasando cerca de la roca. Sacó su revólver de la cintura e hizo dos disparos al aire. Los perros más hambrientos que asustados lo vieron goteando sangre de entre los dientes y uno de ellos se atrevió a gruñir, desafiante. Dos disparos más, y los animales entendieron que el revólver de don Arcadio estaba hablando con ellos. Sin embargo, el más terco le dio una mordida más a un pie que tragó de un solo bocado. Pero fue lo último que hizo. Una bala le atravesó la cabeza.

“Al principio no vi bien qué era lo que se estaban comiendo los perros -les dijo don Arcadio a los policías-, pero vi la cabecita del niño y entendí de golpe. Y ese perro se comió una patita... Por eso lo maté, para que le saquen de la panza las pruebas. Los otros dos se perdieron y no les disparé, porque podía matar una de mis vacas”.

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LA TUMBA

No era muy profunda, la abrieron con prisa y con mayor prisa la cerraron; luego pusieron algunas piedras sobre el montoncito de tierra húmeda y una rama recién arrancada. Adentro había sangre. Afuera quedaban los restos de un recién nacido.

“Esto es de lo más horrible que he visto en años y años de carrera” -dijo el oficial de la Policía de investigación que llegó a la escena.

“Por lo que queda de su entrepierna -agregó otro de los agentes-, era un varoncito. Los perros casi se lo comen todo”.

“¿Quién pudo ser la desgraciada que hizo esto? -preguntó don Arcadio.

“Debe ser de por aquí -respondió el oficial-. No creo que sea difícil encontrarla”.

“Aquí hay muchas aldeas y caseríos, señor, y la gente se pierde en estas montañas”.

“Don Arcadio -lo interrumpió uno de los hombres que estaban entre los curiosos, acompañados de mujeres y varios jóvenes-, entre cielo y tierra no hay nada oculto, y estoy seguro de que muy pronto nos vamos a dar cuenta de quién es la mal nacida que vino aquí a botar a su hijito”.

“Debe ser de por aquí -dijo don Arcadio-. Y ha de ser una muchacha...”

“O una esposa que le haya pagado mal al marido, don Arcadio; recuerde que muchos hombres de aquí se fueron de mojados, y no han regresado en años... Y... no es bueno que la mujer esté sola”.

INVESTIGACIÓN

Entre los agentes de la Policía de Investigación había dos mujeres, que no solo estaban indignadas, estaban enfurecidas.

“Vamos a encontrar a esa basura humana” -dijo una de ellas.

“Aunque sea lo último que hagamos” -respondió la otra.

Y la cacería comenzó aquella misma hora. Empezaron por hablar con los más viejos. Pero nadie sabía de alguna mujer que hubiera dado a luz en aquellos días.

“Hay varias embarazadas -dijo una de las mujeres más ancianas-; pueden ir de aldea en aldea y allí las van a ver, pero de una que haya parido ayer, o en la madrugada, no sabemos nada. Tal vez me hubieran llamado porque yo soy partera profesionista, con permiso del ministerio de Salud... Y las conozco a casi todas”.

“Vamos a regresar al pueblo -dijo el oficial-, los técnicos de Medicina Forense se van a llevar lo que queda del feto a Tegucigalpa... Nosotros vamos a informar a Juticalpa”.

Acababa de decir esto cuando el chofer de una de las patrullas se acercó al oficial.

“Mi inspector -le dijo-, lo están llamando por radio... Dicen que no le caen las llamadas a su teléfono”.

LLAMADA

“Mi inspector -dijo una voz chillante a través del aparato-, mire que aquí estamos en el centro de salud de Manto y tenemos una muchacha que se está vaciando en sangre... Y dice que ella mató a su hijito, pero lo demás no se le entiende... Según la enfermera, esta mujer tiene unas cinco horas de haber parido...”

El oficial dio la orden, subieron a las patrullas y llegaron a Manto en un suspiro. No estaban lejos. Cuando llegaron al Centro de Salud corrieron hacia donde estaba la muchacha. Tenía los ojos abiertos y fijos, la boca abierta y seca, y estaba empapada en sangre.

“Murió hace un par de minutos, señor -le dijo la enfermera al policía-; se desangró...”

“Me dijeron que confesó que ella misma había matado a su hijito -exclamó el oficial-. ¿Qué fue lo que dijo?”

La enfermera hizo una pausa.

“Ella se llamaba Filomena; allí afuera están su abuela y su mamá. Tenía solo diecisiete años... Dicen que nunca se fijaron que la muchacha estuviera embarazada, creyeron que es que se había engordado porque trabajaba en la iglesia y allí el padre come bien...”

“¿Trabajaba en la iglesia?”“Sí”.“¿De qué?”

“Pues aquí nos conocemos todos, señor. Ella limpiaba, barría, le ayudaba al padre a llevar la casa...”

“Bien... Bien... Dígame ¿qué fue lo que dijo sobre el niño muerto?”

“Dijo que ella lo había matado. No es que se lo dijera a alguien en particular; lo decía como si estuviera delirando. Yo lo maté, decía, yo maté a mi hijito. Él me llevó al potrero y allí lo eché en un hoyo que hizo él mismo. Decía que no debía nacer aquel niño porque era hijo del pecado y estaba trayendo al diablo al mundo... Y que ella lo mató... Lo echó en el hoyo y estaba llorando...”

“¿Eso decía?”

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“Sí -respondió la enfermera, limpiándose las lágrimas-. Yo le pregunté quién era él, pero me dijo...”

“Llame al padrecito... Llame al padrecito. No dijo nada más, y murió”.

EL PADRE

“¿En qué puedo ayudarle a la Policía, señores? -dijo el padre, con voz suave y mirada serena y agradable- Soy el padre Santos”.

“Padre -contestó el inspector-, ¿conoce usted a Filomena Zelaya?”

“Sí, hijo, la conozco bien -se apresuró a responder el sacerdote, con las manos unidas-. ¿Qué es lo que pasa con ella? Por cierto, hoy tenía que venir temprano a la casa cural, y, a esta hora, no se ha presentado”.

“Padre -dijo el inspector, levantando la voz-, sabemos que usted sedujo y embarazó a la muchacha... Y que fue con usted al potrero donde parió al muchachito y lo enterraron... Tenemos la confesión de la muchacha, que está en el Centro de Salud, casi desangrada”.

“Esas son palabras del demonio, señor -respondió el sacerdote, sin que ni siquiera un solo músculo de su cara se moviera-, y no sé de qué es lo que me está hablando”.

Hizo una pausa.

“Dice que está en el centro de salud, ¿verdad? Pues vamos allá para verla”.

El inspector se estremeció ante la serenidad del sacerdote. Había lanzado aquella acusación, seguro de que el hombre caería en la trampa, pero no había sangre en sus venas; era hielo, puro hielo.

“¿Vamos?” -dijo.

“¿Dónde anduvo usted esta mañana, padre?” -preguntó de repente el detective.

“Haciendo mi trabajo pastoral, hijo -contestó el sacerdote-; ¿por qué lo pregunta?”

Vio que los ojos del inspector estaban fijos en sus zapatos.

“¡Ah! -exclamó-. El lodo en mis zapatos. Es normal en este pueblo, hijo. Mire, con las lluvias las calles están llenas de agua y de lodo. Y mi trabajo es pastorear ovejas, y voy de casa en casa muchas veces”.

“¿Dónde estuvo hoy?”

“En dos casas, hijo, muy temprano. Una, la casa de don Nicanor, que está muy anciano y lo está consumiendo el cáncer de próstata. Me llamaron para que fuera a darle los santos óleos... Y la segunda, la casa de doña Martha, que ya días no viene a misa, y, como bien sabe, me preocupo por eso... Vamos al centro de salud”.NOTA FINAL. Dos semanas después de entierro de Filomena, los moldes de las huellas de zapatos que los técnicos de inspecciones oculares levantaron en un molde de yeso en la escena del crimen estaban en manos del inspector. Con ellas, corrió hacia el pueblo. La iglesia estaba cerrada.

“No podés catear una iglesia -le dijo uno de los jefes desde Tegucigalpa-; ni siquiera te podés meter a la casa cural... Preguntále al fiscal si tiene las agallas de pedirle eso a un juez... De por sí, el nombre de la Policía anda por el suelo, y vos metiéndote en una iglesia”.

“Tengo el molde en yeso de las huellas que encontramos cerca de la fosa del niño -replicó el oficial-, creo que coincide con las de los zapatos del sacerdote. Yo se los vi puestos el día que encontraron al niño... Ya confirmamos las huellas de los zapatos de Filomena, la muchacha muerta. Ella dijo que el hombre fue con ella”.

“Por muy seguro que estés, hablá con el fiscal, si el juez le da la orden”.

En aquel momento se detuvo un pick up blanco frente a la iglesia; de él bajó el sacerdote.

“¿Usted de nuevo por aquí, inspector? -le dijo el sacerdote-. Bienvenido. Imagino que desea hablar conmigo”.

“Quiero ver sus zapatos”.“Aquí están”.“Los que andaba puestos hace dos semanas, cuando murió Filomena...”

“¿Los que usted me vio llenos de barro?”

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“Esos”.

“Pues ya no los tengo. Los deseché. Estaban gastados y viejos”.

“Gastados del tacón hacia afuera -exclamó el inspector-, y el izquierdo, con el centro de la plantilla más gastado que el derecho”.

“¡Ah!, no soy tan observador... Estaban viejos; los tiré a la basura, y como tengo por costumbre quemarlo todo”.

“Usted llevó a la muerte a Filomena”.

“¡Ah!”

“Y la obligó a matar a su hijo...”

El sacerdote, un hombre de unos treinta y dos años, alto, delgado, bien parecido y de carácter apacible, exclamó de nuevo:

“¡Ah!”

“Voy a acusarlo directamente... Usted es el asesino”.

El sacerdote sonrió.

“Usted me agrada -le dijo al oficial-; hombres como usted, tan apasionados, son los que hacen que sea verdad eso que dicen de la Policía: que es más lo que inventa que lo que descubre”.

¿Cuál era la verdad? ¿Tenía razón el oficial?

Cinco meses después recibió una llamada. Era una mujer.

“El padre Santos es un maldito -decía la voz enfurecida-; él embarazó a Filomena y la obligó a deshacerse del niño. A mí me preñó y me exigió que abortara... Y yo le hice caso, porque tengo un novio en san Esteban... Pero, tuve que ir a Tegucigalpa para que me hicieran un legrado... Y a él no le importó... Mi novio me dejó y el padre Santos ni siquiera ha venido a verme”.

“¿Quién habla?” -preguntó el inspector.

“Usted me conoció cuando trajeron a Filomena desangrándose...”

“¡La enfermera!”

La comunicación se cortó. Cuando el inspector regresó al pueblo, el padre ya no estaba. Lo trasladaron a un pueblo en las montañas de Guatemala. La enfermera, joven y bonita, se recuperaba en una cama, entre las sombras de su cuarto y la ira de su madre.

“Fue el padre -le dijo al oficial-, y no solo lo hizo con Filomena y conmigo... Le voy a dar la lista”.

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