¿Qué sucedió aquella mañana? ¿Por qué Julio estaba armado en su propia boda? ¿A qué le tenía miedo? ¿De qué, o de quién se protegía? ¿Qué era lo que esperaba? Y, ¿por qué su papá se expresó de aquella manera? Dijo viendo el cadáver de su hijo: “Esto tenía que pasar tarde o temprano”. ¿Por qué su esposa estuvo de acuerdo con él? Y, ¿por qué los agentes de capturas no esperaron otro momento para detenerlo?
“Sabíamos que siempre estaba armado -me explicó el comisionado, que era comisario en aquel tiempo-, y sabíamos que siempre había gente armada con él. Julio era hombre peligroso”.
“¿Era delincuente?”
“Bueno, la verdad no se le libró orden de captura por buena cosa; aunque no era delincuente en el sentido del crimen organizado o algo parecido. Su familia siempre fue adinerada, millonaria, desde los bisabuelos paternos; gente que llegó a Olancho hace unos trescientos años, allá por 1700. Vinieron de España, dicen que con una mano adelante y otra atrás, pero el primero de los viejos se hizo rico con el oro del río Guayape, con maderas de color, con miel de abeja y con ganado. Es lo que cuentan. Pero en esos días, Julio, sus hermanos y su papá eran mucho más ricos; financiaban políticos de los tres partidos, pagaban ejércitos privados para cuidar sus propiedades, y ni los narcos más poderosos se atrevían a meterse con ellos. Es más, se dice que una vez un avión aterrizó en una de las carreteras de la hacienda más grande de don Julián; llegaron los enviados del narco, que me voy a reservar el nombre, aunque está en Estados Unidos, y mientras descargaban la mercancía, recargaban combustible y metían paquetes envueltos en plásticos. Llegaron los hombres de don Julián, los rodearon y el propio viejo llamó al jefe narco y le dijo que aquella era la primera y única vez que usaban sus tierras para hacer aquel negocio. “¿Te gustan los enemigos de verdad? -le preguntó-. Pues aquí vas a pegar con uno. Hacé tus cosas lejos de mis tierras, que eso será asunto tuyo. La próxima vez vas a conocer el infierno en vida. Yo no soy el Coque ni Ramón. Y no te estoy amenazando, te lo estoy advirtiendo”. Y el señor todopoderoso nunca más se volvió a meter en las tierras de don Julián. Así era de poderoso y de bravo ese señor”.
“¿Está vivo todavía?” -le pregunté.
“Sí. Está viudo y siempre triste, ya no trabaja y sus hijos se encargan de todo”.
“¿Qué fue lo que pasó con Julio?”
JULIO
“Hace muchos años desapareció su esposa con la que tuvo tres hijos. Encontraron su pick up encendido cerca de Gualaco. Nada más. No se encontraron huellas digitales en el carro. Nada. Ni un pelo de la señora. Nunca se le volvió a ver. La declararon muerta, Julio era viudo y se volvió a casar. Ese día fatídico, Carmilla, cuando creímos que no estaría armado porque era su boda, disparó; el segundo disparo sería contra nosotros y tuvimos que actuar”.
“¿Por qué fueron a capturarlo?”
“A eso vamos”.
CUERPO
“Una mañana, familiares de Héctor Luján fueron a denunciar que acababan de encontrar su carro en la salida hacia Juticalpa, en una cuneta y con el motor encendido. Héctor no aparecía por ninguna parte. Cuando llegaron los muchachos de investigaciones, encontraron en el lugar huellas como de pelea, huellas de llantas de al menos tres carros más y de botas vaqueras. El suelo estaba húmedo por la lluvia del día anterior. Solo se encontraron huellas de Héctor. A eso de las dos de la tarde, avisaron a la Policía que cerca de una aldea que se llama El Pataste estaba un hombre muerto. No dijo nada más. Los policías fueron al lugar y se encontraron con que se trataba de Héctor. Estaba tirado boca arriba en la hierba húmeda todavía, a la orilla de un camino; le habían disparado en la cabeza; un solo tiro. Gonzalo Sánchez, el mejor maestro de todos los detectives de investigación, analizó las fotografías y dijo que le habían disparado de pie y que la persona que disparó era de baja estatura. Héctor era alto, de casi dos metros, bien parecido, fornido y vestía como hombre rico, a pesar de que era un pequeño comerciante de Juticalpa. Andaba un anillo de oro grueso y con un rubí; una esclava de eslabones planos y gruesos; una cadena con un crucifijo; faja de piel de cocodrilo con hebilla de oro, adornada con un caballo, y botas de piel de cocodrilo. Y en su billetera, del mismo material, andaba mucho dinero, y una fotografía con una dedicatoria. Era de la mujer que “amaba”, porque eso decía en la parte de atrás de la foto. El abogado Gonzalo, a quien brindo mi admiración y respeto, dijo que habían raptado a Héctor en la salida de la ciudad, y que lo llevaron hasta aquel lugar para entregárselo a alguien que tenía una cuenta pendiente con él. No le robaron nada, a pesar de que solo en joyas y dinero andaba una fortuna. Aparte de la ropa fina que vestía”.
“¿Por qué lo mataron?”
El comisionado sonríe.
“Pues, por meterse con mujeres ajenas. Eso fue lo que averiguaron los muchachos en Catacamas y en Juticalpa, pero no pudieron comprobarlo. Los rumores eran que Héctor tenía relaciones con una mujer casada. Todos sabían quién era la mujer, pero nadie se atrevía a decir el nombre. Y, cuando la señora de Julio desapareció, la Policía quiso armar un caso de asesinato, pero no podían acercarse a nadie de esa familia. Entonces mataron a Héctor. Eso fue como unas dos semanas después de que la mujer se perdió. Los muchachos de Medicina Forense embalaron las cosas de Héctor, buscaron un casquillo de bala, pero no encontraron nada. Fue en la autopsia que encontraron la bala en el cerebro de Julio. Era sólida, de 9 milímetros. En el laboratorio de balística se supo de qué pistola había salido. La había comprado un hombre de Catacamas en la Armería de Tegucigalpa. Lo buscaron, pero no apareció por ninguna parte. Entonces se creyó que había comprado la pistola con documentos falsos, pero eso fue uno año antes de que la mujer de Julio desapareciera”.
DATOS
El comisionado, después de una pausa, abrió un fólder, mostró datos de la venta de la pistola, fotos de la señora y de Héctor y, al final, una fotografía de la pistola en el suelo frente a la Iglesia, seguida de fotos del cadáver de Julio. Y dijo:
“Esta era la pistola que compró el hombre de Catacamas. Lo descubrimos en el laboratorio. Comparamos las balas disparadas en balística con la que mató a Héctor y era la misma pistola. ¿Por qué la andaba Julio? Pues, porque la compró uno de sus hombres de confianza. ¿Quién es? No se sabrá nunca. Digo yo”.
“Pero a Héctor lo mataron diez años antes de que ustedes tuvieran la pistola”.
“Así es. Pero, recuerde un detalle importante. En la billetera de Héctor, había una foto con dedicatoria escrita por él: “La mujer que amo”, decía. Lo llevaron para matarlo, no para robarle ni para registrarlo o quitarle nada. Y aquella foto era la foto de la esposa de Julio”.