RESUMEN. Eva desapareció una tarde en la que fue a la pulpería a comprar para el desayuno del día siguiente. Iba con su perro “Canelo”, pero no regresó jamás a su casa. Cuando el perro apareció, estaba herido en una pata, tenía un colmillo quebrado y sangre en los dientes.
Chillando, soportando el dolor y caminando solamente con tres patas, llevó a la familia de Eva más allá de la carretera que de La Libertad lleva a Comayagua, y se puso a escarbar desesperadamente en una tumba improvisada, bajo un árbol y a la orilla de la quebrada. Ya había intentado sacar el cuerpo de la niña. Los técnicos de inspecciones oculares encontraron en la tierra la uña que se arrancó en su desesperación por sacar a Eva de la fosa.
AGENTES
El papá, dos vecinos y sus hermanos, habían quitado la tierra de la tumba, dejando el cuerpo de la niña al descubierto. El valiente jefe de la Policía de La Libertad cuidaba la escena, y se mantenía alejado del perro. Eva estaba desnuda de la cintura hacia abajo.
“La violaron -dijo el agente a cargo del levantamiento-; la golpearon en la cara, creo que le quebraron el brazo derecho y después de violarla, la estrangularon. El perro trató de defenderla, y atacó al asesino, pero nada más pudo hacer. Que los muchachos de inspecciones oculares busquen el colmillo del perro, y que busquen restos de sangre cerca de la fosa. Creo que fue aquí cerca donde ese bárbaro violó a la niña y después la enterró, haciendo la tumba con un machete, el mismo con el que hirió al perro. ¡Vamos, a trabajar”!
El fiscal estaba conmovido. La madre de Eva lloraba, el papá estaba furioso, tragándose su dolor; algunos vecinos rezaban, otros maldecían.
“Hay sangre entre estas piedras” - dijo, algunos momentos después, uno de los técnicos de inspecciones oculares.
“Excelente -dijo el inspector-, y parece que es bastante sangre. Que tomen muestras y las lleven rápido a Tegucigalpa. Y quiero que dos de ustedes vayan al Centro de Salud del pueblo y pregunten si alguien buscó atención médica por mordeduras de perro. Aquí hay bastante sangre, y me parece que “Canelo” le hizo mucho daño, hasta que el desgraciado le dio el machetazo en la pierna”.“El Centro de Salud está cerrado en la noche, mi Inspector” -dijo el policía, haciéndose oír para demostrar su poder sobre la gente.
“¿No atienden emergencias?”
“No, señor, abren hasta las cinco”.
“Entonces, vayan a las clínicas privadas. Este hombre se estaba desangrando y necesitaba atención médica... En alguna parte debe estar”.“Qué levanten el cuerpo y lo lleven a Tegucigalpa -ordenó el fiscal, y, dirigiéndose al papá de la niña agregó-: Señor, es necesario que llevemos el cuerpo a Medicina Forense, necesitamos recoger algunos fluidos para compararlos con los del asesino, cuando lo encontremos... Usted entiende, ¿verdad?”
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“Sí -dijo el señor-, pero lo van a agarrar, ¿verdad?”
“Eso se lo aseguro -le respondió el inspector, quien añadió-: Me dijeron que le limpiaron el hocico y los dientes al perro porque tenía sangre, pero no tenía ninguna herida, solo el colmillo quebrado”.
“Sí, señor, le limpiamos la sangre con algodones” -contestó el hermano mayor de Eva.
“¿Dónde están los algodones? La sangre que está en ellos nos va a servir para saber si es del asesino”.
“Los boté en la calle, donde llegó “Canelo” -gritó el muchacho-, pero ahorita voy a buscarlos”.
Sin esperar más empezó a correr. Regresó quince minutos después con los algodones en una mano. Estaban rojos por la sangre.
BÚSQUEDA
Los agentes regresaron con malas noticias. Nadie había buscado asistencia médica en ninguna de las clínicas privadas del pueblo.
“Pero este hombre ha perdido bastante sangre, y debe tener la piel desgarrada -dijo el inspector-; debe estar en alguna parte”.
“Llamemos a los compañeros y que vayan al Santa Teresa”.A estas alturas, los agentes tenían información sobre los delincuentes del pueblo. El valiente y efectivo Clase I los mencionó por nombre y los vecinos estuvieron de acuerdo con él en que ninguno era capaz de hacerle algo así a una niña. Aunque el inspector no descartaba la posibilidad de que el criminal fuera vecino de La Libertad, pensó que podía ser un extraño que pasaba por la calle, vio a la niña, la raptó tapándole la boca y se la llevó.
Cuando el policía dijo esto, uno de los vecinos de la pulpería, dijo que, después de la tormenta, escuchó ladridos de perro, y que otros perros ladraron en otras casas, pero aquello le pareció normal. Pasaba siempre, y no sospechó nada. Además, nunca se imaginó que algo así estuviera pasando cerca de su casa. En la noche, las calles siempre están oscuras, y en ese barrio la gente se encierra temprano.EL HOSPITALEl inspector llamó a uno de sus compañeros de Comayagua y le dijo:“Andá al Hospital Santa Teresa y buscá información sobre un hombre que haya sido atendido por mordeduras graves de perro, en los brazos o en las piernas. Pero, vayan ahorita mismo”.
El cuerpo de Eva ya estaba en una bolsa blanca. Los técnicos de inspecciones oculares encontraron una de las sandalias de hule de la niña, sangre, con restos de piel y pelos del perro, y huellas de zapatos burros desgastados en la parte de afuera de los tacones.“Que levanten un molde de yeso -dijo el inspector-; deben ser zapatos viejos... y que busquen más huellas y gotas de sangre en la carretera... Ya está saliendo el sol y va a ser más fácil”.“Yo me voy con mi hija” -dijo el papá de Eva.
“Está bien, señor -dijo el fiscal-, pero solamente puede ir usted en el carro de la fiscalía”.
Un vecino se ofreció a llevar a la mamá y a los hermanos. Un tío de Eva y dos de sus tías más tres vecinos fueron con él.
Amanecía, el cielo estaba gris, y parecía que iba a llover de nuevo. Los técnicos de inspecciones oculares encontraron huellas de zapato burro en la carretera; estaban marcadas con sangre. Y había algunas gotas gruesas. El inspector llamó de nuevo a sus compañeros.
“Ya estamos aquí -le dijeron-; hace una hora atendieron a un muchacho por mordeduras serias de perro. Les dijo a los doctores que un perro lo atacó en el barrio Torondón, aquí, en Comayagua, y que él se quiso defender con el machete que hirió al perro, pero el animal ya le había hecho mucho daño. Tiene desgarros profundos de piel en la pantorrilla derecha, el pantalón estaba desgarrado y tiene mordeduras serias en el brazo derecho. ¡Ah!, y cuando le quitaron el zapato derecho, de esos del tipo burro, hallaron adentro un colmillo de perro quebrado. Los doctores lo tienen en una bandeja, con las gasas y el algodón que usaron para limpiarlo. Llegó al Hospital a eso de las once de la noche. Estaba perdiendo mucha sangre. ¡Ah!, y tenía un machete largo en una vaina de cuero”.
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“Todo eso está bien, pero ¿dónde está ese hombre?”
“Los médicos le dijeron que se quedaría en observación porque le costuraron las heridas, y hasta perdió piel en la pantorrilla, pero se fue por su propio pie, y nadie lo vio salir del Hospital”.
“Excelente. ¿Qué nombre les dieron los médicos?”
“No presentó documentos, pero dijo que se llamaba Jorge Sánchez, y dijo que vivía por la cementera y que trabajaba la agricultura”.
“¿Alguien lo reconoció en el Hospital?”
“Nadie”.
“¿Tocó algún objeto? La barra de la camilla, algún vaso...”
Los agentes hicieron preguntas. En un basurero estaba un vaso de plástico, en el que le habían dado agua para que se tomara dos pastillas de acetaminofén.
“Que nadie toque la camilla, y que vayan los muchachos de dactiloscopia. Y custodien el vaso. Recojan los algodones y las gasas, cuiden el colmillo del perro y tomen la declaración de los que lo atendieron, por si pueden hacer un retrato hablado. ¡Vamos!”.
“En el basurero hay varios vasos más, inspector”.
“¡Llévenlos todos a dactiloscopia! Pero, ya”.
RESULTADOS
A eso de las nueve de la mañana, los técnicos de dactiloscopia habían levantado huellas digitales de la barra niquelada de la camilla donde el hombre fue atendido. Los técnicos trabajaron con rapidez y entrega. En tres de los siete vasos que sacaron del basurero, encontraron huellas de mujer, en el cuarto, de un niño y en el quinto, de un anciano que estaba en observación desde las cinco de la tarde; y en los otros dos, de dos hombres jóvenes. Uno vivía en el barrio Torondón, y tenía cuarenta y tres años. No tenía ninguna herida, y no había visitado el hospital en un año. Dijo que no iba a La Libertad desde hacía mucho tiempo, y que no había salido de su casa desde las cuatro de la tarde.
El otro, se llamaba José Luis Sánchez Peña; no lo localizaron en la dirección que tenía en el Registro Nacional de las Personas. Pero, una anciana que vendía tortillas en una casita de madera, dijo que sabía quién era y que vivía con la abuela en Aguas del Padre, en la carretera a Siguatepeque. Que vivió allí un tiempo, pero que era “bolo y marihuano”, y nadie le daba trabajo, así es que se regresó para la aldea “para hacerle imposible la vida a la pobre Minga, la abuela; y que allí trabajaba la tierra”.
Tres patrullas llegaron antes de la una de la tarde a Aguas del Padre. El inspector pronto supo dónde vivía doña Minga. Rodearon la casa, salieron varios perros ladrando, se asustaron las gallinas y los cerdos, y salió a recibirlos una anciana con delantal que estaba haciendo tortillas con otras dos mujeres en un fogón afuera de la casa de adobes y teja.
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“¿Usted es doña Minga?”
“Sí, yo soy... ¿Para que me quieren?”
“Buscamos a José Luis Sánchez Peña, señora; su nieto”.
“¡Ay, Dios mío! Y, ahora ¿qué hizo?”
“¿Dónde está?”
“Allí, en su cuarto; bolo, como siempre”.
El fiscal le mostró a la señora la orden de captura, y ella les dio permiso para entrar a la casa. José Luis estaba dormido en una cama vieja. Lo levantaron, le vieron los vendajes en la pantorrilla y en el brazo y le decomisaron los zapatos, que tenían tierra y sangre; le quitaron el machete que tenía a un lado de la cama. Le leyeron sus derechos, y se lo llevaron. Al salir, doña Minga le dijo, con lágrimas en su rostro, y retorciéndose las manos:
“¡Ay, mijo! Ya sabía yo que ibas a terminar mal... Gracias a Dios que tu mamá ya está en el cielo para que no vea en lo que quedaste”.
NOTA FINAL
José confesó. Dijo que andaba tomado y que había fumado marihuana; que vio a la niña y que se la llevó. Que él perro quiso defenderla y lo atacó; pero él le dio un machetazo. Después “hice lo que hice”.
El juez le dictó auto de prisión, pero José no fue a juicio. Por su seguridad, lo trasladaron a la penitenciaría de varones de Támara. Una mañana, apareció colgado de una sábana. Dicen que se suicidó. “Canelo” sanó de la herida, aunque cojea para caminar. A veces se pierde el día entero y los padres de Eva lo encuentran echado sobre la tumba de la niña.