RESUMEN. Fue en febrero cuando mataron a “Tino”, justo tres meses después de haber llegado a la penitenciaría acusado de asesinar a machetazos a su esposa embarazada, a sus hijos y a un sobrino. Su hermano “Moncho” siempre fue a verlo.
“Cuando me despedí de él, la última vez que lo vi, me dijo que era inocente. ‘Yo no los maté, hermano -me dijo-. Te lo juro. Yo no fui’.
“Yo lo abracé con más fuerza. Era mi único hermano varón y mis papás nos crecieron muy unidos. Por desgracia, a ‘Tino’ le gustaba el guaro, y se dejó perder por ese maldito vicio” -dijo.
Cuando volvió a ver a su hermano, fue en la morgue. Lo llevó a su aldea, y lo enterraron junto a sus padres.
“‘Tino’ me dijo que era inocente -dijo ‘Moncho’-, y yo le creo, pero... solo él y Dios saben”.
Un mes después de la muerte de ‘Tino’, ‘Moncho’ fue a la penitenciaría, en Támara a “recoger las cositas que quedaban de su hermano”. Era un domingo. Llevaba rosquillas, queso y café para los compañeros de celda de su hermano. Wilson, un muchacho que esperaba condena por robo, lo recibió, y llamó a tres compañeros. Cuando le entregaron las cosas de su hermano en una funda de almohada, Wilson le dijo:
“‘Tino’ era inocente; se lo aseguro. Él no mató a su familia... El asesino fue otro”.
“¿Usted sabe quién fue?”
“No, pero le aseguro que ‘Tino’ es inocente... Su error fue agarrar el machete y dejar allí sus huellas... Él juró que nunca les haría un mal a sus hijos ni a su mujer; y tampoco a su sobrino”.
“Bueno -dijo Moncho, con lágrimas en los ojos-. Ahora, ¿qué puedo hacer por mi hermanito?”
Wilson bajó la voz. Allí todos oyen y todos hablan. Bien se dice que la cárcel es peor que el infierno, si es que el infierno existe, por supuesto. Y dijo:
“Mire, man, aquí hace como un mes y pico mataron a tres manes. Los llevaron al baño y los ahorcaron. Y uno más está desaparecido, pero no es que se haya pelado... No. Aquí se dice que esos manes fueron los que mataron a ‘Tino’, y nadie les dio permiso para eso. Pero, el que está perdido parece que fue el que les pagó; un viejo que se llama Leoncio, que estaba preso por robar ganado allá en Olancho”.
‘Moncho’ abrió los ojos más de lo normal.
“¿Don Leoncio Chávez?”
“Ese mismo. ¿Lo conocía?”
“Sí, era un señor de Manto que tenía ganadales y pilas y pilas de tilapia, cerdos y cría de pollos... Vendía la leche y tenía billete... Pero un día lo agarraron con un camión lleno de ganado robado... Ya días que lo andaba siguiendo la Policía, hasta que unas gentes de San Esteban le pidieron permiso a ‘Monchito’ para matarlo, pero ‘Monchito’ estaba en sus líos y se lo dejó todo a las autoridades. Así cayó don Leoncio. ¿Pero por qué les pagó a los que mataron a mi hermano?”
“Pues, eso no sabemos. Lo que sí le aseguramos, es que ‘Tino’ era inocente... Y si ese señor estuvo metido en su muerte, algo grande hay detrás de esto. Sería bueno que vaya a la Policía”.
LA ESPAÑOLA
Es guapa, piel color canela, ojos grandes y hermosos, labios sensuales y de baja estatura. Habla con acento lleno de autoridad y ama la investigación criminal. La mañana en la que “Moncho” llegó a la Policía de investigación, ella estaba atendiendo a otras personas. “Moncho” habló con los detectives que llevaron el caso de su hermano, y le dijeron que ya nada había que hacer, y que el caso estaba cerrado. Y lo despidieron, pero “La Española”, que lo había oído todo, lo detuvo, y le dijo:
“¿Cree usted en todo lo que le dijeron esos hombres?”
“Sí, señorita, yo les creo, porque resulta que don Leoncio era de allí, de la zona donde vivimos nosotros, y me gustaría saber por qué fue que mandó a matar a mi hermano”.
“Se supone que fue en castigo por lo que supuestamente hizo. Allí en la cárcel siempre les hacen eso a los que abusan y matan niños”.
“Pero, ‘Tino’ era inocente”.
“Sus huellas digitales están en el machete”.
“Sí, yo sé... Pero si alguien se interesara en buscar la verdad, aunque sea para que el espíritu de mi hermano descanse en paz”.
“La Española” se quedó pensando unos momentos. Luego dijo:
“Dígame, ¿ese don Leoncio tenía enemistad con su hermano?”
“No, nunca. Nosotros trabajamos para... otro señor”.
“¿Y sabe si tenía amigos o empleados en esa zona?”
“Mire, que allí todos nos rebuscamos la vida, y lo más seguro es que hay gente que trabajó con él en más de una vez”.
“¿Y usted está seguro de que su hermano era inocente?”
“Se lo juro, señito”.
“Bueno. Vamos a hacer algo...”
PN
No es que “La Española” no tuviera trabajo que hacer, lo que pasa es que es una persona buena, y ama la justicia por sobre todo. Así que, lo primero que hizo fue ir a la penitenciaría, preguntó por don Leoncio Chávez y le dijeron que seguía desaparecido, como si se hubiera fugado.
“Ayúdeme a saber quiénes visitaban a don Leoncio -le dijo al director-, sobre todo, en los tres meses que estuvo ‘Tino’ en esta prisión”.
Tardaron una hora entera. “La Española” regresó con una lista. Llamó a ‘Moncho’. Cuando vino a Tegucigalpa leyó los nombres despacio. Eran treinta y dos, entre hombres, mujeres y niños. Solo en aquellos tres meses.
“¡Este! -gritó ‘Moncho’-. ¡Este! ¡Solo conozco a este! Vive allí mismo, en la aldea de nosotros, y, por lo que sé, trabajó en la hacienda de don Leoncio, pero no sé nada más”.
“¿Conocía a su hermano este señor?”
“Sí, si eran casi vecinos, aunque, como usted sabe, señito, en las aldeas las casas están desperdigadas...”
“Remigio visitó a don Leoncio a principios de enero, y otra vez, en febrero. Días después mataron a su hermano. ¿Pero qué tiene que ver esta visita con el crimen?”
“No sé,señito”.
“Bueno, vamos a averiguar, pero me gustaría hacer algo antes. Regrese a su casa y esté pendiente de que lo llame. Y no le diga nada a nadie”.
LABORATORIO
“La española” fue al laboratorio de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI) a buscar algo que le interesaba, y que daba vueltas en su cabeza.
“Me gustaría ver el machete de este caso -dijo-, hay algo que quiero confirmar con los informes de dactiloscopia y del laboratorio”.
El encargado trajo una caja. Embalado estaban los machetes con los que se había cometido la masacre, todavía manchado de sangre seca, las botas de hule de “Tino”, la camisa que llevaba puesta ese día, el pantalón y hasta el calzoncillo. Calcetines no usaba. También estaba el machete que llevaba en la cintura, metido todavía en su vaina de cuero. “La Española” se puso guantes de látex, sacó el machete ensangrentado, lo miró una y otra vez, y lo puso a un lado. Vio las botas, la ropa y el segundo machete, y les dijo a sus dos compañeros:
“Aquí están las huellas de un índice y de un pulgar de una mano derecha, pero más atrás veo algo que me parece raro. Si lo vemos con la lupa es como si fuera otra huella al revés... Me gustaría que lo veamos en el laboratorio”.
“¿No creés que estamos perdiendo el tiempo? Esas huellas se confirmaron como del acusado; además, los testigos dijeron que tenía el machete en la mano cuando ellos llegaron, y si gritaba pidiendo ayuda era solo para despistar a la Policía... No creo que haya nada más que hacer”.
“Veamos bien las cosas -replicó ‘La Española’-; aquí tenemos el machete con el que mataron a esas personas, manchado de sangre ya seca. Tenemos un machete que el sospechoso andaba en la cintura, en su vaina, y del que no se despegaba nunca. Y este no tiene ni una sola mancha de sangre. Podemos decir que usó otro machete, pero se sabe que los machetes viejos para partir leña estaban en la casa, y nadie explica por qué no usó su machete preferido para cometer el crimen”.
“Lo planificó bien”.
“Ahora, ¿por qué no hay sangre en las botas de hule? Solo hay manchas en la plantilla, cuando él se acercó a la escena. Y tampoco hay sangre en la camisa ni en el pantalón, y en las fotos del sospechoso, vemos que no tiene sangre en las manos, en los brazos ni en la cara. Y por experiencia, sabemos bien que, quien mata a machetazos a varias personas, y más de la forma en que fueron asesinadas la mujer y los niños, el asesino, forzosamente tenía que mancharse de sangre. Y en estas fotos vemos que hay sangre en las paredes, en el techo, en el suelo...”
“¿Entonces?”
“No es posible que el sospechoso haya cometido el crimen sin mancharse de sangre”.
“Pero sus huellas están en el machete, y el forense comprobó que este es el machete asesino”.
“Porque lo es. De eso estamos seguros, pero ¿‘Tino’ era culpable?”
“Pues...”
“Vamos al laboratorio... Quiero ver bien estas huellas y que vengan los muchachos de dactiloscopia”.
HALLAZGO
Las huellas digitales de Tino seguían allí. El pulgar y el índice derechos. Pero había tres huellas más debajo de las de “Tino”, y en una parte del mango del machete que no fue revisado “porque las huellas de ‘Tino’ se veían claras en la sangre y esas fueron las que estudiaron”. “La Española” hizo una llamada. Después de colgar dijo:
“’Tino’ era derecho, o sea, que usaba la mano derecha. Y estas huellas son de una mano izquierda, de un zurdo. Vamos a ver de quién son”.
En la tarde tenían un nombre. Dos días después, “La Española”, dos patrullas de la Policía y una de la Policía Militar llegaron a la aldea de “Tino”. Cuando se detuvieron frente a una casa, “La Española” saltó del carro con una pistola en una mano.
“¡Remigio Castro! -gritó-. ¡Ríndase! ¡Es la Policía!”
“¡Entren! -dijo el ayudante del fiscal.
Pero en aquel momento un hombre a medio vestir corría por el patio, mientras tres perros ladraban con fuerza. “La Española” gritó:
“¡Remigio, ríndase!”
El hombre no hizo caso. Los policías corrían detrás de él. “La Española” hizo tres disparos al aire. Remigio se detuvo, levantó las manos y fue sometido.
“’Tino’ me fregó al cipote -confesó-. Una noche, mi chavalito fue a traerme a la cantina de don ‘Pancho’, y ya nos íbamos, cuando mi hijo se tropezó con ‘Tino’ y ‘Tino’ lo empujó, le dijo unas barbaridades y mi hijo cayó al suelo y se quebró un brazo. Esa noche estaba bebiendo en la cantina, lo seguí, y no sé dónde se quedó fondeado porque cuando llegué a su casa, como a las once y media, él no estaba; entonces me desquité con su familia. Los maté a todos, pero me faltaba él y le pedí a don Leoncio que me ayudara, en pago por los servicios que le di cuando él robaba ganado”.
“La Española” le preguntó:
“¿Te arrepentís de lo que hiciste?”
“Y ¿de qué sirve arrepentirse? Lo hecho, hecho está... De lo que sí me arrepiento es de ese guaro maldito”