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Carmilla Wyler
Este relato narra un caso real.
Se han cambiado los nombres.
LA NIÑA. Poco después de las seis de la tarde, Eva fue a la pulpería a compran pan, café, azúcar, mantequilla y comida para su perro “Canelo”. Había oscurecido, después de la tormenta que cayó sobre La Libertad, Comayagua, y solo quedaban el frío y una brisa leve, que hacían más espesa la oscuridad, y esto, unido al hecho de que, en los postes de la energía eléctrica, no había lámparas, y solamente algunos focos, en ciertas casas, iluminaban la calle. La pulpería quedaba a unas dos cuadras de la casa de Eva, y no ocuparía mucho tiempo para regresar. Pero, no regresó. Nadie volvió a verla con vida.
A las seis y media, su mamá empezó a preocuparse. Antes de las siete, su papá salió a buscarla. El dueño de la pulpería le dijo que Eva no había llegado, y que tampoco había visto al perro, que nunca se separaba de ella. El hombre fue a dos pulperías más, algo más lejos, y nadie le dio razón de Eva. Regresó a su casa, con la esperanza de que la niña ya estuviera allí. No estaba. Su esposa, su madre, sus hermanos y sus otros dos hijos, se desesperaron. El caos se desató en la casa, y los vecinos llegaron para ver qué era lo que pasaba. Alguien dijo que avisaran a la Policía.
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“¿Hace cuánto tiempo dice que la niña salió de la casa? –le preguntó, al papá de Eva, un policía más haragán que un árbol seco–. ¿Hace dos horas? ¿Tres? Pues, no hay por qué molestar a la Policía. Ya va a aparecer. ¿Cuántos años dice que tiene? ¿Trece? Pues, a los trece años, a las cipotas les da por andar jugando a los novios, y, a lo mejor, está por allí con algún chavalo... platicando, claro; y no hay de qué preocuparse. Así que, si mañana a esta hora no aparece, entonces, y según la ley, la Policía va a hacer su trabajo... ¿Estamos?”
Hay policías que ensucian el uniforme con su incapacidad y su prepotencia; y este es uno de esos.
“CANELO”
Pasaron las horas, y la familia de va, y un buen grupo de sus vecinos, la buscaron por todo el pueblo. Fue en vano. Eva no estaba en ninguna parte. Tampoco encontraron a “Canelo”. A la una de la mañana, los vecinos empezaron a rogarle a Dios que la niña apareciera. Y Dios iba a concederles su petición; pero, empezó, por el perro.
A lo lejos, por la calle medio iluminada, se escuchó un lamento. El papá de Eva alumbró con su foco de mano, y vio la figura de “Canelo”, que caminaba con una de las patas traseras levantada, y chillaba. Todos corrieron hacia él. El perro se dejó caer al suelo. Por supuesto, le preguntaron por Eva, y “Canelo”, inteligente como era, aulló y chillo con supremo dolor. Entonces, se dieron cuenta de que estaba herido. Era una herida larga y profunda en la pata trasera izquierda. Alguien le había dado un machetazo, y, seguramente, “Canelo” había sangrado mucho, porque estaba débil. Allí mismo, alguien vio que le faltaba una de las uñas de la pata derecha delantera, y que tenía tierra, lodo y piedras pequeñas entre los dedos, como si hubiera estado escarbando con desesperación en alguna parte. Volvieron a avisarle a la Policía, y el encargado no se movió.
“Si ya apareció el perro, ya va a aparecer la cipota” –dijo; y se quedó en su silla tranquilamente.Le dieron agua a “Canelo”, alguien le trajo leche, y una mujer le limpió la herida. Pero, el hermano mayor de Eva notó algo raro en el hocico del animal. Tenía sangre. Lo revisó, y la sangre estaba casi en todos los dientes. Pero, había algo más: le faltaba el colmillo superior izquierdo. Estaba quebrado cerca de la encía. ¿Cómo pudo pasar eso?
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El muchacho le limpió la sangre con algodón, y se dio cuenta que “Canelo” no tenía heridas en la boca. Alguien dijo que aquella sangre era de la herida que tenía en la pierna, que él se la había lamido, y, así era como los perros contienen la sangre de sus heridas, y se curan a sí mismos. Entonces, “Canelo” se levantó sobre tres de sus patas, empezó a caminar por donde había venido, y chilló varias veces.
Era un enorme perro pastor alemán, de pelo negro y dorado, cola caída y ojos color café. El papá se lo regaló a Eva siendo cachorro, y creció cerca de la niña, a la que amaba como solo saben amar los perros.
“Canelo quiere que lo sigamos” –dijo el hermano de Eva.El perro daba unos pasos, y miraba hacia atrás; chillaba, y volvía a avanzar. Entonces, lo siguieron. Cruzaron el pueblo, como en una procesión, y salieron a la carretera que va a Comayagua. El perro siguió, bajó por un camino de tierra arcillosa, siguió hasta la orilla de una quebrada, en el camino que llevaba a la cantera de piedra caliza, de donde sacaban material para la cementera, y, casi saltando, con la pata herida levantada, corrió hacia un lugar, debajo de un árbol de castaño. Allí, empezó a escarbar, mientras chillaba, como si llorara. El papá y los hermanos de Eva, algunos vecinos y dos mujeres, corrieron para ayudarle. Con las manos, escarbaron en aquel lugar, a la luz de focos y antorchas, y, poco a poco, fue apareciendo la carita de Eva. La mamá dio un grito, la abuela cayó de rodillas, y algunas vecinas lanzaron maldiciones al aire. Cuando quitaron la tierra, se dieron cuenta que la niña estaba desnuda de la cintura hacia abajo.
“¡La violaron! –gritó el papá”–. “Me mataron a mi niña!”
POLICÍA
Muñoz es un excelente policía. Tiene treinta años de servir y proteger a la población, y se ha enfrentado a delincuentes a bala limpia. En el sur, dos asesinos quisieron matarlo, armados con fusiles Uzi y Ak-47, y él se defendió. Lo llevaron a la cárcel, no solo por cumplir con su deber, sino también por defender su vida y la de sus hombres. Aquellos delincuentes eran criminales despiadados, que juraron que no irían nunca a la cárcel. Muñoz y sus policías estuvieron presos, en una muestra clara de que los buenos deben estar en la cárcel, y los malos en la calle. Hoy, sirve a la población en la posta de Loarque, en Tegucigalpa, y dice que será policía hasta el fin de sus días, porque “la gente necesita que la protejan de los delincuentes”. Y Muñoz sirve con devoción, a pesar de usar una prótesis, ya que en un accidente perdió su pierna derecha. El clase I Coello, el subcomisario Avelar y el inspector Lobo lo admiran por su entrega. Así deberían ser todos los policías, porque servir y proteger es su lema, y “por la gracia de Dios son policías”. Por supuesto, de todo hay en la viña del Señor, y hay pestes peores que la viruela que visten el sagrado uniforme en nuestros días; son demonios disfrazados de policías; y esta es una de las mayores desgracias de Honduras. Pestes como aquel policía incapaz, inútil y desinteresado que no quiso ayudar en la búsqueda de Eva, y que mostró su “poder” cuando llegó a la escena del crimen.
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“Que nadie toque el cuerpo –gritó, imponiéndose–; y quiten a ese perro de allí”.
“Canelo”, que, como todo buen perro, puede oler la estupidez y la soberbia humanas, le gruñó, lo miró con ojos amenazantes y se movió hacia él. “Si ese perro me muerde –gritó el valiente uniformado, que debería ser general–, le pego un tiro. Miren que ya está más allá que de acá”.
La gente se fue encima del policía, que echó mano a su fusil, y alertó a sus tres compañeros.
“Serás valiente para asustar a la gente indefensa, maldito basura –le dijo el papá de Eva–; pero, aquí no te las vas a dar de macho. ¡Jálale a esa m... si es que sos tan güevón!”.
Tierra, lodo y piedras cayeron sobre el general Patton de la Policía Nacional, que se hizo hacia atrás.
“Ya llamamos a la DPI” –dijo.
“¡Me vale v... lo que hayás hecho, maldito miserable! –le gritó el papá de la niña–. Te pedimos ayuda, y no hiciste nada; y, mirá, desgraciado, te doy una semana; oíme bien, una sola semana para que te vayás de aquí, o te juro que te vamos a ir a quemar con todo y posta...”.
“¡Ah! Con que amenazando a la autoridad!”
Eran casi las tres de la mañana. Los agentes de la Policía de Investigación llegaron a la escena del crimen.
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA...