Selección de Grandes Crímenes: El secreto que duró cincuenta años (Segunda parte)

La inimputabilidad es algo absurdo. Los únicos que no saben lo que hacen son los muertos

  • Actualizado: 20 de septiembre de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El secreto que duró cincuenta años (Segunda parte)

Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres.

50 AÑOS. “¿Por qué hiciste eso, José Lino? -preguntó el sargento, con tono conmovido-. ¿Qué hijo es capaz de venir al cementerio a media noche a dispararle más de setenta veces a la tumba de su propio padre?”

“Ustedes no saben nada -respondió el muchacho, escupiendo las palabras, más con dolor que con ira-. ¿Qué saben ustedes de lo que era ese viejo?

Hizo una pausa, porque algo, como un rollo de espinas, se atoró en su garganta.

“¡Era una bestia! -añadió-. ¡Era un monstruo peor que todos los monstruos juntos!”

Suspiró, como si quisiera calmar su espíritu en llamas.

“No voy a dejar de odiarlo nunca” -exclamó.

Ahora, estaba sentado en una vieja silla de espaldar alto, llena de remaches amarillos, que debía tener, al menos, cien años de antigüedad. No había expresión en sus ojos, se había encorvado su espalda, y su piel no era del mismo tono blanco y rosado de los dieciocho años.

“Tenía que suceder -dijo, después de una larga pausa-; era necesario. Dios no se queda con nada y no es cómplice de nadie, y yo no debí tomar la justicia por mi propia mano. A Cristo lo torturaron antes de asesinarlo en una cruz y murió perdonando a sus asesinos. ¿Y yo? ¿No debí perdonar? ¡No! Estaba seguro de que hacía lo correcto, pero estaba equivocado. Mis acciones dejaron a mis hermanos en desamparo, aunque nunca les faltó nada. Crecieron solos; mis hermanas hicieron lo que pudieron y mis dos tías, pues, fueron buenas... Pero, debí estar aquí, con ellos y con ellas, cuidándolo todo... Menos mal que los negocios no cayeron nunca... Siempre los gestioné desde mi celda... Era un asesino, pero, pensaba en mis hermanos, y en el patrimonio que teníamos. ¡Ay! del que se atreviera a pasarse de listo con ellos o conmigo”.

José Lino

“No me importa que se publique lo que ya se sabe -dijo-; en la cárcel, aunque muchos me repudiaban, me respetaban porque me temían. No es que sea un hombre malo. Allí, o nos damos a respetar, o terminamos con los abusivos encima. Y yo no soy de los que se dejan pisotear. Desde el primer día mostré mi carácter, y en vez de hacer enemigos hice muchos buenos compañeros. Tal vez dos o tres amigos, a los que les sigo enviando ayuda desde aquí”.

Se giró, tomó un fardo de documentos, que tenía dentro de una carpeta verde, y me lo entregó.

“Es el expediente de mi caso -me dijo-; es una copia, por supuesto, le quité las fotografías, porque me traen horribles recuerdos, pero ahí está todo lo que se debe contar. Aquí está el sargento Bardales, que me capturó en el cementerio, y allí están los números de contacto de los tres detectives de la DIC que descubrieron mis... errores. Hablé con ellos, y me dijeron que conocen a Carmilla. Están dispuestos a hablar con usted. Y están los números de mis abogados, y de tres compañeros de la cárcel, que salieron antes que yo, por si hay algo que preguntarles”.

“¿Por qué lo hizo?” -le pregunté.

“¿Los disparos? -me respondió-. ¿Por dónde quiere empezar?”

“Los disparos fueron una reacción colérica a algo. Sabemos que usted... los mató, pero nadie sabe por qué. Realmente, nadie”.

“Mis hermanas y mi hermano sí lo saben”.

“Pero, nunca han dicho nada”.

“Y en todo el pueblo, los viejos se encargaron de esparcir la verdad, aunque nadie estuvo seguro jamás de que todo fuera cierto”.

“Es un secreto que, al principio, no fue secreto. Yo soy parte de ese secreto; la primera parte, la más asquerosa... y la más dolorosa”.

Lágrimas

En aquel momento, algo se hundió en el pecho de José Lino. El sargento Bardales y yo lo vimos por un momento, y entendimos que había en él parte de aquel dolor que no iba a desaparecer por completo.

“Mi papá era mayor que mi mamá, cuarenta y cinco años. Ella tenía quince cuando me parió. Tres de las tías de mi papá, que vivían aquí porque nunca se casaron, asistieron a mi mamá. Ella era huérfana de madre. Mi abuela murió cuando nació ella, y las viejitas la trajeron a vivir aquí... porque era hija de mi papá...”

Aquí se mordió la lengua, y noté que palidecía profundamente. Dejó que pasara el tiempo. Después de un suspiro, dijo:

“Sí, mi papá era el papá de mi mamá... O sea, que era mi padre y mi abuelo al mismo tiempo... Mi mamá tenía poco más de catorce años cuando él la... forzó... y la embarazó. Y ella, no sé por qué, se quedó aquí, como su mujer. Luego, nació mi hermano Efraín, dos años menor que yo. Y no sé por qué no vinieron más hijos. Creo que es que mi papá ya no podía engendrar... No sé... Y fue allí cuando empezaron las cosas que quisiera olvidar. No lo entendí hasta mucho tiempo después...”

Guardó silencio de pronto.

“¿Qué es lo que no entendía?” -dije.

“El por qué mi mamá, a los cinco años, me seguía amamantando, aunque ya no tuviera leche”.

Estas palabras salieron con dificultad de su boca.

“Solo era conmigo. Mi hermanito, de tres años, no participó nunca en esto. Fue después que empecé a entender por qué mi papá se quedaba a ver cómo me amamantaba mi mamá, y por qué dormía en la misma cama de ellos... Cuando cumplí los quince años, ya sabía que aquello era anormal, y que solo satisfacía la perversidad de mi padre. No sabía que mi mamá estaba de acuerdo. Yo quise entender que estaba obligada a hacer aquellas cosas. Y, cuando fueron muriendo las tías, o sea, las viejitas, yo me fui quedando más y más solo, y me refugié en mi mamá. Pero, a pesar de mi edad, aquello seguía. Y fue en ese tiempo en el que ella quedó embarazada. Allí nació Clementina, o Tina, mi hermana mayor... que... también es mi hija”.

Vino un nuevo silencio. Ya no podía hablar. Las lágrimas saltaban por sus mejillas. Lloraba, y sufría.

“Sí -dijo, a media voz-; así fue... ¿Cómo caí en eso? No lo sé, pero fue él, en medio de su perversión, el que nos llevó a eso... Y... sé que ella estuvo de acuerdo... ¿Por qué? No voy a decirlo... No voy a acusarla ni a condenarla. Era mi madre”.

Arsénico

“Llegó el momento en que no quise más. Tenía que terminar con aquello, y para eso, era necesario que él muriera. Y lo hice. Le di pequeñas dosis de arsénico. Era un hombre viejo. Tenía setenta y ocho años, y era malvado, monstruoso. Y, poco a poco, empezó a tener dolores en el abdomen, diarreas, vómitos y problemas del corazón. Hasta que murió. Todos dijeron que era natural, y el pueblo nos acompañó al cementerio. Pero, con su muerte, no hubo paz en mi vida, y pocas cosas cambiaron en mi casa. Mi mamá esperó un tiempo y empezó de nuevo, y yo... cedí... Hasta que se embarazó de mi segunda hermana. Allí, el pueblo entero estalló. Comenzaron a llamarla ‘la sucia Lucy’, y se dijeron tantas cosas de ella, que yo me llené de vergüenza. Por supuesto, si usted me pregunta si yo estaba de acuerdo con aquello, pues he de decirle... que sí... Y hasta lo esperaba... No voy a mentir, porque Dios lo sabe todo, y hablar de esto me libera, me descarga la sucia conciencia. Yo era el hombre de la casa, ya tenía diecisiete años, gestionaba el patrimonio familiar, lo hacía crecer, y me daba a respetar, aunque sé que muchos me veían con asco, con repulsión, pero como el dinero y la ropa cubren multitud de defectos, mis negocios no se detenían, hasta que, seis meses después de que mi segunda hermana viniera al mundo, mi mamá me dijo que creía que estaba en estado de nuevo... Y sentí asco de mí. Ella no se cansaba. Era joven, bonita, hermosa y... estaba desquiciada, o aquel monstruo que fue su padre, la enfermó de aquella manera... Entonces, lo decidí. Poco a poco, la fui envenenando, y con ella a la criatura que crecía en su vientre; hijo mío y suyo, hijo de una madre y su propio hijo... No sé si es que comprendí que aquello no era correcto o que ya no quise ser... el juguete de mi mamá... No sé. Hasta que, una noche, la noche anterior a la mañana en que murió, me llamó a su cama por última vez. Al final, me dijo: ‘Sé lo que estás haciendo, y te entiendo, hijo. Yo también quiero terminar con esto. Tu papá, mi propio papá, me hizo su mujer, y me destruyó la vida; y yo seguí el mismo camino... destruyendo la tuya. Mis hijas son tus hijas, y, aunque no quiero morir, sé que mi muerte te liberará de tanta angustia’. No le respondí. Ella sabía que la estaba envenenando. Me dormí a su lado y, al amanecer, estaba muerta. Un vaso con jugo estaba en su mesita de noche. Tenía arsénico como para matar a alguien diez veces. Yo lo quité todo. Mi mamá murió del corazón. Eso dijimos en el pueblo y la enterramos al lado de mi papá. Yo me quedé al frente de la casa. Todavía me quedaba una tía, ya de más de ochenta años. No la vi morir. Aquella noche fui al cementerio, le disparé a la tumba de mi papá, y me capturó el sargento Bardales. Varios días después vinieron los detectives de la DIC. Eran muchachos. Querían saber por qué odiaba tanto a mi padre. No les respondí. Me llevaron a Santa Bárbara, y me interrogaron”.

La verdad

“No dije nada, pero aquellos muchachos eran listos”.

“¿Qué te hizo tu papá? -me preguntaron-. ¿Abusó de vos? ¿Abusaba de tus hermanos?”

Yo seguí en silencio.

“Tenés odio contra él, y allí, en el pueblo, se dicen muchas cosas feas, que, si son verdad, es la primera vez que vemos algo así en Honduras; y yo, personalmente, no te juzgo ni te condeno, porque, ya que no pudiste aplacar tu odio contra él, cuando vivía, pues, lo hacés ahora... Pero... me parece que hay algo más. Tu papá murió de viejo; eso es normal, pero tu mamá era muy joven, apenas tenía treinta y tres años, y era bonita”.

Yo seguí en silencio.

“Decme algo -me dijo el detective-, ¿qué tanto hay de cierto en lo que murmura la gente en tu pueblo?”

“Yo levanté la mirada, y el detective, tiempo después, me dijo que me había puesto más rojo que la sangre. Se levantó de la silla y dos días después un equipo que vino desde Tegucigalpa, exhumaron el cuerpo de mi papá. Habían pasado tres años; hallaron arsénico en su pelo y no sé dónde más. Entonces, decidieron exhumar el de mi mamá, que no se había descompuesto del todo, y a ella le hallaron más arsénico. Me acusaron de haberlos envenenado, y me preguntaron mil veces el por qué, repitiendo lo que se decía de nosotros en el pueblo, pero yo no dije nada. Solamente confesé que yo los había matado. Pero, había un problema para ellos. Cuando pasó lo de mi papá, yo era menor de edad. Ahora, ya tenía dieciocho años cumplidos cuando pasó lo de mi mamá. Por lo de mi papá, no iban a juzgarme, no podían, pero sí por lo de mi mamá. Y el juez me condenó a treinta años, basándose en el arsénico encontrado en los cuerpos, y en mi confesión. Cuando llevaron a unos muchachos a buscar el veneno en mi casa, no hallaron nada. Igual, yo ya estaba detenido, y había confesado. Dos tías, hermanas de mi madre, vinieron para hacerse cargo de mis hermanas y de mi hermanito... Bueno... Y yo, seguro de que nada iba a derrumbarme, me dispuse a pagar por dos crímenes que bien pudieron evitarse, si tan solo el hombre que me dio la vida no hubiera hecho lo que hizo, abusando de su propia hija, evitando llevarnos a ella y a mí a seguir por aquel camino... ¡Treinta años! Primero estuve en Santa Bárbara, y allí me visitaban los que me querían, los que seguían haciendo negocios conmigo, porque las fincas seguían produciendo, y las maderas se vendían, y yo compraba y vendía oro... Nada se había detenido. Tenía mis empleados, y me respetaban. Cuando me trasladaron a Támara, nada cambió. Allá pasé diez años. Nunca nadie se metió conmigo. Nunca. Pero, la peor cárcel es la que llevo por dentro, y de la que no voy a escapar, sino hasta que esté muerto”.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Infórmate sobre las noticias más destacadas de Honduras y el mundo.
Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias