Selección de Grandes Crímenes: Un crimen brutal (primera parte)

El alcoholismo es un lento viaje sin retorno hacia la desgracia y al suicidio. Verdad de verdades

  • Actualizado: 27 de septiembre de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: Un crimen brutal (primera parte)

LISTA. A las cinco de la mañana de un día frío de noviembre, un grupo de presos hacía fila para la primera revista del día. Era lo mismo de siempre. Los policías decían un nombre y se escuchaba la misma respuesta monótona y sencilla. Sin embargo, no habían pasado dos minutos de aquella hora cuando algo apareció en el cielo, describió una media luna en el aire y cayó rebotando en el suelo, ante los ojos de todos. Dios dos saltos, rodó un metro, y se detuvo. Atrás, dejó manchas de sangre fresca. Algunos hombres gritaron, otros miraron hacia atrás, los policías dieron la voz de alarma. Ante ellos acababa de caer, como venida del cielo, una cabeza recién decapitada. El policía que se acercó primero a ella trató de reconocerla. “La cortaron mientras el hombre estaba vivo -dijo el forense-; lo hicieron con dos o tres cuchillos grandes o algún machete, porque se observan cortes irregulares, y uno sobre otro, que dejaron piel colgando. Y la cortaron despacio para torturar al hombre en sus últimos momentos de vida”.La cabeza tenía los ojos abiertos, una mordaza que le sellaba la boca, donde le habían metido a la fuerza una pelota de trapo. “Es ‘Tino’” -dijo uno de los reos, que se acercó sin autorización.Los presos fueron regresados a sus celdas y los policías penitenciarios, apoyados por la Policía Nacional, empezaron a buscar el cuerpo. No tardaron en encontrarlo. Estaba en el suelo de uno de los baños, amarrado de pies y manos, vestido con ropa ensangrentada.

“No presenta golpes en ninguna parte -agregó el médico-, con excepción de las marcas que dejó el alambre con el que lo amarraron de las muñecas y los tobillos. Lo llevaron hasta allí para decapitarlo. No tardaron más de cinco o seis minutos, y lo hicieron con mucho conocimiento, porque cortaron entre las vértebras cervicales 4 y 5, con la habilidad de un cirujano o de un carnicero, aunque dejaron una huella de cuchillo en el hueso”.“Esto es un castigo -dijo uno de los agentes de la Policía de Investigación que estaba en la Penitenciaría aquella mañana-; no es una venganza”.¿A qué se refería el agente? ¿Por qué se trataba de un castigo? ¿Qué mal estaba pagando la víctima de aquella forma? Por supuesto, no tardaron en identificarlo, a pesar de que uno de los presos había reconocido la cara que marcaba la angustia del dolor y la muerte.

“TINO”

Se llamaba José Clementino. Tenía cuarenta años y estaba en la Penitenciaría desde hacía tres meses exactos. Lo acusaron de haber asesinado a su familia en su propia casa con un machete recién afilado. Aquel día, a eso de las cinco y minutos de la mañana, se escucharon gritos desesperados en la aldea. Un hombre pedía ayuda, y llamaba a sus vecinos más cercanos. Tres de ellos no tardaron en llegar, pero, al acercarse a la casa, lo encontraron en la puerta principal con un machete en una mano.

“¡Mataron a mi familia! -decía-. ¡La mataron con este machete! ¡A todos los mataron!”Alguien llamó al juez de paz, y este llegó con dos ayudantes. Nadie había entrado a la casa y “Tino” seguía en la puerta gritando y sin dejar el machete. Entonces, el juez le dijo que lo soltara, pero él no hizo caso.“¿Quién le hizo esto a mi familia?” -gritaba.Lo apuntaron con viejos rifles del calibre 22. “Tino” escuchó los gritos y las amenazas de sus vecinos y se dejó caer al suelo. “Y soltá también el machete que tenés en la cintura” -le gritó el juez.“Tino” obedeció. El machete se soltó de su mano y cayó al suelo con un golpe seco. El machete que llevaba en la cintura, metido en una larga vaina de cuero tallado, cayó cerca de él.

Ya habían llamado a la Policía, que no tardó en llegar. Adentro, la escena era macabra. Cuatro cuerpos llenos de heridas, empapados en sangre y uno mutilado, estaban en la sala, que también servía de dormitorio y de cocina. La niña de siete años y el niño de cinco, un adolescente de quince y la esposa de veinticinco. Ella estaba cerca de sus hijos, a los que quiso proteger con su propio cuerpo. No sirvió de nada, tenía varias heridas largas y profundas en la espalda y en la cabeza, mientras que la mano derecha le colgaba solamente de un hilo de piel y un tendón. El muchacho estaba cerca de una cama sobre la que se veía una sábana sobre un petate amarillo, con una herida grotesca en mitad de la frente que le hizo saltar los ojos. El forense dijo que murió al instante. Había sangre por todas partes.

Cuando llegó la Policía de Investigación, “Tino” estaba amarrado a un árbol. Los técnicos de inspecciones oculares entraron después del forense, levantaron huellas de pies descalzos y de botas de hule y embalaron los machetes. A las dos de la tarde levantaron los cuerpos. “Yo no los maté -decía ‘Tino’-; yo no le iba a hacer eso a mi familia... Y mi esposa estaba embarazada”.Nadie le creyó.

“¡Ah!, es que ‘Tino’ es muy tonto cuando se pone bolo -les dijo uno de sus vecinos a los policías-, y anoche estuvo hasta tarde en la cantina de don Pancho, bebiendo puritito guaro... Es lo mismo de todos los fines de semana”.

Aquel mismo día presentaron a “Tino” ante el juez, y éste lo envió a la cárcel. Seis días después, ordenó que fuera enviado a la penitenciaría de varones de Támara.“En Juticalpa no es muy seguro para este hombre -dijo-; allí, o lo linchan o lo matan”.

TESTIGOS

Tres meses después, su cabeza rodó por el suelo helado de la cárcel, frente a la fila de sus compañeros y a los policías que pasaban lista.“Lo ajusticiaron sus propios compañeros -dijo uno de los detectives-; eso es la aplicación del llamado ‘Código rojo’ de los presos. El que abusa o mata niños, es castigado de esta forma... Pobre hombre, debió sufrir una muerte horrible. Lo decapitaron despacio, mientras estaba vivo. Pero él siempre dijo que era inocente, y que aquel machete ensangrentando no era suyo. Nada de esto le sirvió. En la cacha del machete estaban sus huellas digitales y la sangre era de las víctimas; fue identificada una por una. Lo que no se supo fue el resultado de las huellas de botas de hule, porque no era necesario ya. El resultado del laboratorio no estuvo listo, y a él lo mataron noventa días después. No habría juicio y no eran necesarias las pruebas... En mi opinión, aquel hombre pagó lo que hizo de una forma horrible”.

“Tino” juró siempre que era inocente, dijo que el machete no era suyo, que no sabía por qué lo tenía él en su mano, y que llegó a eso de las cinco de la mañana a su casa, después de dormir la borrachera no sabía dónde. Al llegar, encontró la puerta medio abierta, la empujó, creyendo que los niños estaban dormidos, y se encontró con todos muertos. Pero, lo que sí recordaba bien era que empezó a gritar pidiendo ayuda a sus vecinos más cercanos.

“’Tino’ tenía problemas con todo el mundo -declaró ante el juez uno de estos vecinos-; bueno y sano, es callado, reservado y no se mete con nadie; se dedica a trabajar en la hacienda del patrón y regresa temprano a su casa. No va a partidos de fútbol ni se junta con amigos, pero cuando se embolaba, y cuando toma ese guaro más de la cuenta, se pone violento, y no respeta a nadie...”

Dos mujeres sirvieron como testigos de la fiscalía, aunque nadie vio cómo se había producido el crimen. Y dijeron lo mismo. Un anciano declaró que ya le había advertido a “Tino” que, si seguía tomando guaro como loco, iba a terminar mal. Aquel día, el juez decidió enviarlo a Támara, “por su seguridad”.

“Yo no los maté, ‘Moncho’; tenés que creerme”.‘Moncho’ era el hermano mayor de ‘Tino’. Lo visitó tres veces en aquel tiempo, le llevó ropa, dinero y comida.“Hallaron tus huellas en el machete, ‘Tino’, y con eso tienen para dejarte aquí de por vida... Si no te acordás, pues Dios sabe por qué... Pero, por amor a los viejos, y porque soy tu hermano, no te voy a dejar solo...”Al despedirse, a eso de las dos de la tarde, se abrazaron. Moncho lloraba. Besó a su hermano en la frente, como lo hubiera besado su papá o su mamá, que ya descansaban para siempre, y se fue, con el corazón angustiado. La siguiente vez que lo vio, fue en la morgue. Le habían costurado la cabeza.

“Se la pegaron con hilo grueso -dijo ‘Moncho’-, y lo bañaron y lo limpiaron bien, y le cerraron los ojos. Mis dos hermanas y yo lo llevamos a la aldea. Los vecinos no querían que lo enterráramos en el cementerio, pero el patrón de la hacienda se impuso y lo dejamos al lado de los viejos”.“Moncho” se limpia las lágrimas con el dorso de una mano.“Cuando me despedí de él, la última vez que lo vi, me dijo que era inocente. ‘Yo no los maté, hermano -me dijo-. Te lo juro. Yo no fui’. Yo lo abracé con más fuerza. Era mi único hermano varón y mis papás nos crecieron muy unidos. Por desgracia, a ‘Tino’ le gustaba el guaro y se dejó perder por ese maldito vicio”.

Hizo otra pausa. Sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas.“Yo lo quería -dijo-; era mi hermanito... Y siempre me juró que era inocente”.

“La española”, detective de homicidios de la Policía de Investigación, empujó su taza vacía a un lado y puso un fólder grueso sobre la mesa.“El guaro es un veneno que mata lentamente y que lo destruye todo a su paso -dijo-. Qué estúpido es que prohíban la marihuana y la cocaína, y no prohíban el alcohol que daña más vidas de lo que nos imaginamos”.

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