GRACIAS. Empezamos 2026, y quiero agradecer a los lectores y lectoras de esta sección de diario EL HERALDO por su fidelidad de tantos años. Sin ustedes nada de esto fuera posible. Gracias a quienes me han dado su apoyo con los casos. Gracias. Deseo que Jehová, el Dios bendito y bueno, y su hijo Jesús, los y las bendiga mucho más en este nuevo año, y que les conceda las peticiones de su corazón. Sinceramente, gracias.
CASO
En una sala del Hospital Materno Infantil, de Tegucigalpa, los médicos atendían desesperadamente a un niño de apenas dos años de edad. Tenía la piel fría en extremo, no reaccionaba a ningún estímulo y a veces temblaba involuntariamente. Su corazón latía débilmente y respiraba con dificultad. El padre se desesperaba afuera.
“¿Cómo pudo pasar esto, señor?” -le preguntó una agente de la Dirección Policial de Investigaciones.
“No sé, señorita -dijo el hombre-, yo estaba en mi trabajo... Mi mujer me llamó y me dijo que ‘Nicho’, porque se llama Dionisio mi hijo, se había caído en una hielera, donde ponemos carne cuando se va la luz en el pueblo... Y allí se va la luz a cada rato. Y por es mantenemos bastante hielo”.
“Pero, ¿le dijo su esposa cómo fue que cayó allí el niño?”
“No, señorita, porque ella tampoco sabe”.
“¿Su esposa es la madre del niño?”
“No... La mamá se fue para España hace como año y medio y me dejó a la criatura... Y yo, pues, me metí con Luisa, y ella me ayuda a criar a mi hijito”.
“¿Y dónde está Luisa?”
“Allí, abajo... No la dejaron subir los guardias”.
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MÉDICOS
Una hora después los médicos salieron de la sala.
“¿Usted es el papá del niño Dionisio?” -preguntó uno de los pediatras.
“Yo soy, señor... ¿Cómo está?”
“Lo sentimos mucho, señor -dijo el médico-, su hijito no resistió.... Estuvo mucho tiempo expuesto al frío y por más que hicimos, no resistió... Además, su cerebro ya estaba dañado... Y no iba a recuperarse jamás. Hubiera quedado como un vegetal”.
Tal vez los médicos deben ser así de claros. Tal vez. Le he preguntado esto a mi hijo Samuel Antonio, que se acaba de graduar como doctor en Medicina y Cirugía, lo cual me llena de infinito orgullo, y me ha respondido que “el médico debe ser sincero siempre. Que trata con el dolor y la vida humana, y que se hace por el paciente todo lo que es posible, pero cuando hay que decir la verdad, hay que decirla... El médico nunca debe mentir”. Y, cuando escuchó aquella verdad, el papá del niño se desvaneció, un alarido de dolor salió de su pecho y lloró.
“Lo sentimos mucho, señor” -repitió el pediatra. Luego, se dirigió a la agente de la DPI que tomaba notas.
“Venga” -le dijo.
DATOS
“Nicho” estaba en la cama todavía, tapado con una sábana blanca. Estaba muerto. El doctor lo descubrió.
“Esto no me parece normal -le dijo a la agente-, un niño de dos años que cae en una hielera y nadie oye sus gritos, porque debió haber gritado mucho... Y la hielera estaba en la cocina, donde se supone que está la mujer afanándose... Y no se dio cuenta de nada hasta que empezó a buscar al niño”.
“¿Es lo que ella dice?”
“Es lo que le dijo al esposo, o sea, el papá del niño”.
“Es la madrastra”.
“Lo sabemos”.
“Hay algo raro en esto”.
“Muy raro”.
“Tenemos que hablar con la señora”.
“Vamos a hacer que la dejen subir”.
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LA MUJER
Era joven, de unos veintiséis años, y tenía unos cinco meses de embarazo. Subió hasta donde estaba su esposo, y la agente de la DPI la llevó hasta el cuerpecito del niño. Allí estaba el doctor. El esposo quedó afuera de la Sala.
“Quiero que me explique cómo fue que encontró al niño” -le dijo la agente.
“Pues, mire -empezó a decir la mujer, con ojos llorosos-, yo estaba descansando en el cuarto, porque, como ve, estoy esperando y el embarazo no es muy fácil que digamos... Yo no lo sabía... Y estuve en el cuarto como una hora o una hora y media, porque se me hinchan los pies... Yo sabía que ‘Nicho’ estaba dormido en el sillón de la sala y que cuando se despertara iba a llorar para que le diera la leche... siempre le hacía un pepe de leche con cereal... Pero yo no sé si es que me dormí, y cuando salí a la sala el niño no estaba, solo estaban las mantas y la almohadita... Entonces, empecé a buscarlo y nada... No lo hallé por ninguna parte... Llamé a mi marido al trabajo; él trabaja en una hacienda, como ordeñador y quesero, y le dije que se me había perdido el niño... ‘¿Ya lo buscaste bien?’, me preguntó. Y yo le dije que sí, que lo busqué en el patio, en los cuartos, en los baños, en la calle, y nada... Y nadie lo había visto... Y como allí donde vivimos está afuera del pueblo... es solo”.
La mujer hablaba rápido y hasta por los codos.
“¿Cómo lo encontró?” -le preguntó la agente, a la que acababan de unírsele dos compañeros.
“Pues, yo anduve busque y busque... Y fui hasta la pila, pero es muy alta como para que un niño como ‘Nicho’ se suba... Y nada... Hasta que me dio por ver en la hielera... Y allí lo hallé”.
Una lágrima salió con dolor de su pecho.
“¿La hielera estaba tapada?” -le preguntó la policía.
“Sí”.
“¿Y tenía bastante hielo?”
“Pues como hasta la mitad... porque la otra parte la llenamos de carne... y otras cosas”.
“¿Usted vio la hielera antes de que desapareciera el niño?”
“Pues no me acuerdo... pero, es seguro que la vi, porque siempre la tenemos allí en la cocina, en unas tablas”.
“¿Estaba tapada?”
“No sé decirle, señorita”.
“¿Cree usted que el niño pudo abrir la hielera y meterse o caerse adentro?”
“Eso no sé... Era tan pequeño... No sé si tenía el alcance o las fuerzas para hacer eso que usted dice”.
“La hielera es grande, ¿verdad?”
“Sí, es grande... Mide... como así”
Y la mujer separó los brazos.
“Caben como treinta libras de carne, frescos y queso... Más el hielo”.
“¿Cómo estaba el niño adentro de la hielera?”
“¿Cómo así?”
“Acostado, sentado, boca arriba, boca abajo, de lado... ¿Cómo estaba cuando usted lo encontró?”
“Estaba boca arriba, señorita, acostado...”
“¿Cabía bien en la hielera?”
“¡Uy!, hasta le sobraba lugar”.
“¿Qué hizo usted cuando lo encontró?”
“Llamé otra vez a mi marido”.“¿No sacó al niño de inmediato cuando lo encontró?”
“Sí... Es que me atrasé porque llamé a mi marido y como apenas me puedo agachar por la barriga... Pero, lo saqué como pude y lo puse en el sillón... Estaba helado”.
“¿Se movió el niño? ¿Lloró?”
“Nada, señito...”
“¿Qué hizo cuando lo puso en el sillón?”
“Pues nada... esperar a que viniera mi marido”.
“¿No pidió ayuda?”
“A mi marido sí”.
NICHO
Envuelto en mantas térmicas, los bomberos de Juticalpa, en Olancho, lo trajeron a Tegucigalpa. El niño no reaccionaba. Los doctores en Juticalpa dijeron que “tal vez tenía daño cerebral” y que era mejor que lo llevaran al Hospital Materno Infantil. Allí murió.
“Ahora, señora -le dijo un agente de investigaciones a la madrastra-, me va a decir cómo fue que usted metió al niño en la hielera y por qué lo hizo”.
La mujer dio un brinco.
“¡Uy, ustéd! -dijo-. Yo no hice nadita de eso...”
“Tenemos a alguien que la vio, pero por miedo, no decía nada”.
“¿Quién me vio?”
“Un niño. ¿Quiere verlo?”.
La mujer se puso pálida. Bajó la cabeza y empezó a respirar con dificultad.
“Es ansiedad -dijo uno de los doctores de la DPI-, ya se le va a pasar”.
“Ella metió al niño en la hielera” -dijo el agente.
NOTA FINAL
La mujer parió en la cárcel de mujeres. Pasará allí muchos años, tantos que cuando salga, si es que sale, su hijo tendrá veinticinco años de edad.