Crímenes

Revista Siempre: Con la soga al cuello

19.11.2016

SERIE 1/2

Nota inicial
Deseo empezar este caso agradeciendo profundamente al abogado Raúl Rolando Suazo Barillas su apoyo incondicional de tantos años, su amistad a toda prueba y su fe en un proyecto llamado “La máscara del mal”. Siempre llevaré en mi corazón a este hombre bueno, a este amigo sincero que me tendió su mano leal cuando más lo necesité. Gracias, abogado. Sinceramente.

Juicio
De pronto, se hizo el silencio en la sala y rebotó entre las paredes el eco suave de las últimas palabras del señor juez.

“Tiene la palabra el doctor Denis Castro Bobadilla –dijo–, consultor privado de la defensa”.

Muchos pares de ojos vieron al doctor Castro ponerse de pie despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y su figura imponente y el prestigio que lo precedía hicieron más pesado el silencio.

Vestía de negro y aunque se notaba que tenía unas libras de más, no perdía su elegancia, la que le daba a su personalidad ese halo extraño que por años ha provocado admiración en unos y envidia en otros. Llevaba en la cabeza el kipá judío, lo que hacía más profunda la seriedad que lo rodeaba.

Con pasos largos y lentos avanzó hasta ponerse frente al estrado del tribunal, hizo una corta reverencia y dio las gracias; luego dijo:

“Señores jueces, hemos escuchado atentamente la exposición del señor fiscal del Ministerio Público y del señor acusador privado y no podemos evitar que semejante ponencia nos asuste, nos cause terror ya que se trata de sostener una acusación que podría costar la prisión de por vida a dos inocentes, y en mi humilde opinión, la majestad de la Justicia debe ser servida con base en hechos objetivos, en pruebas reales, en evidencias que no admitan la menor duda… ni la más mínima sospecha”.

Dijo esto y levantó un índice hacia el cielo, con la fuerza de una acusación.

“¡Protesto, señor juez! –gritó de pronto el fiscal, poniéndose de pie de un salto–. Las palabras del doctor Castro son impertinentes ya que insinúa que las evidencias presentadas por el Ministerio Público en este caso son de dudosa procedencia!

El presidente del tribunal se movió inquieto en su silla.

“Creo que no encuentro relación entre las palabras del doctor Castro y su protesta, señor fiscal” –dijo, viendo directamente al representante del Ministerio Público.

“El doctor insinúa que presentamos pruebas falsas”.

“Entiendo que el doctor Castro ha comenzado con una exposición general y no se ha referido hasta el momento al caso que nos ocupa”.

El fiscal se sentó. El juez añadió:

“El señor fiscal deberá ser más explícito a la hora de elevar su protesta ante este tribunal. Continúe, doctor Castro”.

“Señor juez –dijo el doctor, levantando la frente como si se la fueran a coronar con un ramo de laurel–, ya que el señor fiscal ha protestado ante lo que le ha parecido una insinuación mía, debo aclarar al honorable tribunal que Denis Castro Bobadilla nunca hace insinuaciones maliciosas respecto a un tema tan serio como es este juicio por homicidio, sin embargo, dejaré bien claro que esta defensa se propone demostrar que las pruebas presentadas por el Ministerio Público no tienen el peso necesario para demostrar la culpabilidad de los acusados…”

El fiscal hizo un movimiento en su silla y se encontró con la mirada serena del señor juez. No dijo nada. El doctor Castro agregó:

“Vamos a demostrar sin lugar a dudas que ni Eleázar Auxume ni Francisco Cano le quitaron la vida al señor Olvin Pineda Ramírez ese día funesto de junio de 2015”.

“El Ministerio Público tiene evidencias encontradas por técnicos de inspecciones oculares de la Agencia Técnica de Investigación Criminal en la casa de uno de los acusados, evidencias que los incriminan directamente en el homicidio del señor Ramírez”.

“Evidencias falsas, señor juez –replicó el doctor Castro, serenamente–; evidencias que tienen como único propósito engañar a la Justicia sin el menor escrúpulo…”

“¡Protesto, señor juez! –gritó el fiscal–. ¡Las apreciaciones del doctor Castro Bobadilla son impertinentes!

“Protesta aceptada –dijo el juez–. El consultor privado de la defensa se limitará a exponer hechos objetivos y se reservará sus opiniones personales”.

“Pido perdón humildemente, señor juez” –dijo el doctor Castro, haciendo una ceremoniosa reverencia.

Caso
¿Qué había pasado aquella tarde funesta de junio de 2015? ¿Por qué estaban aquellos dos muchachos sentados en el banquillo de los acusados? ¿A qué pruebas se refería el doctor Castro como falsas? ¿Qué había sucedido con el señor Olvin Ramírez?

Todo empezó en una casa del barrio Clavos de Oro en la ciudad de Copán Ruinas, en el occidente de Honduras.

Era una tarde agradable, fresca y cargada de nubes a pesar del sol intenso. En la casa había música, comida, risas, bromas y cervezas, abundantes cervezas. Los cuatro amigos departían alegremente y al parecer no deseaban que pasara el tiempo, sin embargo, todo lo que empieza termina y, antes de que anocheciera, se terminaron las cervezas. Por supuesto, sin cervezas no hay fiesta.

“Yo voy a comprar más” –dijo José Luis.

“¡Eso! –gritaron sus amigos, y, diciendo y haciendo, el muchacho salió de la casa. Olvin, Eleázar y Francisco se quedaron a esperar, tumbados en los sillones de la sala.

Copán Ruinas no es una ciudad muy grande, sin embargo, José Luis se tardó más de lo debido, pero regresó con una caja de cervezas heladas. Sus amigos lo recibieron con elogios. Fue cuando se sentó que se dio cuenta que faltaba alguien.

“¿Y Olvin?” –preguntó, destapando su Port Royal–. ¿Dónde está Olvin?”

“Dijo que estaba aburrido y se fue para su casa” –le contestó Eleázar.

“Bueno –murmuró José Luis, sorbiendo un trago largo y espumoso–, así quedan más para nosotros”.

Nadie dijo nada más. El recuerdo de Olvin se diluyó entre pláticas y risas hasta que la fiesta terminó. Pero al día siguiente, Olvin fue el centro de la atención de sus amigos, y de la ciudad entera. La Policía acababa de encontrarlo tirado en una cuneta, boca arriba, con el rostro pálido bañado de sangre y cubierto por una nube de moscas y hormigas. Lo habían asesinado a balazos.

“¡Es imposible –dijo su madre–, él estaba en una fiesta con sus amigos! ¡No puedo creer que esté muerto!”

Por desgracia, la realidad no se equivoca. Olvin estaba muerto.

Investigación
“Yo salí de la casa a comprar más cervezas –les dijo José Luis a los detectives–, y allí quedaban los tres, Olvin, Eleázar y Chico… pero cuando regresé ya Olvin no estaba… Me dijeron que se había ido para su casa”.

“Nos quedamos Eleázar y yo –dijo Francisco–; Olvin estaba bien tomado y yo creo que por eso decidió irse…”

Los detectives tomaban nota sin mostrar la más mínima expresión en sus rostros.

“¿Pelearon? ¿Discutieron por algo?”

“No, para nada… Estábamos platicando los tres en la sala y de repente Olvin dijo que se iba… Los cuatro hemos sido buenos amigos y no peleamos nunca”.

“¿No te parece raro que Olvin quede en tu casa y que de pronto desaparezca y lo encuentren muerto cerca de aquí?”

La voz del agente sonaba acusadora e incrédula.

“Yo no sé qué fue lo que le pasó…”

“¿Dónde viste a tu amigo por última vez?” –le preguntó un detective a José Luis.

“Aquí en la sala –respondió–; se nos terminaron las cervezas y yo fui a comprar más…”

“Sí, sí… Eso ya lo sabemos…”

“Cuando regresé, ya no estaba”.

“¿Preguntaste por él?”

“Sí, ya se los dije…”

“¿Qué te dijeron?”

“Que se había aburrido…”

“Bien…”

Hubo una pausa muy marcada. Los amigos se veían entre sí con ojos aterrados. En una patrulla de la Policía estaba el cuerpo de Olvin, rígido, dentro de una bolsa negra.

“El fiscal ordena que lleven el cuerpo a Medicina Forense de San Pedro Sula –dijo el jefe de los detectives–, para que le hagan la autopsia”.

“¿Qué va a pasar con nosotros?” –preguntó Eleázar.

“Ustedes quedan detenidos por considerarlos sospechosos del homicidio de su amigo”.

Aquellas palabras sonaron como campanadas en la cabeza de los muchachos. De nada les sirvió protestar. En pocos segundos estaban esposados con las manos hacia atrás.

“Tienen derecho a guardar silencio –les dijo el asistente del fiscal del Ministerio Público–; todo lo que digan podría ser usado en su contra en un juicio… Tienen derecho a un abogado… si no pueden pagar uno que los represente, el Estado les asignará uno de la Defensa Pública”.

Ninguno de los muchachos escuchaba aquellas palabras.

“¡Papá, ayudame… yo no maté a Olvin! ¡No dejés que me lleven preso!”

“Todo se va a aclarar, hijo”.

“Yo no lo maté, papá… Ni Chico ni yo le hicimos nada… Estábamos tomando cervezas y él se fue de la casa… ¡Te juro que yo no lo maté!”.

Realidad

¿De qué servían las lágrimas?
La justicia es ciega, no solo porque debe ser objetiva y sin favoritismos, sino también porque no debe tener sentimientos, solamente razón pura basada en la ley. Por esto, las lágrimas de Eleázar y de Francisco no conmovían a nadie, y menos al fiscal del Ministerio Público, y, realmente, no tenía por qué conmoverlo.

Se supone que el fiscal, a través del tiempo y en todas las sociedades, debe tener corazón de inquisidor y estar hecho de la piedra más fría y más dura. Por supuesto, esto es una “virtud” que, por muy cruel que parezca, es parte de la objetividad con la que debe aplicarse la justicia. El fiscal representa al Estado y su objetivo es demostrar la culpabilidad del acusado y garantizar que no se cometa una injusticia… ni ayudar a que esa injusticia sea cometida. Por supuesto, es un papel difícil que termina cobrando un alto precio.

“No me gusta este trabajo –me dijo uno de los fiscales más ‘efectivos’ del Ministerio Público–, pero, dígame, Carmilla, ¿qué puedo hacer si tengo bocas que alimentar?”

En la Francia de Robespierre se referían al hombre inflexible con la frase “Corazón de verdugo”, en tiempos modernos se le dice “Corazón de gato” a quien no le conmueve nada más que sus propios intereses, y en algunos lugares de Honduras se le dice “Corazón de fiscal” a quien tiene sentimientos de hielo.

“A fin de cuentas, es un trabajo, y alguien tiene que hacerlo”.

El doctor Castro sonrió, movió su chocolate caliente con la cucharita y se guardó su opinión.

“¿Qué pruebas tienen contra los muchachos?” –dijo, poco después, limpiándose el bigote que el chocolate dibujó debajo de su nariz.

“Ninguna, doctor –respondió el abogado que representaba a los sospechosos–, pero para mañana, 24 de junio, tienen previsto hacer un cateo en la casa…”.

“Hay que estar presente en el cateo… A veces aparecen en el juicio cosas que no se encontraron en la casa o en la escena del crimen…”

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