Tegucigalpa, Honduras.- En aulas improvisadas, muchas veces dentro de casas, centros comunales o pequeños espacios prestados, miles de educadoras se encargan de formar a la niñez hondureña en sus primeros años de aprendizaje.
En Honduras hay más de 5,000 educadoras que laboran como facilitadoras en los Centros Comunitarios de Educación Prebásica (CCEPREB), sistema que en el país funciona desde los años 90 con el propósito de para ampliar la cobertura preescolar en zonas rurales y urbanas del país.
Detrás de esa labor que realizan por “vocación”, se esconde una lamentable realidad que esta marcada por los bajos ingresos que reciben, pues ellas devengan apenas 1,000 lempiras mensuales.
Lejos de ser un salario formal, este ingreso es considerado como un “estipendio simbólico” que no compensa el esfuerzo diario de estas mujeres, quienes trabajan en condiciones precarias y, en muchos casos, enfrentan atrasos de pago que se extienden por meses.
El profesor Gerardo Solano calificó la situación que viven ellas como una de las más críticas dentro del sistema educativo hondureño, señalando que han sido históricamente invisibilizadas pese a su rol fundamental en la formación inicial.“Estamos hablando de miles de mujeres que prácticamente trabajan por vocación. 1,000 lempiras no cubre ni lo básico”, expresó.
A pesar de las limitaciones, estas educadoras son las responsables de enseñar a los niños sus primeras habilidades, desde tomar un lápiz hasta reconocer letras, colores y desarrollar la comunicación básica.
Muchas caminan largas distancias para llegar a sus centros de trabajo, otras deben dividir su tiempo entre sus propios hijos y los niños que educan, todo por una remuneración que apenas alcanza los 1,000 lempiras mensuales.
Entre ellas se encuentra Carmen Rodríguez, una educadora que cada día recorre unos 40 minutos a pie desde su vivienda hasta el centro educativo Francisco Morazán, en la comunidad de Turturupe, El Espino, Lepaterique.
Su meta es llegar a tiempo para enseñar a los niños de su zona rural del país.“Yo camino todos los días para venir a enseñar. A veces se siente el cansancio, pero cuando uno llega y ve a los niños esperándolo se le olvida todo. Ellos lo reciben a uno con cariño y eso lo anima a seguir”, relató con sencillez a EL HERALDO.Carmen forma parte de una extensa lista de educadoras comunitarias que sostienen la educación prebásica en sectores rurales del país.
Su testimonio abrió el debate sobre la realidad de miles de maestras que están en su misma situación, pero que a pesar de los bajos ingresos, continúan firmes en las aulas por vocación y compromiso con la niñez hondureña.
Olvidadas
El problema no es reciente. hay educadoras que llevan más de 15 o 20 años trabajando bajo este esquema, sin mejoras salariales ni estabilidad laboral, lo que evidencia una deuda histórica del Estado con este sector.
Entre las miles de historias está la de Tereza Alvarado,quien desde hace 21 años trabaja de manera ininterrumpida en el CCEPREB “Mi Esperanza”, en la comunidad de Los Imposibles, El Rosario, Comayagua.La educadora contó que sigue trabajando con amor, aunque “el bono” no les ha sido pagado desde hace meses.
“Pedimos de todo corazón que nos escuchen y que no se olviden de nosotras. Tenemos la esperanza que las autoridades de la Secretaría de educación nos escucharán; pues el retraso del pago nos deja en una situación difícil cada mes”, lamentó la orientadora.
En lugar de salarios dignos, las facilitadoras en ocasiones reciben materiales básicos como cartulinas o papel, lo que, aunque ayuda en el aula, no resuelve sus necesidades económicas.
La situación que viven más de 5,000 educadoras a nivel naconal pone en evidencia la falta de políticas públicas que reconozcan y dignifiquen su trabajo. Desde el sector magisterial señalan que durante años las autoridades educativas desconocen la realidad que enfrentan en las comunidades rurales las “voluntarias.
El magisterio estima quea nivel nacional hay entre 5,000 a 6,000 educadoras en estas condiciones, mientras que en Francisco Morazán unas 800 sostienen el sistema en comunidades donde la educación prebásica no cuenta con infraestructura formal.
Sin embargo, en zonas rurales también se evidencia esta próblemática, pues en el Distrito Central el gremio considera que hay al menos 300 facilitadoras en esa lamentable situación.
Detrás de cada jornada educativa también hay historias de sacrificio personal.La voluntaria Lilian Amelia Pérez Pérez expresó a EL HERALDO que lleva una década trabajando como educadora en la aldea de Barandillales, Petoa, Santa Bárbara, donde la enseñanza prebásica depende de su esfuerzo diario pese a las limitaciones económicas.
“Diez años de trabajo y siempre ganando 1,000 lempiras mensuales, muchas veces de ese mismo dinero compro materiales para los niños del CCEPREB”, explicó.
Aunque las educadoras no son maestras, muchas de ellas, guiadas por su amor a la enseñanza deciden estudiar magisterio para continuar dando clases,algunas ya son licenciadas, pero siguen devengando el bajo salario de edcucadora voluntaria.
La bases del magisterio indicaron que en los proximos días abordarán el tema con las autoridades educativas buscar estrategias que puedan resolver la situación de las miles de educadoras que están en esa situación.