Honduras

El mundo silencioso de 'Las coquetas”

El lenguaje hablado no impide que haya una interacción cliente-estilista y, como en todo salón de belleza, la plática y las risas animan cada jornada y hace que quien vaya una vez quede con deseos de regresar al salón de “Las coquetas”.

FOTOGALERÍA
07.04.2014

Para Dilcia, Dulce y Yojana los límites no existen y, definitivamente, el silencio no es ningún obstáculo que impida que “Las coquetas”, el salón de belleza donde trabajan, sea uno de los más frecuentados de la ciudad.

Estas tres estilistas son el mejor ejemplo de que cuando hay voluntad, todo es posible. Sordomudas de nacimiento, estas tres mujeres oriundas de Danlí, El Paraíso, logran lo que muchas estilistas sueñan: tener una clientela fija que hace que “Las coquetas” siempre tengan trabajo.

Dilcia Lorena, la mayor de las tres, nació en Copán, es madre de tres jóvenes, tiene 25 años de experiencia y además es la emprendedora cuyo sueño de tener su propio local le permitió a Dulce Yessenia y Yojana Desiree tener un lugar de trabajo.

Dilcia es la mayor de cuatro hermanos y no es la única sordomuda de su familia, su hermano Luis también nació con esta condición. Carlos Luis, German y Jesús Alberto, los hijos de Dilcia, no tienen dificultades de comunicación, aunque su papá también nació sordomudo.

Silencio

El nombre “Las coquetas”, asegura su propietaria, fue idea de su cuñada. Hace dos años el salón se llamaba Dilcia’s. Pero en honor a la verdad, este singular nombre les queda como anillo al dedo porque, además de profesionales y amables, esa es una cualidad que sobresale en las tres mujeres. Los momentos de descanso son escasos en este lugar, a donde llegamos un viernes por la tarde.

El silencio reinaba mientras esperaban clientes. Solo las voces de mi compañero Freddy, de la colega Dolores Valenzuela, quien nos contó de estas jóvenes ejemplares, y la mía se escuchaba en el salón.

Al inicio, la comunicación con Dilcia, Dulce y Yojana fue complicada. Sin embargo, mi escaso conocimiento en el lenguaje de señas no impidió la comunicación. Además, entre cada fotografía, a Freddy se le hacía más fácil entrar en confianza con “las coquetas”.


Así, supe que las mujeres estudiaron en escuelas públicas y, aunque fue todo un reto, salieron adelante en sus estudios.

Cuando estaba conociendo los inicios de Dilcia en el mundo de la belleza, una luz en la parte superior de la puerta de entrada se encendió, el timbre daba el aviso de la llegada de una clienta.


Era Deysi, una amiga de las mujeres que quería cambiar el color de su cabello. Era tiempo de ver a las coquetas en su cotidianidad y comenzaron el trabajo.

Luego ingresaron más mujeres y, en cuestión de minutos, las sillas estaban ocupadas.

El lenguaje hablado no impide que haya una interacción cliente-estilista y, como en todo salón de belleza, la plática y las risas animan cada jornada y hace que quien vaya una vez quede con deseos de regresar al salón de “Las coquetas”.

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