La historia política hondureña no solo está llena de guerras fratricidas, agrias campañas, imposiciones, fraudes y maniobras bajo la mesa.
También incluye una serie de anécdotas que, afortunadamente, recogieron en su momento prestigiosos hombres de letras que las plasmaron en sus libros. Rafael Heliodoro Valle y Froylán Turcios hicieron historia con estos relatos que los políticos de hoy no deben ignorar.
Irrespeto al presidente Arias y el perdón del gobernante
En su “Anecdotario de mi abuelo”, Rafael Heliodoro Valle relata lo que le pasó al presidente Céleo Arias, quien mostró mucha ponderación ante el irrespeto de un parroquiano. “Cruzaba don Céleo por una calle tegucigalpense cuando un enemigo suyo gritó al verlo: ¡Muera Céleo Arias!”. “La maldición era rotunda”, afirma Valle. “El señor Presidente preguntó a su edecán, sin alterarse, contra quién había sido el muera. -Entonces no hay que castigarlo porque no fue el Presidente Arias, -dijo éste. Y continuó impasible su marcha”.
El escribiente y su ingeniosa ocurrencia a Luis Bográn
“Había un escribiente durante el período presidencial de (Luis) Bográn, el cual estaba empleado en el Ministerio de Hacienda. La verdad es que el mancebo, como era de muchos quilates, disfrutaba de la consideración del señor Ministro, y tanto era así que éste le prometió introducirlo al conocimiento del Presidente. Anunció el Ministro la visita del muchacho, ponderando sus habilidades caligráficas, su puntualidad como oficinista y las siete virtudes que lo adornaban.
Bográn convino en la presentación y esa mañana el mancebo penetró a la Secretaría Privada del Excelentísimo Señor. -Hacía días deseaba me trajeran, señor, para tener la gloria de estar junto a usted y el honor de hacerle una pregunta.-
¿Por que solo una?, dijo Bográn.- Tenía la curiosidad de saber cómo se llama usted, General.
Bográn, un poco sorprendido por la pregunta, respondió: ¿No sabe usted que mi apellido es Bográn?- General, perdone; pero usted no se apellida
Bográn, sino Beau-Grand, lo cual en francés quiere decir: “Bello Grande”. Rió el Presidente por la ingeniosa ocurrencia del muchacho y, por supuesto que le brincaba de gusto el corazón”.
El barbero que rasuraba a Soto y a Ramón Rosa
Valle cuenta un diálogo genial que tenía el barbero con Ramón Rosa, ideólogo de la Reforma Liberal. “Lucho se llamaba. Su gloria se reducía a rasurar a varios hombres públicos, entre ellos a los doctores Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa”.
“Cierta ocasión afeitaba al doctor Rosa; y entre el comentario del día y la risa del Ministro todopoderoso, se inició el diálogo más genial que haya tenido un barbero del Nuevo Mundo.- ¿Y cuántas cabezas has afeitado Lucho?, exclamó don Ramón.- De lo que estoy en el oficio, únicamente dos señor, repuso el artífice de testas ilustrísimas. ¿Solo dos?, dijo Rosa.- Sí señor, dos cabezas: la de don Marco y la de usted. -Pero, ¿y las otras?, agregó el Ministro. -Las otras no son cabezas, fue la respuesta de Lucho”.
Santos Guardiola miraba de reojo a su compañero huésped
José Santos Guardiola fue presidente de Honduras entre 1856 y 1862. Murió asesinado por sus propios guardaespaldas. Cuenta Valle que “después de su desavenencia con don Juan Lindo, que terminó cuando éste lo hizo poner ‘culatas arriba’, el general Santos Guardiola se fue al destierro. Durante su éxodo estuvo en León.
Y como tenía enemigos que él conocía bien las hazañas de valor y de audacia, no era malo que se cuidara la pelleja. Al hospedarse en El Mesón de la ciudad, la dueña le manifestó que solo podía alojarlo, mientras tanto, en uno de los aposentos que servía de habitación a otro pasajero.
La timidez y el recelo con que éste veía al compañero de pieza infundían sospechas en el ánimo del señor General: sepa Dios si estaba frente a un asesino de estos que no se preocupan al abrir una barriga ilustre”.
Agrega el relato: “La luz de un candil alumbraba la escena; dos camastros completaban el mobiliario lujoso del aposento; los dos pasajeros se saludaron con una inclinación de cabeza. Pero lo grave del caso era que el candil estaba en poder del primero que había llegado al mesón. La cara de tigre de Guardiola hizo aumentar la timidez del otro, y como nuestro paisano estaba esperando que se apagara la luz para desvestirse y entrar al lecho, he aquí que los dos huéspedes se mantuvieron a la expectativa.
El uno y el otro se tenían desconfianza y se dirigían miradas inquisidoras. Guardiola se metió a las sábanas, a hurtadillas puso su revólver debajo de la almohada, estuvo en guardia y empezó a roncar de mentira, no sin que se le perdiera el movimiento del vecino.
Cuál sería la sorpresa del General cuando vio que su compañero se persignó, rezó varias oraciones y se acostó sin hacer ruido. Apagada la vela y ya todo en tranquilidad, Guardiola interrumpió el silencio: - Amigo, ¿por qué no apagaba la luz? -Señor, es porque yo rezo mis oraciones antes de acostarme y tenía pena de que me viera rezarlas. - Pero, amigo, yo también rezo, dijo el General católico. -Encienda la luz y recemos nuestros oraciones. Y los dos huéspedes fraternizaron a la luz titilante de un candil”.
Cabañas vendió las alhajas de su esposa
Uno de los hombres más honrados, patriotas y valientes que ha tenido Honduras ha sido José Trinidad Cabañas. “Cuando una Comisión presidida por don León Alvarado fue en busca de Cabañas a San Miguel (El Salvador) para avisarle que había sido electo Presidente, el prócer tuvo que vender las alhajas de doña Petronila, su señora, para presentarse decorosamente a tomar posesión de la alta magistratura.
Juan Lindo visitó la familia que lo criticaba
Si algún presidente actual pretende imitar a Juan Lindo, no le ajustaría el período presidencial para visitar tanta casa donde recibe a diario numerosas críticas.
En su Anecdotario, el historiador Rafael Heliodoro Valle dice: “Supo una vez el Presidente (Juan Lindo) que una señora del barrio de La Ronda lo censuraba acremente y que, en aquella casa, los contertulios se ocupaban de la vida y milagros de su Excelencia... Una tarde, de esas que invitan al paseo reposado, el Señor Doctor salió de su mansión adusta en solicitud del aire libre: entró a la casa de su censuradora, y qué sorpresa la de ésta y sus hermanas al tener de huésped, en tan inesperada ocasión, al primer ciudadano de la República. Lindo les saluda gentilmente.- Muy buenas tardes, parientas.
El Doctor proseguía conservando en confianza; y de pronto ella se atreve a formular la pregunta definitiva: Antes de todo, señor,
¿por qué lado somos parientes? -¡Ah! -exclamó el socarrón-, por el padre Borjas”.
Logró que Marco Aurelio Soto cambiara de actitud
El gran reformador Marco Aurelio Soto tenía fama de ser duro con sus hijos. “Estaba inaugurando un edificio para una institución de beneficencia como parte de su gran obra reformadora. Un padre de familia, sabedor de lo que hacía Soto con sus hijos, aprovechó la valiosa oportunidad que se le dio como maestro de ceremonias y dijo: “Estos edificios de progreso, estos edificios monumentales, todo está bien. Lo único malo es que el doctor
Soto es un tirano (expresión inusitada, lividez en algunos rostros púdicos, el dictador frunció el ceño como Júpiter cuando iba a descargar el rayo)... es un tirano con sus hijos porque casi no los deja salir a la calle, quiere que solo estén con los libros y los castiga cuando no saben la lección. (Aplausos incesantes, el cielo se despejó en el Olimpo presidencial). Todavía cuando el orador bajó de la tribuna, resonaba la ovación-monstruo; y parece que desde entonces don Marco dejó de ser cruel con sus hijos”.
Dionisio de Herrera y su “nepotismo”
Un ejemplo de honradez y de rechazo al nepotismo, tan común en estos años, fue lo ocurrido al prócer Dionisio de Herrera. Cuando lo nombraron
“Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Europa, contestó al Gobierno Federal que el nombramiento era honrosísimo y satisfacía sus deseos; pero que había acusaciones contra él y a su vez era acusador y no debía salir de la República”.
“Sus amigos en el Congreso del Estado le aconsejaban que nombrase Secretario General al joven Francisco Morazán; pero les advirtió que no consentía en ello porque éste era primo de su esposa doña Micaela Quesada de Herrera; y era bueno callar las habladurías”.
“Los diputados tuvieron que ordenárselo y hasta entonces hubo de consentir en la designación”.
La ambición de Ferrera y la animadversión hacia FM
Francisco Ferrera fue un enemigo acérrimo del general Morazán y como jefe de Estado celebró la muerte del líder unionista. “Fue enemigo encarnizado de Morazán, lo que ya es un mérito; y parece que el desagrado entre ellos empezó cuando la campaña de 1829, adonde Ferrera acudió militando bajo las banderas liberales”, refiere Valle.
“Morazán quería tenerlo a su lado, como que conocía su talento y voluntad; pero Ferrera deseaba la Vicejefatura del Estado de Honduras, donde contaba ya con muchos correligionarios, y fue imposible hacerlo esperar”.
Juan Ramón Molina, víctima de la bestialidad de un Presidente
Juan Ramón Molina reprodujo en el Diario de Honduras un artículo de Benjamín Franklin, intitulado “El hacha que afilar”. Esto bastó para que desatara la ira del presidente liberal Terencio Sierra.
Lo mandó a capturar, “lo pusieron en cepo de campaña, uno de los castigos a que someten a los pícaros incorregibles; y después le entregaron una carretilla de mano para que tomase un puesto entre los trabajadores de la carretera de Comayagua, bajo la vigilancia de un capataz. Aquella afrenta nunca la olvidaremos: no fue Molina el único agraviado, sino los que seguimos su tradición gloriosa, los que cultivamos con cariño la flor egregia de su recuerdo”.
Policarpo Bonilla, encarcelado y ofendido
Otro hombre de letras, Froylán Turcios, en su “Anecdotario hondureño” publicó una serie de pasajes relacionados con la vida de figuras de la historia política hondureña. Estaba preso el fundador del Partido Liberal, Policarpo Bonilla, por órdenes del presidente Manuel Bonilla, fundador del Partido Nacional. Bonilla disolvió el Congreso en 1904 y mandó a la Penitenciaría Nacional a los diputados que le hacían oposición.
Varios palaciegos, en un intento por quedar bien con el Presidente, comenzaron a hablar mal de Policarpo Bonilla y hubo uno de ellos que llegó al extremo de decir que el fundador del Partido Liberal “era afeminado y cobarde”.
“Al oír esto, el presidente Manuel Bonilla”, dice Turcios, “que se hallaba sentado a poca distancia, examinando unos papeles frente a su escritorio, se levantó con gesto amargo y dirigiéndose al grupo de áulicos, dijo: No está bien expresarse con tanto encono de un enemigo en desgracia. Yo odio a muerte a Policarpo; pero, conociéndolo mejor que ningún otro declaro que no son ciertos, en su mayor parte, los graves cargos que ustedes lanzan contra él”.
La esposa de López Gutiérrez y sus gallinas
Turcios relata las peripecias que pasó al interior de un carro en el que viajaba de regreso a la capital en compañía de Rafael López Gutiérrez y su esposa, que luego fue Primera Dama de la Nación. “Viaje por demás divertido fue el que hice, en febrero de 1918, en compañía del general Rafael
López Gutiérrez y se señora. Al arribar a San Lorenzo, procedente de la isla Exposición, en donde pasaba yo una temporada con mi familia, me encontré con ellos, esperando el automóvil que los conduciría a Tegucigalpa”, cuenta el poeta.
Agrega: “El que yo pedí y pagué llegó primero y ocurrióseme ofrecerlo a doña Anita; pero a esa hora fui en vano de un lado a otro buscándola. Ella y el general habían desaparecido, y mi sorpresa fue grande cuando, al abrir la portezuela de mi carro para acomodar la valija, los vi dentro de él dispuestos a partir.
Y mayor fue mi asombro al verme amablemente invitado a que les acompañase”. El trayecto a la capital fue divertido. “En los alrededores de Pespire detuvimos nuestra marcha para recoger en una casita un jolote cebado que ella compró dos días antes, y, desde ese momento, el automóvil se paraba, por su orden, cada media hora”.
La que meses después fue la Primera Dama de la Nación, “apeábase con rapidez juvenil, sin oír las protestas de su marido en las aldeas de tránsito; y regresaba con un queso, una sarta de chorizos, un pato, un gallo, dos gallinas guineas, etc. La última parada se hizo en El Sauce, en donde recibió, de manos de una comadre, una gran jícara de mantequilla fresca”.
Consciente de la incomodidad de su esposo y del patriota portaliras, la dama exclamó: “Ya no los molestaré jamás”. “Sería muy difícil explicar”, cuenta Turcios, “como hicimos aquellas postreras leguas.
Don Rafael -el futuro Presidente de la República- llevaba en las piernas el pavo y yo el pato, a quienes teníamos que sujetar con fuerza para que no se pelearan.
El gallo, en los brazos de doña Anita, hacía continuos esfuerzos por encaramarse en una gallina o para picotear el moco del jolote; y, literalmente prensados en los asientos y con las piernas metidas entre las maletas, ansiábamos el término del molestísimo viaje”.
“A las cuatro de la tarde corríamos por la Calle Real de Comayagüela en lucha tenaz con los volátiles, que obedeciendo a un legítimo instinto, intentaron recobrar su libertad. Una de las guineas la consiguió, arrojándose con gran alharaca del vehículo y desapareciendo velozmente tras de una esquina. A pesar de que la señora lo tenía cogido del pescuezo, el gallo, como el de San Pedro, cantó tres veces saludando a la capital”.