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Tegucigalpa, Honduras. -La camioneta avanzaba sobre piedras que deberían estar bajo el agua. No había puente que cruzar en ese tramo del río Guacerique, a la altura de la aldea El Empedrado, porque la sequía le quitó al río la fuerza necesaria para exigir uno.
El vehículo rodó sobre una cama de tierra con apenas un poco de agua. Esa imagen —la ausencia total de un río donde debería haber uno— fue la que resumió, mejor que cualquier cifra, lo que la Unidad de Investigación de EL HERALDO Plus salió a comprobar en la sierra de Lepaterique.
La pregunta que motivó el recorrido no fue cuánta agua falta —eso ya lo dicen los reportes municipales— sino por qué: ¿se seca el río, o alguien lo desvía? Para responderla, esta vez el destino no fue una colonia, un barrio o un funcionario, sino la montaña, hasta las cabeceras de los dos ríos de los que depende el 70% del agua de la capital.
El punto de partida de esta crisis EL HERALDO lo expuso el 26 de mayo cuando la Alcaldía Municipal del Distrito Central declaró emergencia hídrica, y el 18 de agosto Copeco elevó la alerta de amarilla a roja, por tiempo indefinido.
A esa misma fecha, según reportes de la Unidad Municipal de Agua Potable y Saneamiento (UMAPS), la represa La Concepción se encontraba alrededor del 28% de su capacidad y Los Laureles cerca del 35%, niveles que la institución clasifica dentro del riesgo hídrico alto.
Lo que faltaba por ver era el origen: los ríos, quebradas y montañas de donde ambas represas deberían estar llenándose, y no lo están haciendo.
El recorrido comenzó en la aldea Nueva Aldea, a poco más de una hora de la capital, el punto donde el río Guacerique —una subcuenca de 210.1 kilómetros cuadrados que en condiciones normales aporta cerca de 516 litros por segundo, el 30% del suministro de Los Laureles— empieza su camino hacia la represa.
Antes de llegar al río, la entrada de la aldea recibió al equipo con un montículo de escombros y basura doméstica como pedazos de cielo falso, bolsas plásticas, una silla de plástico tirada entre la maleza, todo apilado contra el talud que da paso al camino.
Más adelante, el río mismo contradice su nombre. En un tramo donde debería correr un caudal firme, el agua apenas cubre un pequeño espejo café entre las piedras, estancada, con lodo agrietado a los costados.
Un bloque de concreto —resto de lo que alguna vez fue una estructura mayor, quizás un puente o una toma de agua— queda varado en la orilla, como testigo de un río que fue más grande. Ahí, con las botas hundidas en el barro, conversamos con Pedro Antonio Rodas, guardia de seguridad y vecino de la zona desde niño.
“Este río nunca lo habíamos visto así”, dijo, señalando la poza donde solía bañarse, un remanso que los vecinos llaman "la poza del licenciado", por un terreno cercano que perteneció a don Aníbal Rojas Cuadras. Ahora, contó, tiene que bañarse sin poder asearse bien, porque no hay suficiente agua.
"Nosotros compramos el tambo a 30 lempiras", dijo, cuando el río no daba abasto. Recordó que de joven trabajó en una propiedad vinculada al expresidente Juan Manuel Gálvez, y que en esa misma quebrada, de niño, pescaban bagres junto a su abuela. "Todo eso se terminó", dijo, antes de despedirse rumbo a su turno de trabajo.
Cerca del mediodía, el recorrido llegó a los caseríos de Aceituno y Jocomico, donde el paisaje entrega uno de los símbolos más claros del abandono, ya que según los pobladores, aquí existen 11 pozos perforados por el Servicio Autónomo Nacional de Acueductos y Alcantarillados (SANAA) durante la gestión municipal de Nasry "Tito" Asfura, hoy completamente inutilizados.
Un grupo de vecinos, que pidió no ser grabado en video, explicó que ahí mismo, frente a sus propias casas, existe un pozo que ninguna familia puede usar.
“Aquí están los pozos, enfrente a enfrente, nosotros mismos frente a frente a ese pozo”, relató uno de ellos, señalando la estructura abandonada.
Contaron que cerca de 45 familias del sector no cuentan con ningún servicio de agua: la sacan directamente del río o de pozos artesanales, y la trasladan en baldes, en moto o en carro hasta sus casas.
Con fondos propios de la comunidad —no del gobierno— lograron instalar electricidad para operar una bomba y facilitar el acarreo, pero el beneficio alcanzó apenas a 15 de las familias que participaron en el proyecto.
“Nosotros no contamos ni con agua, ni con una calle digna, ni con energía eléctrica que hayamos podido gozar en general; solo hay 15 familias beneficiadas, porque nosotros hicimos el proyecto, no porque el gobierno nos ayudara”, dijo otro de los presentes.
Para salir de ahí, la camioneta del equipo tuvo que cruzar el lecho del río Guacerique como si fuera terracería, ya que la sequía le quitó tanta fuerza que, en ese tramo, ya no exige ni un puente. Fue justo esa imagen —el vehículo rodando entre piedras que deberían estar bajo el agua— la que abrió esta crónica.
Ya avanzada la tarde, el equipo llegó a la aldea El Empedrado, donde el agua dejó de correr. Un pequeño puente que debería servir de paso apenas actúa como filtro, y da la impresión de que el líquido se pierde antes de seguir su curso. Aun así, algunos vecinos seguían lavando motos y ropa con el flujo mínimo que quedaba.
La última parada de esta primera ruta fue la aldea de Quiscamote, donde el caudal se veía apenas un poco más abundante, sin embargo, aun así, es insuficiente para tener algún impacto en las represas de la capital.
La Unidad de Investigación de EL HERALDO Plus logró coincidir con don Héctor Reconco, productor de hortalizas, que resume mejor que nadie la paradoja de vivir cerca del agua sin poder usarla.
“Todo está seco. Se ha consumido”, dijo, señalando sus cultivos.
Explicó que el fenómeno se repite cada año seco: cuando no llueve, el agua disponible se agota rápido; cuando llega el invierno, vuelve a subir. Pero este año, admitió, la situación superó lo habitual. "Ahorita prácticamente se consumieron todas las aguas", indicó.
Los productores que todavía sacan algo de verdura son los que tienen capacidad para extraer agua directamente de los ríos; los demás, señaló hacia una ladera sin cultivos, simplemente no tienen nada.
Con la tarde ya encima, el equipo tomó rumbo hacia Lepaterique y la reserva de Yerba Buena, la zona que alimenta a La Concepción, la represa más grande de la capital, a través del río Grande o Choluteca.
Esa subcuenca —de 142 kilómetros cuadrados compartidos entre Ojojona y el Distrito Central— aporta en condiciones normales unos 1,307 litros por segundo, el 40% del suministro de la ciudad..
En la aldea Ocote Hueco, la quebrada Onda —conocida entre los vecinos como Agua Oscura— corre encajonada entre grandes rocas de piedra caliza, formando pequeñas pozas y una cascada minúscula que apenas hace ruido. Es un paisaje que, en época normal, sería un caudal generoso; ahora, el hilo de agua que cae entre las rocas se puede cruzar de un salto.
Más adelante, en el caserío Cruz Blanca, la quebrada Agua Helada atraviesa una ladera de potreros verdes, salpicada de postes de madera y alambre.
El agua corre fina, color tierra, apenas visible entre las piedras del cauce; una motocicleta estacionada junto a la cerca y una casa en lo alto de la loma completan un paisaje que, de no ser por la delgadez del hilo de agua, parecería ordinario.
Ahí conocimos a Carmen Martínez, productora de hortalizas reconocida en la zona por su trabajo con los cultivos de Piedra Rayada.
“Estas sequías nos han afectado bastante, porque no ha llovido”, confesó.
Explicó que muchos productores ya no pueden hacer trasplantes de verdura, porque sin agua el cultivo simplemente se seca; solo quienes tienen alguna forma de regar logran sacar algo adelante. El maíz y el frijol tampoco están dando, y los precios en el mercado, dijo, han caído justo cuando más falta hace para vender bien.
Cuando no hay más remedio, deben alquilar agua para regar: un gasto que, en promedio, ronda los 15,000 lempiras, porque son pocos los que tienen acceso al recurso para poder rentarlo. "Cuando llueve, se ahorra ese dinero", indicó. Cuando no, hay que asumirlo.
“Nosotros aquí nunca hemos recibido ayuda del gobierno. Hasta el día de hoy no hemos recibido nada, ni siquiera una bolsa de frijoles”, expuso, al ser consultada sobre el respaldo institucional. Su llamado a las autoridades fue directo: que atiendan a los productores de Yerbabuena, que según ella "no saben lo que es recibir algo".
Mientras Martínez se quedaba cuidando lo poco que le quedaba de cultivo, el equipo llegó hasta un terreno cercano donde un grupo de hombres conversaban junto a un techo improvisado de lona negra, sostenido con troncos, que cubría la boca de un pozo excavado a mano.
Un perro negro dormitaba a la sombra, junto a sacos de fertilizante apilados contra la ladera. Ahí, Fran Martínez, líder comunitario de Cruz Blanca, explicó que junto a otros vecinos tuvo que cavar 23 metros de profundidad para enfrentar la crisis, porque viven en una zona alta donde el agua de los ríos, más abajo, no puede llegar sin un sistema de bombeo.
“Los ríos están abajo; entonces necesitaríamos un mecanismo para subir el agua hacia arriba y después distribuirla. Pero como no lo tenemos, hemos tomado la decisión de excavar el pozo”, expuso.
Por ahora, explicó, la comunidad no ha sentido tanto la escasez porque cuentan con un segundo pozo, aunque el agua todavía se acarrea en recipientes hasta cada casa, no entubada.
Contó que en 2008 se les había prometido un proyecto financiado con fondos por cuencas, por un monto cercano a los 4,665,000 lempiras, que llegó a reportarse como ejecutado sin que la comunidad recibiera nunca la obra.
“Es como si estuviéramos hablando de que tenemos un proyecto, pero no lo tenemos”, dijo Martínez. Todo lo que existe hoy —el pozo, la instalación eléctrica para la bomba— lo construyeron con fondos propios de una comunidad que, según Martínez, ya supera los 260 pobladores.
Francisco Argeñal, jefe del Centro Nacional de Estudios Atmosféricos, Oceanográficos y Sísmicos (Cenaos), dialogó con EL HERALDO Plus para explicar por qué ninguno de estos ríos está dando lo que debería.
"El que más nos genera sequía en Honduras es el fenómeno de El Niño", expuso.
Dijo que suele traducirse en una canícula más larga y más temprana de lo normal, con pérdidas de cultivo en el Corredor Seco —la misma pérdida de hortalizas que vimos en Piedra Rayada y Quiscamote—.
Los niveles actuales de las represas, señaló, tienen un precedente en 1997 y en 2015, cuando el propio presidente, siendo entonces alcalde capitalino, enfrentó un racionamiento fuerte por la misma causa.
"Ahora tenemos más población sobre la ciudad y las mismas represas, que tienen más sedimentos acumulados en el fondo; entonces la disponibilidad de agua ha bajado significativamente", advirtió.
Para septiembre y octubre, sostuvo, se espera que las lluvias sean más constantes, pero advirtió que se necesitan al menos 20 milímetros cada cinco días durante toda la temporada lluviosa para que los embalses empiecen a recuperarse.
"De lo contrario, los racionamientos de agua se extenderán hasta 2027", dijo.
Argeñal fue específico sobre dónde tiene que llover: en el Parque Nacional La Tigra, de donde se abastece la planta de El Picacho —que cubre alrededor de una cuarta parte de la población capitalina—, y en la sierra de Lepaterique, exactamente donde este equipo pasó el día completo, porque ahí nacen tanto el río Grande, que alimenta La Concepción, como el río Guacerique, que alimenta Los Laureles.
"Es importante que llueva en La Tigra... y también es muy importante que llueva en la sierra de Lepaterique", dijo. En los días recientes, explicó, llovió de forma desigual: algo cayó en el norte y noreste de la capital, pero casi nada en el sur, y hacia Lepaterique apenas se registraron lluvias menores a cinco milímetros, una cantidad tan baja que ni siquiera alcanza a humedecer el suelo antes de evaporarse.
El rumor que motivó este recorrido —que alguien desvía el agua de su cauce— no encontró sustento en el camino.
Lo que sí encontramos fueron ríos y quebradas que ya no traen la fuerza que traían, pozos perforados hace años que nunca se conectaron a una casa, y comunidades enteras que, a pocos kilómetros de las montañas que surten a la capital, llevan más de una década cargando su propia agua a mano.
Y un dato que pone en perspectiva todo lo demás es que mientras Guacerique y Río Grande —los dos ríos de los que depende el agua de Tegucigalpa— luchan por mantener un hilo de corriente, el río del Hombre, en Amarateca, corre con un caudal estimado de 2,840 litros por segundo —más que las otras cuencas juntas— sin que exista, hasta hoy, ningún sistema que lo aproveche.