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Tegucigalpa, Honduras. Lo que más le dolió a Carlos (nombre ficticio para proteger su identidad) no fue únicamente ver los L31,500 cargados a su tarjeta, sino darse cuenta, pocas horas después, de que había entregado ese dinero convencido de que estaba haciendo exactamente lo contrario de una mala decisión.
"Cuando acepté el tratamiento pensé 'estoy haciendo una buena inversión, me voy a sentir mejor, voy a regular todos los niveles que tengo elevados' y todo eso uno lo hace pensando en que va a estar mejor por uno mismo y por su familia", relató.
La sensación cambió cuando tomó su teléfono y comenzó a buscar información sobre la clínica Nueva Med, donde acababa de contratar un tratamiento (el cual desconocía).
Había pasado poco tiempo desde que salió del establecimiento y todavía tenía fresca en la cabeza la explicación que le habían dado, los supuestos problemas de salud que habían detectado y la promesa de que, con el tratamiento adecuado, podría sentirse mejor.
Entonces buscó a la clínica Nueva Med en Facebook, TikTok, Instagram y en internet, pero no encontró la presencia digital que esperaba de un establecimiento que se presentaba como innovador.
Lo que sí apareció, según relata, fue una serie de publicaciones y comentarios de personas que denunciaban experiencias negativas y mostraban imágenes del mismo lugar y del mismo aparato utilizado durante su consulta.
“Me puse helado, fíjese que se me bajó la presión, dije yo de volada 'me timaron', porque uno piensa ver reseñas positivas de lo que compra, pero no fue así", expresó.
La historia había comenzado apenas unas horas antes y, en apariencia, no tenía nada de extraordinario.
Era una noche entre semana y Carlos acababa de salir del gimnasio, donde había empezado a acudir como parte de un esfuerzo personal por bajar de peso y cuidar su salud.
De camino, se detuvo en una gasolinera ubicada en el sector de la calle de los Alcaldes. Allí vio a varias personas con vestimenta que identificó como médica o de enfermería.
Una de ellas se acercó y le pidió sus datos para una consulta gratuita, pues estaban realizando una especie de promoción y le comentaron que la clínica regalaría una revisión computarizada mediante aparatos capaces de identificar, en tiempo real, posibles problemas en su organismo.
Para alguien que, después de los 30 años, comenzaba a prestar más atención a su alimentación y a su estado físico, la propuesta no parecía representar ningún riesgo.
"Me llamaron al día siguiente y me ofrecieron regalarme la consulta y una resonancia magnética y bueno, eso no es barato, yo pensé, voy a ir, no pierdo nada, no voy a pagar nada y me voy", expresó.
Llegó con prisa y sin intención de quedarse demasiado tiempo porque debía ir a trabajar, pero contaba con algunos minutos disponibles.
La clínica, relata, estaba acondicionada para parecer un establecimiento médico y la atención inicial fue amable. "Las instalaciones estaban acondicionadas como una clínica, la recepción era atractiva para la gente, pero lo raro es que en el cubículo de la consulta no le toman la presión a uno, ni temperatura, no hay báscula, solo había un escritorio", recordó.
Carlos contó a la supuesta médico que lo atendió que se había sentido cansado últimamente y que en una consulta anterior en otra clínica, le habían dicho que tenía hígado graso y que debía modificar su alimentación.
También mencionó que sus triglicéridos y colesterol estaban cerca de los límites establecidos. Fue entonces cuando colocaron un dispositivo en su mano, que era el famoso exámen.
Este duró aproximadamente un minuto. "Me dijeron 'no hable, respire suave y en eso la doctora se mete a la computadora y me empieza a decir todo, que estos niveles están elevados, estos están bien, esto aquí, esto allá", comentó.
A partir de esa información comenzó la segunda parte de la consulta, la que dejaría de ser gratuita.
Le explicaron que la clínica utilizaba un método innovador y que, debido a que había sido captado durante una promoción, tenía acceso a un precio especial para un tratamiento que incluiría consultas psicológicas y médicas, además de la introducción de medicamentos en su organismo.
La propuesta, cuenta, fue presentada de manera atractiva y vinculada constantemente con la importancia de cuidar su salud y la de su familia.
Hasta que llegó el precio.
"Me lo dibujaron todo bien bonito, de pronto ella (la doctora) me dice que vale 2 mil dólares (más de L50 mil lempiras) el tratamiento que necesito y yo de entrada me voy para atrás, ‘jamás voy a poder pagar esto’, dije".
"Pero me dijo que como estaba dentro de la promoción (y agarró la calculadora), me quedaría en un precio de L38 mil lempiras. 'Uy, dije yo, no puedo, tengo que cumplir varios compromisos', y en eso viene ella, porque, como que le lavan el cerebro a uno, y me dice 'No, mire, uno no tiene que ver lo económico, tiene que enfocarse en su salud por el bienestar de su familia, etc", recordó.
Después llegó otro descuento y el precio quedó en L31,500. Él explicó a la mujer que no tenía dinero en efectivo y que únicamente podía pagar con tarjeta de crédito.
Le respondieron que podían financiar el tratamiento a 12 meses sin intereses, entonces Carlos dijo que no podía y la respuesta fue otra pregunta. "Si se lo dejamos a más meses, ¿lo aceptaría?".
Ahí, reconoce el entrevistado, comenzó a cambiar de opinión. "Pucha, dije yo, si me están ofreciendo todo esto y es para mi salud, para estar mejor, entonces le digo yo a ella que sí, y me cobraron los 31 mil y fracción a 18 meses, se llevaron mi tarjeta y me dijeron que me esperaban el sábado a la primera cita, yo estaba encantado", recordó Carlos.
Salió de la clínica convencido de que había tomado una buena decisión. “Yo dije 'voy a hacer una buena inversión'”.
Pensaba que con el tratamiento podría mejorar su estado de salud, regular los niveles que le habían señalado como elevados y, al mismo tiempo, evitar que una enfermedad terminara convirtiéndose en una carga para su familia.
Pero la duda apareció esa misma tarde, justo después de recoger a su esposa, decidió buscar información sobre la clínica.
Si se trataba, como le habían dicho, de una institución innovadora, pensó que tendría presencia en redes sociales y suficiente información pública sobre sus servicios, entonces buscó en Facebook, Instagram, TikTok y en internet, pero no encontró lo que esperaba.
En una búsqueda dentro de Facebook apareció algo que terminó de cambiar el rumbo de la historia, ya que en lugar de encontrar recomendaciones y comentarios positivos, asegura que encontró publicaciones de personas que denunciaban al establecimiento.
"Decían exactamente el mismo lugar, el mismo edificio, la misma dirección y decían todos que era una estafa y en eso empiezo a ver los comentarios y todos diciendo que les inyectaron cosas y se empezaron a sentir mal", mencionó.
Siguió leyendo y dijo que no encontró comentarios positivos entre las publicaciones que revisó y que, mientras más leía, mayor era su preocupación.
Fue entonces cuando buscó al banco para intentar detener el cobro. Dice que hizo varias gestiones, pero no logró que le solucionaran el problema, pues la transacción ya había sido realizada y el dinero había salido de su línea de crédito.
Al día siguiente tomó otra decisión, y es que si había cometido un error, quería corregirlo cuanto antes.
Regresó a la clínica y pidió cancelar el contrato. Había leído las condiciones y encontró una cláusula que, según explica, establecía un cobro del 30% en caso de retractarse. Aun así, estaba dispuesto a asumir esa pérdida con tal de recuperar el resto.
La respuesta que recibió, asegura, fue otra negociación. "Una enfermera con acento colombiano me había tratado de convencer de que tomara el tratamiento y me comentó que me iban a depositar 18,500 en ese momento", recordó.
“Aceptar creo que hubiese sido lo más inteligente que pude haber hecho”, reconoce, porque desde entonces asegura que no ha recibido ni ese dinero ni los L31,500 que pagó inicialmente.
El tiempo comenzó a convertirse en otro problema. Él acudió en junio para solicitar la devolución de su dinero y, a finales de agosto, según su relato, todavía no había recibido ningún reembolso.
Durante ese período volvió en distintas ocasiones a la clínica en busca de explicaciones. Cuenta que recibió respuestas relacionadas con supuestos problemas en el correo, procesos internos y trámites que requerían tiempo.
En una de esas visitas, asegura, otra mujer a quien identificaron como doctora Lagos le explicó que la empleada colombiana que lo había atendido ya no trabajaba allí. Para Carlos, aquello fue otra forma de deslindar responsabilidades.
La última promesa que recuerda fue que recibiría una respuesta durante la semana pasada o, a más tardar, a comienzos de esta. Pero, afirma, los días pasaron sin llamadas, mensajes ni respuestas a sus correos.
Mientras espera, también ha intentado obtener información sobre los productos que supuestamente serían utilizados en el tratamiento. Cuenta que durante el recorrido por las instalaciones le mostraron diferentes procedimientos, pero que no recibió documentación con los nombres de los productos, su procedencia, propiedades, ventajas o posibles desventajas.
Ahora Carlos dice que no quiere dar el dinero por perdido y tampoco quiere quedarse únicamente con la experiencia de haber confiado en una oferta que comenzó con una consulta gratuita.
Su siguiente paso, asegura, será buscar una instancia donde pueda presentar formalmente su reclamo y conocer qué mecanismos tiene para recuperar el dinero.
Lo que queda, más allá de los L31,500 cargados a su tarjeta, es una sensación que todavía le cuesta explicar. Carlos insiste en que aceptó porque creyó que estaba haciendo algo bueno por sí mismo y por su familia.
No acudió buscando un tratamiento costoso ni llegó a la clínica porque estuviera desesperado por una cura. Llegó porque le ofrecieron algo que parecía no tener costo, pues la consulta era gratis.
La decisión de contratar el tratamiento, en cambio, terminó costándole L31,500 y, según su testimonio, dos meses de reclamos sin recuperar su dinero.
Ahora reconoce que le avergüenza contar la historia porque siente que actuó con demasiada confianza, pero también cree que hablar puede servir para que otras personas no repitan lo que él considera su error.
“No sé qué hacer. Yo creo que ya igual no doy por perdido el dinero, porque el dinero no lo encuentra botado en la calle”, dice.
Y mientras espera una respuesta que, hasta ahora, no llega, aquella supuesta oportunidad para cuidar su salud se ha convertido en una deuda, una gran deuda.