Tegucigalpa, Honduras.- Un adolescente desliza la pantalla y encuentra un contenido relacionado con autolesiones. No lo buscó. Se detiene unos segundos, quizá por curiosidad, porque alguien se lo compartió o simplemente porque apareció entre sus recomendaciones. Sigue navegando. Más adelante aparece otro. Después, uno más.
Lo que comenzó como un encuentro fortuito puede convertirse en exposición repetida.
Y no es una escena ajena a la evidencia. Entre los adolescentes expuestos a contenidos sobre autolesiones que explicaron cómo llegaron a ellos, el 66.2% dijo que aparecieron en su feed o como recomendación mientras navegaban, según un estudio publicado en julio de 2026 en Nature Mental Health.
La investigación, realizada con 32,102 estudiantes de entre 11 y 18 años, encontró además que el 34.5% de quienes respondieron sobre este aspecto había visto contenidos relacionados con autolesiones en internet durante el último mes.
Los datos no significan que un algoritmo provoque una autolesión. Plantean otra inquietud: ¿qué ocurre cuando contenidos potencialmente dañinos encuentran al adolescente antes de que el adolescente los busque.
Esta entrega de Mente Sana pone la mirada en esa exposición, en la repetición y en la posibilidad de que contenidos vinculados con el sufrimiento comiencen a percibirse como familiares en una etapa marcada por la construcción de identidad, la búsqueda de pertenencia y la necesidad de validación.
El encuentro
“Las redes sociales están diseñadas para mostrarnos más de aquello con lo que interactuamos”, explica Anajanette Gavarrete, especialista en Psicología del Desarrollo.
Un adolescente puede encontrarse con una publicación por curiosidad, porque alguien se la compartió o simplemente porque apareció entre sus recomendaciones. Si permanece observándola, la busca o interactúa con contenidos semejantes, explica Gavarrete, la plataforma puede interpretar esas señales como interés y mostrarle más.
Se forma entonces un círculo: contenido, interacción, nuevas recomendaciones y mayor exposición. Con la repetición, aquello que inicialmente resultaba extraño puede empezar a sentirse familiar.
Y allí aparece un riesgo: confundir familiaridad con normalidad.
“El ruido informativo puede influir, aunque es importante no decir que ver este contenido automáticamente va a llevar a un adolescente a autolesionarse. Hay muchos factores involucrados”, advierte Gavarrete.
Lo preocupante, agrega, ocurre cuando una conducta relacionada con el sufrimiento empieza a presentarse como algo normal o estético, como una manera de pertenecer, descargar emociones o demostrar lo que una persona siente.
Normalización
La evidencia disponible obliga a mantener una distinción importante: existe preocupación por la exposición, pero no puede establecerse que ver determinado contenido conduzca automáticamente a una autolesión.
Un análisis publicado por Psicoevidencias en diciembre de 2024, que recopiló cuatro revisiones sistemáticas, encontró evidencia sobre posibles efectos perjudiciales asociados con la exposición a imágenes de autolesiones, entre ellos angustia emocional, imitación y refuerzo o normalización de estas conductas.
El análisis también advierte que hacen falta estudios longitudinales de mayor calidad para determinar en qué circunstancias y entre qué adolescentes aumenta el riesgo.
A la repetición se suma otro componente propio de esta etapa: la necesidad de encontrar referentes y pertenecer.
Felipe Maldonado, docente de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), explica que durante la adolescencia los pares adquieren una relevancia especial y buena parte de esas relaciones y referencias también se encuentran ahora en espacios digitales.
“Clínicamente, el impacto de las redes sociales, si no estamos bien adaptados, si no tenemos ese sentido de pertenencia, esa valoración personal, pues nos va a relegar bastante. Es vulnerabilidad y, al tener vulnerabilidad, hablamos de la inseguridad personal y de desigualdad”, agregó.
Allí aparece además la comparación social. La exposición constante a vidas, cuerpos, logros o relaciones presentados como ideales puede repercutir en la valoración que algunos jóvenes hacen de sí mismos, particularmente cuando existen vulnerabilidades previas.
En ese sentido, Maldonado advierte que “todo este tipo de información nos va a generar problemas a nivel de comparación social, en los cuales vemos que otras personas triunfan mejor que nosotros, otras personas tienen más autoestima, le baja el autoconcepto, por lo que tanto se desmotiva y puede entrar en etapas de depresión y de estrés”.
Otra investigación, publicada en febrero de 2025 en Anales de Psicología y realizada con 516 adolescentes y jóvenes de entre 11 y 21 años, encontró asociaciones estadísticamente significativas entre autolesión no suicida, impulsividad y uso adictivo de redes sociales e internet.
Los estudios aportan asociaciones y señales de riesgo, pero no permiten concluir que las redes sociales o sus algoritmos provoquen por sí solos una autolesión. Se trata de un fenómeno multifactorial en el que pueden intervenir condiciones personales, familiares, sociales y emocionales.
“Cualquier adolescente puede verse influenciado por este tipo de contenido”, señala Gavarrete, aunque pueden ser especialmente vulnerables quienes atraviesan situaciones difíciles o tienen problemas para gestionar lo que sienten.
Mirar más allá
No todo ocurre dentro del teléfono. Algunos cambios pueden comenzar a observarse también en la vida cotidiana.
Aislarse de amigos, abandonar actividades que antes disfrutaba, mostrarse más irritable o reservado y presentar cambios importantes en el sueño o el estado de ánimo son señales que, especialmente cuando aparecen juntas o persisten, merecen atención.
Gavarrete recomienda observar también cambios en la forma en que un adolescente habla sobre sí mismo: expresiones reiteradas de culpa, desesperanza, sentirse una carga o no encontrar salida, así como una preocupación creciente por contenidos relacionados con dolor, autolesiones o muerte.
Ninguna de estas señales aisladas confirma una conducta autolesiva. El objetivo no es convertir cada cambio de comportamiento en una sospecha, sino reconocer cuándo un joven puede necesitar acompañamiento.
Maldonado destaca en ese punto la importancia de la familia, los vínculos confiables y la conversación para ayudar a los adolescentes a contrastar lo que encuentran en las redes con su realidad.
“Educar en familia, en valores, en vínculos confiables, en cómo afrontar este tipo de problemas de las redes sociales con la realidad, que eso es parte del proceso de vinculación que tiene la familia con sus hijos”, aconsejó el experto.
La psicoterapeuta Judith Andino recomienda regular los tiempos de exposición, evitar revisar contenidos de manera compulsiva, hacer pausas frente a publicaciones alarmantes y mantener actividades fuera de las pantallas. Cuando el malestar interfiere significativamente con el sueño, las relaciones, las actividades cotidianas o el bienestar emocional, aconseja buscar apoyo profesional.
Las redes sociales son espacios de información, entretenimiento, expresión y pertenencia. El desafío no consiste en responsabilizar a una pantalla de un fenómeno complejo.
Está en comprender que un adolescente no siempre elige el contenido que aparece ante sus ojos; que la repetición puede hacer familiar aquello que representa sufrimiento y que una recomendación automatizada no alcanza a comprender la vulnerabilidad de quien está del otro lado.
Cuando el daño se convierte en contenido, acompañar, conversar y prestar atención también son formas de prevención.